LAS COSAS de este país. Si alguien roba, sin fuerza, o hurta, vamos, cualquier objeto por valor de menos de 200 euros, el Código Penal ni se inmuta. Lo comprobé el otro día, en un reportaje de la televisión, cuando policías de paisano ponían en libertad, sin siquiera presentar cargos contra ellos, a carteristas, posiblemente rumanos, que actuaban en un mercadillo. Y que fueron cogidos con las manos en la masa.
Yo recuerdo que antes se iba a la cárcel por robar una gallina. Incluso entrullaban a quien lo hacía por hambre. En ese afán de convertir en magnánimos los códices (cosa con la que personalmente estoy bastante de acuerdo) hemos caído en el ridículo. O sea, que un tipo se mama de una tienda ropa por menos de 200 euros y la policía casi lo felicita en vez de detenerlo.
Tantas veces decimos que este es un país de locos. Dense ustedes cuenta de que aquí nació la novela picaresca. En España se ha robado siempre a mansalva; y tantas veces no pasa nada. Y más con la entrada de delincuentes extranjeros, porque a los nacionales los conocía la policía y los detenía a cada rato. Decía el prefecto francés en la película Casablanca: "Han matado a un hombre; detenga a los sospechosos habituales". Pues lo mismo hacía la policía con los naturales que metían la mano en la cosa ajena. Y hasta que no se aclaraba no soltaban a los posibles autores del hecho delictivo. Hombre, ya sé que las cosas han cambiado, pero a lo mejor en el término medio encontramos la virtud. Los pequeños robos están a la orden del día en nuestros pueblos y ciudades. Casi siempre son los mismos ladrones. Gente sin patria, sin ilusiones, sin norte, sin justificación. Casi todos los días tengo que pasar por un centro de Santa Cruz donde se distribuye metadona. Da escalofríos ver a aquella gente, tan abrigada y sudorosa, que va a buscar allí su tabla de salvación contra la droga. Qué pena me da de todos ellos, estrafalarios personajes cada uno con una historia trágica en el morral.
Hay un lumpen de pequeño calibre en las ciudades y en los pueblos de las islas. Están sus integrantes en todas partes, roban al descuido, molestan a los turistas, arramblan con los escaparates de las tiendas, hurtan pequeños artículos de escaso valor que luego revenden donde pueden. En fin.
Pero es que causan mal efecto entre los propios y los extraños. Porque no hay nada que dé mayor sensación de inseguridad que los pequeños delitos, uno tras otro, sin que nadie los pare. Quizá porque la policía y la Guardia Civil están más ocupadas en proteger a Zapatero en Lanzarote que a los ciudadanos en el resto de las islas. Y si ustedes creen que lo que digo es demagogia, les aseguro que no lo es. A ver si regresa la cordura y los pueblos de esta tierra tan lejana y tan castigada pueden respirar tranquilos un día. A ser posible, sin ZP.
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