SEGÚN se desprende de los resultados de la primera oleada del Barómetro de Opinión Pública en Canarias, efectuado por el Consejo Económico y Social de las Islas, las cuestiones que más preocupan a los canarios, de lo que llevamos recorrido de este aciago 2009, al menos desde una perspectiva económica, son principalmente el paro, la marcha de la economía y los problemas derivados de la drogadicción y la seguridad ciudadana.
Si nos atenemos a las dos primeras cuestiones, que no dejan de estar interrelacionadas, comprobaremos que el paro, el incesante y preocupante aumento del paro -en Canarias se sitúa la tasa de desempleo más alta de España, con un 26,1% correspondiente al mes de julio, siendo un 39,84% más si lo comparamos con el mismo mes de julio del año 2008- viene a ser una consecuencia directa del empeoramiento de una economía global, que en el caso concreto de Canarias viene acentuada al depender ésta, básica y principalmente, de un solo sector, como es el turismo; con el agravante de estar concadenada con una desmedida y desorbitada burbuja inmobiliaria que ha hecho que dicha crisis nos afecte de pleno.
Esto, evidentemente, suele pasar cuando no existe un verdadero plan estratégico, y nos es más cómodo vivir de los réditos, sin importarnos el hecho de colocar todos los huevos en una misma cesta, desatendiendo peligrosamente otros sectores (la agricultura, la ganadería, la pesca o la misma industria), incluidos la producción de los bienes de consumo más elementales tan necesarios para nuestras islas y sin importarnos que, actuando así, sólo consigamos mantener desequilibrada aún más nuestra economía.
Una economía que está condicionada por determinados factores, como pueden ser los geográficos, los estructurales y hasta los institucionales; y que en buena medida son los que nos delimitan y definen. Precisamente por ello, las soluciones a dichos contratiempos han de ser consensuadas y, sobre todo, resolutivas. Somos muchos los que pensamos que es necesario cohesionar territorialmente el archipiélago canario política, social y económicamente hablando para poder así constituir un mercado único y conseguir acometer una verdadera economía de escala, de tal forma que se pueda aumentar la productividad y, por tanto, la competitividad frente a otros mercados que presentan un territorio continuo.
Para ello es necesario que los políticos se dediquen a gobernar velando por el interés general, adoptando las políticas y las medidas oportunas para que los empresarios puedan ejercer su actividad y, por tanto, creen riqueza, que es el mejor modo y manera de generar empleo. Por eso es necesario invertir en tecnología, apostar por el conocimiento, la formación y la especialización como el mejor modelo para incrementar la racionalidad en el trabajo, y lograr situarnos a la altura que los nuevos retos de una economía globalizada representan y que cada vez tiene más frentes abiertos.
Es, pues, más que evidente que para conseguir optimizar una economía de escala es necesario acabar con el fenómeno de la doble insularidad. No se puede permitir que a una persona que reside en las Islas le resulte más económico viajar o mandar una mercancía a la Península o a cualquier punto de la Unión Europea que a una de nuestras islas que se encuentran, como aquel que dice, a un tiro de piedra. Debemos acabar con las dificultades administrativas y logísticas que nos ocasionan gastos adicionales en el transporte, y que hacen que nos resulte aún más difícil recorrer nuestra tierra y la producción y la importación de mercancías.
Si no somos capaces de acceder a una economía de escala, seguiremos soportando y padeciendo una estructura empresarial poco funcional, formada por microempresas o por enormes oligopolios, siendo en la práctica casi imposible llevar a cabo una verdadera industria de transformación con las debidas garantías de competitividad. Es axiomático, efectivamente, que en la actualidad nuestra economía depende excesivamente del exterior. Necesitamos, pues, más puertos, así como ampliar y optimizar nuestros aeropuertos y mejorar considerablemente nuestras infraestructuras; al menos para poder contrarrestar la fragmentación de nuestro territorio y así poder abarcar nuevos mercados. Este hecho no debería estar reñido, claro está, con la necesidad de velar por la sostenibilidad y las directrices de ordenación general de nuestro territorio.
Nuestra limitación geográfica añadida a la incertidumbre de la actual evolución de nuestra economía ponen las cosas difíciles para apostar por la innovación. Es un hecho que la mayoría de los empresarios reconocen no tener los recursos ni el tamaño empresarial suficiente como para hacer frente a nuevos mercados; de ahí la necesidad de que la Administración apueste por adecuar el actual marco competencial a través de subvenciones o de la ampliación de determinadas medidas fiscales que permitan a las empresas aumentar el volumen de ventas y obtener, por tanto, una mayor economía de escala. Esta es, sin duda, la economía a la que debemos aspirar si queremos tener de verdad un futuro despejado y prometedor.
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