UFF¡ ¡ÑO! No empujen, que vuelvo a tropezar -quizá en la misma piedra-. Perdonen que haya entrado en este mes sin pedirles permiso. El horizonte difuminado de los últimos días me roba la claridad de ideas. Demasiado humo, demasiado aire polvoriento. Humo de fuego. Humo de pólvora. Humo de la sinrazón. Desde aquel 4 de julio en que la Virgen de los Reyes salió de la Dehesa aún no ha regresado. Yo tampoco he acabado de regresar. Lo intentaré. Otros ya no tienen esa opción. Quién le iba a decir a ella que sería uno de sus tránsitos cuatrienales más accidentados. Con la intransigencia de unos y el despropósito de otros se aliñan las desesperanzas de buena parte de nosotros. Julio, como todos los julios, se mostró intenso y extenso en todos sus matices. Pero el de este año ha sido pródigo en aniversarios emblemáticos. Una década desde... Hace veinte años que... En el 79 se produjo... Y qué decir de 1969. Para olvidar el 59 en algunas de sus referencias. Sin embargo, ese primer mes vacacional por antonomasia, que ya se fue, es fiel a un apellido. El de Armstrong. Si con Lance nos acostumbramos a verlo con los brazos en alto en París -hasta que el contador se puso de nuevo a cero-, con Neil rememoramos hace unos días su paseo lunar. Y el nombre de Luis está en la esencia de todos y cada uno de los festivales de jazz que se celebran durante ese mes. Julio de adolescentes, que juegan a ser adultos. Julio de adultos que desempeñan un papel nefasto para la sociedad en la que viven. Julio de fiestas patronales del Carmen, Santiago, Santa Ana y de San Ignacio de Loyola. Este último, patrón de los guipuzcoanos. Si él levantara la cabeza, no tendría lugar donde esconder la vergüenza de algunos de sus paisanos. Bueno, les quería hablar de agosto. Lo dejo para el próximo día.
*Redactor de EL DÍA
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