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CARLOS ACOSTA GARCÍA

De profesión, mis ignorancias (302)

8/ago/09 07:49
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Con unaespecial dedicatoria para mi amigo el escritor lagunero Eliseo Izquierdo di a conocer en este diario, el 27 de noviembre de 1999, un artículo titulado "De plagios, influencias, imitaciones y casualidades". Me parece que tal título tiene la claridad suficiente para que el lector sepa a primera vista el contenido del trabajo.

Me he visto obligado a buscarlo ahora entre mis papeles viejos por una circunstancia que voy a contar dentro de un minuto. Decía yo en aquel artículo y vuelvo a decir ahora, estas palabras: "No sé si los escritores se copian descaradamente, si se influyen, si sirven de inspiración unos a otros o si es la casualidad la que hace que, de vez en cuando, aparezcan unas sorprendentes coincidencias en novelas, relatos, dramas o poemas".

Me obligó a escribir aquel trabajo el hecho, para mí inexplicable, de que en el brevísimo espacio de un mes me hubiera encontrado la misma frase en tres libros bien distintos, sólo con un par de letras diferentes. En el poemario "La verdad y otras dudas", dejaba escritas su autor, el sevillano Rafael Montesinos, estas palabras: "No soy un hombre / sino todos los hombres", pág. 224 (poemas escritos entre 1944-1979). Unos días después de esta lectura, mientras me interesaba por el contenido del libro "El gran iris" me encontré allí, escritos por el poeta grancanario Justo Jorge Padrón, estos versos: "Yo soy el hombre / yo soy todos los hombres" (pág. 122). Y no habían transcurrido veinte días cuando tuve en mis manos un poemario del francés Paul Eluard y en un apartado que se titula "Poemas políticos" (pág. 248) me fue posible leer este renglón (quiero decir, este verso): "Permitirá al hombre el ser todos los hombres".

Necesariamente tenía que sorprenderme la triple coincidencia de idea y de palabras. Sobre todo si se tiene en cuenta que Paul Eluard nació en 1895, Montesinos en 1920 y Justo Jorge en 1943. ¿Qué opinan ustedes? Por lo que a mí respecta, pensé que había finalizado ya el hechizo.

Pero quiero contarles una anécdota que he vivido en días pasados. Un amigo me pidió para el uso de su hijo, estudiante de Música y de Magisterio simultáneamente, unos libros y unos apuntes que poseo y que el muchacho, miembro de la banda de música de Garachico, necesitaba para preparar una oposición. Se llevó el estudiante lo que me solicitó su padre, estudió como un negro (perdón por el racismo que dejé expuesto inadvertidamente) y su empeño dio el fruto esperado por todos: por su padre, por él y por mí mismo: superó la oposición y todo fue alegría en la familia, como no podía ser menos.

Agradecido por la insignificante ayuda que tuvo de mi parte, vino a casa a darme las gracias y me regaló un libro. Se titula "Los versos del capitán" y se debe a don Neftalí Ricardo Reyes, universalmente conocido por Pablo Neruda, (nacido en 1904). Comencé por dar una ojeada un tanto superficial a los versos. Pero cuando llegué a la página 85 di un salto. Quiero decir, un brinco; mejor dicho, un bote. En un poema titulado "La muerta" y en los dos últimos versos de los 35 que conforman la composición, don Pablo Neruda, o don Neftalí, como ustedes quieran, nos entrega este pensamiento: "tú sabes que soy no sólo un hombre sino todos los hombres".

Me quedé con un extraño estremecimiento en el cuerpo. Es probable que yo sea un tanto susceptible, pero...

Los versos de este libro fueron escritos, según confesión propia del autor, entre 1951 y 1952. Esta cuarta coincidencia casi no me sorprende en sí. Lo que me sorprende, me preocupa, me asusta, me sofoca y me aturde es que entre los millones de escritores y lectores que hay en el ancho mundo haya tenido que ser yo, precisamente yo, quien se encontrara con este misterio, al parecer indescifrable.

En vista de lo cual, voy a hablar con un cura para que, provisto de hisopo y acetre, se acerque por casa y, con las oraciones precisas, se entregue a la tarea de borrar de pisos y paredes con agua bendita estas cosas raras que me persiguen y que tienen visos de haber salido de la mano de esos seres maléficos de los que tantas veces les he hablado.

Porque no parece de este mundo que un sevillano, un canario, un francés y un chileno, tan lejos unos de otros en la geografía y en el tiempo, digan lo mismo sin haberse copiado entre sí.

 

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