EN TODAS las recomposiciones de la historia antigua de los pueblos y para antes de los primeros documentos testimoniales incuestionables, se utiliza la argamasa de la lógica de los hechos y sucesos demostrados científicamente. Claro, ahí es donde se establece una pugna entre lo que para unos lo son y para otros no lo son. En cualquier caso, en el de los antiguos pobladores hay muchas verdades ya demostradas:
Los habitantes de Canarias, antes de la conquista, poblaban las siete islas. Su cultura era relativamente uniforme, a pesar del obligatorio aislacionismo de sus territorios rodeados de mar. No se encuentra en ninguna de las siete islas elementos tangenciales que puedan sugerir una sucesión de culturas o capas de colonización diferenciadas. Su idioma era una variante o dialecto de las lenguas amaziges que se hablan en toda la zona, en pueblos pastores blancos que antes de la colonización árabe se anclaban en el África Occidental. El emparentamiento de estas ramas, llamadas líbico-bereberes, con el antiguo Egipto (antes del 3.000 antes de Cristo), indican una extensión humana desde el Este en corrientes que seguro cruzaron de alguna manera el Estrecho de Gibraltar, en tribus que fueron después conocidas por iberas e incluso hacia Italia, unas docenas de milenios antes de la era cristiana. Quizás ya en ese tiempo con una historia aún más desconocida algunos grupos alcanzaron estas islas. Los guanches no navegaban sistemáticamente; no hay ningún resto por minúsculo que fuera de posibilidades de este tipo, y su cultura pastoril o de agricultura de supervivencia, sin metales y basada en la piedra, no permite duda. Ocasionalmente entre Achinet-Gomera, Mahot-Titerogakaet? pudieron atreverse en gestas desconocidas. Sólo cuando recalaban navíos del norte podían saltar con solvencia.
Está demostrado que los fenicios, étnicamente semíticos -cuando los guanches de pómulos y fisonomía más Cromagnon (para entendernos)-, a los que se atribuye una fecha de antigüedad como tales de 1.200 años a.C., componían y manejaban las tecnologías de la alta navegación desde mucho antes y probablemente, según se desprende de testimonios faraónicos, ya canalizaban las flotas de los pueblos levantinos. Llamados a sí mismos cana-ani, fundaron Cartago en el siglo IX o VIII y, como se ha demostrado, pulularon por Canarias desde, como mínimo, mil años antes de Cristo.
Novelar un poco tampoco es descabellado: En el verano del año 873 antes de Cristo, superando los seis días de navegación desde Gades y tras sortear el Cabo de Juby, que en aquel tiempo se conocía entre los marinos por el cabo del Fin del Mundo, las cinco naves fenicias echaron anclas en la bahía de los vientos. Extenuados pero sin novedad, gracias a los dioses, habían llegado sanos y salvos. En el viaje anterior de la nave de Sidón, dirigida por su capitán Berdussor, habían pactado el trueque de veinte medidas de oro atesorado por los jefes de las tribus empujadas por el calor a los límites del desierto y un cargamento de grano, ovejas y cabras que venderían a la vuelta en Gades, Malaca y Cartago portando en este trabajo a los dos hijos y familias del Mencey Ihairommi y a cada uno de ellos a una de las grandes islas que los cana-ani habían explorado y descrito, conduciendo también con anterioridad a otros grupos de una tribu del norte según relatos de los abuelos vivos del clan. El trato incluía la permanencia de Berdussor en el refugio, y la hospitalidad de los nativos del litoral africano era conocida y épica. Cuando se produjera el regreso de los dos hombres de confianza de sus hijos, narrando el feliz desembarco, se cerraría la otra mitad del trato.
La nave de Berdussor y su tripulación, ahondando en los lazos de amistad y con alguna consecuencia amorosa, permanecería varada entre veinte y treinta soles con los oportunos reconocimientos que hasta el regreso emprendían en viaje las restantes cuatro embarcaciones. En formación de a cuatro, con centena y media de pasajeros más ganado, emprendieron la ruta decidiendo separarse adelantadas las dos primeras líneas de tierra en el horizonte. En parejas los navíos surcaron las olas hasta detenerse en las imponentes catedrales de vegetación que se abrían ante sus ojos. Uno de los tripulantes había desembarcado anteriormente en el lugar dictaminando que en las costas del norte era imposible el acercamiento y que había aún que rodear algo el litoral hacia el sur.
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