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El fuego se atrinchera en laderas de Tiguerorte para acabar de rendirse

El incendio forestal estaba al cierre de esta edición casi controlado en la zona montañosa de Tiguerorte, en Villa de Mazo, con un frente con dos lenguas de fuego que no avanzaban en busca de zonas pobladas ni alcanzaban El Paso.
4/ago/09 07:40
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VÍCTOR MARTÍN, Mazo

No lo paran. Lo acorralan, le tiran agua, lo llevan a zona quemada... y renace. No es un fuego más. Es salvaje, demoledor con calor y capaz de sobrevivir cuando el frío aprieta. Se adapta a las contrariedades para atrincherarse en las montañas de Villa de Mazo, arriba, lejos de las casas, tras saltar del barrio, por el monte, de Tijalate y entrar en Tiguerorte, en la falda de la montaña de La Horqueta, queriendo amenazar a El Paso por cerca del refugio de El Pilar, en lo que ya son sus últimos coletazos antes de rendirse.

El fuego aprovechó la madrugada. De noche lo ves, pero sólo puedes atacarlo de frente. No te puedes esconder ni embestirlo por el aire; sin luz los medios aéreos desaparecen de la partida. Las llamas "caminaron" hacia el norte en sentido descendente. Pasó Tigalate y se metió en Tiguerorte. Otro frente intentaba llegar a la cima para bajar hasta El Paso por la zona de la Barqueta, por el mismo lugar donde un día antes operarios municipales, sí, del Ayuntamiento de El Paso, habían detenido el incendio en una acción milagrosa. Saben de fuegos...

El avance nocturno "fusiló" el optimismo. Al menos, lo mejor, lo único bueno, es que el fuego estaba, se mantenía, lejos de la zona poblaba. Al amanecer llegó la reunión táctica y, también, la visita a la zona de acción del teniente de la Unidad Militar de Emergencias (UME), quien solicitó la intervención de dos palas para dar mayor circunferencia a las curvas de la pista por donde sus hombres, en vehículos pesados, tenían que llegar desde la carretera general hasta el área de trabajo.

Dicho y hecho. Todos hacia arriba, siempre con la mirada, a pie de vía, de Carlos Rodríguez, uno de aquellos capataces de Medio Ambiente expertos y seguros que parecen llevar el fuego en los ojos. Que lo conoce. Capaz de saber o entender su reacción. Un valor para salvar el monte.

A pie de fuego, evitando que bajara por la ladera, manteniéndolo lejos de las viviendas, unas 200 personas trabajaban sin pestañear en busca de la extinción o, al menos, del control. Las temperaturas habían bajado. Habría frío. Se colaba en los huesos. Cayó, incluso, una ligera, muy ligera, lluvia. Se miró al cielo. "Llueve, por dios", pero no. Estaba nublado y las llamas intentaban evitar a los hombres para "comer" más monte. Por aquel entonces ya se sabía que el foco del Oeste había sido controlado, la palabra mágica en cualquier incendio, también en la vida misma, cerca de las coladas volcánicas de Santa Cecilia.

Llegaron los medios aéreos. Dos zonas en las que actuar. Un mismo frente con dos lenguas de fuego. Abajo, para las casas; arriba, por el monte para El Paso. Nueve helicópteros y dos naves anfibias repartidas en todo el perímetro más peligroso. Había algo de viento, no era sencillo maniobrar, pero los que pilotan los aparatos, al menos los que están en La Palma, se juegan la vida tanto como los que están abajo dando caña en el "infierno". No es llegar, lanzar el agua y "correr". Para nada. Arriesgan. Se pegan al fuego. Son buenos, muy buenos...

Por el mediodía, quizás algo más, un mar de nubes, tal vez sólo fuera una enorme, se puso justo encima del fuego. Por desgracia, siempre hay un pero. No derramó ni una gota de agua, fue como si simplemente quisiera verlo de cerca, y con su presencia, no se puede hacer otra cosa por muy valiente que se sea, los medios aéreos tuvieron que retirarse. Abajo, en la carretera, entre Tigalate y Tiguerorte, la cara de la gente se "torció". Era el momento justo, cuando más fuerte se le estaba dando, y aquello, la inoperatividad por arriba, era un balón de oxígeno para la fiera.

En el municipio de El Paso nadie se confiaba. El fuego no había entrado, no, en su término municipal, pisó el límite pero no estuvo, ni ayer ni desde el viernes, dentro. Aún así, dos agentes de la Policía Local observaron desde muy cerca, tras pasar por la zona afectada de Villa de Mazo y subir por la carretera del barrio de San Isidro, en Breña Alta, cómo se encontraba el área de conexión posible entre las llamas y su municipio por el monte. Se bajaron del coche y se dieron cuenta de que los pinos estaban mojados. Había neblina, frío, hasta superar el refugio. Luego, algo de calor. Las condiciones, en resumen, eran contrarias al fuego. No pasaría rápido. Un respiro.

La nube que afectaba la operatividad de los hidroaviones y de los helicópteros acabó por "marcharse". Duró dos horas, quizás tres. Todos al tajo de nuevo en la zona Este. Los hombres a pie, hombres y mujeres, tomaron aire. Siempre es un respiro mirar hacia arriba y ver que desde el cielo te ayudan. Mientras, desde la montaña de Tirimaga, a salvo de las llamas, al otro lado de la carretera, se podía divisar perfectamente, aunque a lo lejos, el trabajo aéreo y las luces de vehículos que indicaban el lugar aproximado de los operarios.

Por la noche, al cierre de esta edición, nadie quería hablar de controlado. En otros fuegos, en otros incendios más previsibles, cualquiera, incluso en las mismas circunstancias, hubiera dado el paso. Ayer, ninguna persona fue capaz. Son llamas raras, traicioneras, que buscan las laderas como trincheras de refugio. Morirá, pero no será recordado después de afectar a unas 2.500 hectáreas.

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