SE PREGUNTA un enfadado lector de La Vanguardia, en carta dirigida a este diario catalán, si proteger a los mosquitos es más importante que la salud de las personas. Cuenta que desde hace más de treinta años veranea en Roda de Bará (Tarragona), lugar en el que los molestos dípteros jamás habían constituido un problema. Prácticamente no existían, según sus palabras. Sin embargo, este verano son nubes de ellos las que acosan, día y noche, a los sufridos vecinos. ¿Una plaga excepcional debido a los calores asimismo inusuales de estos días? Más bien no. Afirma el cabreado comunicante que otros años los ayuntamientos de la zona habían fumigado los lugares donde se reproducen. Una acción que en esta temporada no se ha realizado por la oposición de los ecologistas. Hasta el momento varias personas, especialmente ancianos y niños, han tenido que ser atendidas en los hospitales debido a las picaduras. Esperpéntico pero real. Menos mal que con la llegada del otoño desaparecerá el problema.
No ocurrirá lo mismo en Tenerife. Aquí, por desgracia, octubre traerá bajo el brazo la reanudación de los colapsos de tráfico debido a las muchas infraestructuras pendientes de construir. Todo ello sin contar que el futuro de la isla será un poco más negro que ese aire tarraconense oscurecido ahora por nubes voladoras, habida cuenta de que los ecologistas de estos alrededores no sólo centran sus furias en obras como el cierre del anillo de autopistas, sino también en el puerto de Granadilla. Bien es verdad que tampoco olvidan la protección de cierto tipo de biología esencialmente molesta. En su día protestaron enérgicamente porque una asociación de vecinos de La Laguna organizó una cacería de ratas en su barrio. El asunto se les antojó como una especie de cacería del zorro, ante lo cual decidieron ponerse a la altura de los hijos de la Gran Bretaña y prohibirla. El desliz estaba en que en La Laguna no hay zorros. O sí, pero de distinto tipo.
Existen otras plagas no tan jocosas que nos asolan cada verano. Verbigracia, los incendios forestales. El de La Palma ha merecido la presencia de Zapatero. Nada más lejos de mi intención criticar su garbeo por la Isla Bonita. Ni siquiera censuro su estancia en cualquiera de las otras seis. Es más: pienso que su relax en Lanzarote durante unos días al menos propicia que se hable de Canarias en la prensa rosa. Asunto distinto es el séquito que lo acompaña. Leo por ahí que ha traído a 110 personas. Muchas me parecen. No obstante, incluso si se trata de la mitad, se me sigue antojando un guarismo elevado en tiempos de crisis. Y en tiempos de no crisis, también. Todo ello sin mencionar el aparato de seguridad; un dispositivo integrado por más de medio centenar de agentes de la Unidad de Intervención Policial y policías de paisano, amén de cien guardias civiles.
Afirman las malas lenguas que Zapatero es el único jefe de Gobierno europeo que viaja a costa del Estado para disfrutar de sus vacaciones. Extremo que no me he molestado en comprobar. Si realmente es así, ¿qué más da? De todas formas vamos a tener que pagar la excursión entre todos. Y es que ante algunas plagas demasiado onerosas, me quedo con los mosquitos.
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