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J.R. HERNÁNDEZ, Tenerife
Las historias como las que protagonizó Ricardo Castro son mejor empezarlas por el final. Este tinerfeño de 34 años se encuentra ya entre los suyos y, aunque aún tiene muy fresca la mala experiencia que vivió en sus últimas vacaciones, está ya en la fase de archivarla en algún rincón de su memoria para rescatarla sólo en contadas ocasiones, como cuando los abuelos recuerdan episodios del pasado a demanda de sus nietos, cualquier tarde de invierno.
Sin embargo, todavía no ha pasado el tiempo suficiente para poder hacer de esa narración una mera rutina de cuentacuentos sin que los momentos álgidos del relato le aceleren el pulso o le hagan parar unos segundos para coger aire y tranquilizarse para poder continuar.
Hace poco más de un mes este joven emprendió un prometedor viaje de ensueño hacia Honduras, donde se encontraría con su novia, Sara, que había viajado unas semanas antes para pasar unos días junto a su hermana, afincada en la isla de Roatán, donde regenta un negocio.
Sobre el papel, la única amenaza posible para Castro era el "jet lag", fruto de un maratoniano trayecto en avión que le llevó desde Madrid a Miami y desde allí a San Pedro de Sula, donde, tras pasar una noche en casa de unos amigos, al día siguiente reemprendió su camino en guagua hacia la Ceiba y desde allí tomó un ferry hasta Roatán, una especie de paraíso natural de aguas cristalinas ideal para la práctica del buceo.
La conjunción entre el paisaje y la calidez de la gente convirtieron esa última semana de junio y los primeros días de julio en unas vacaciones de ensueño. No obstante, en medio de su estancia en la isla tuvo lugar el golpe de estado, que no pareció afectar demasiado a la vida cotidiana en esa zona turística. El único inconveniente, a priori, fue que a raíz de la cancelación de las conexiones aéreas de Italia con Honduras, Ricardo y su novia se vieron obligados a cambiar sus planes ya que tenían previsto regresar desde el aeropuerto de Roatán hacia Milán y desde allí hasta Madrid, que es donde reside esta pareja.
Así, recurrieron nuevamente a los amigos de San Pedro de Sula, que se ofrecieron a acogerlos la noche del 6 de julio hasta que a primera hora de la mañana del día siguiente cogieran el avión para volver a casa.
Esa tarde, la familia les llevó a pasear por la ciudad, y por primera vez Castro se percató de la constante sensación de inseguridad que hay en las calles, donde a diario se registran numerosos actos delictivos. Después del paseo, se alojaron en la casa y pusieron el despertador a las 4:30 horas de la madrugada para poder estar pronto en el aeropuerto, ya que el vuelo salía a las 7:25 horas.
Probablemente, al levantarse, ambos pensaron que en ese instante estaban a punto de acabar lo que habían sido unas maravillosas vacaciones y, en realidad, así fue, porque apenas media hora más tarde, los acontecimientos dieron un giro radical.
El punto de inflexión fue el momento de abrir la puerta del garaje para sacar el coche. "De repente vimos enfrente de la casa una ranchera color gris oscuro que iba muy lentamente y con las luces apagadas", explica Castro, que agrega que, "al principio, Gustavo, el padre de la familia, pensó que se trataba de la policía, que estaba vigilando que todo el mundo estuviera en sus casas, en cumplimiento del toque de queda impuesto hasta las 5:00 horas. Pero, de inmediato, salieron de la parte de atrás siete u ocho individuos vestidos de azul oscuro, con armas largas y se dirigieron hacia nosotros". "Ahí nos dimos cuenta de que eran una banda de delincuentes", apostilla.
"Todo ocurrió muy deprisa y, aunque intentamos cerrar rápidamente la puerta, no pudimos evitar que se colaran en la casa", apunta Castro. Sin duda, a partir de ahí, este joven tinerfeño experimentó el peor trance de su vida. Fueron 20 ó 25 minutos angustiosos, en los que "llegué a pensar que nos iban a matar".
Mientras al cabeza de familia le exigían que les diera todo el dinero que tenía, a los demás los obligaron a permanecer boca abajo en el suelo, encañonados con una escopeta. "Durante este tiempo saquearon la casa, y al final se llevaron todo el dinero que pudieron encontrar, así como un televisor, un ordenador, un órgano, un equipo de música, todos los teléfonos móviles y nuestra documentación", precisa.
"A mí me dieron algunas patadas en la espalda y un par de culatazos en la cabeza con el arma, pero, por suerte, a ninguna de las mujeres las tocaron", comenta.
"Una vez que se marcharon, nos quedamos desconcertados y con la sensación de aislamiento total. Tardamos un poco en reaccionar, hasta que comenzamos a movernos", indica.
Tras varios intentos conseguimos comunicar con la policía, que tardó más de una hora en llegar a la casa. "También hablé con American Airlines, que era la compañía con la que teníamos programado el vuelo para suspenderlo, pero me dijeron que tenía que hacerlo a través de la agencia de viajes", detalla Castro, que entró entonces en una espiral de despropósitos que cada vez daban una vuelta de tuerca más a la situación.
"Afortunadamente, sí pudimos bloquear los móviles y cancelar todas las tarjetas que nos robaron", recalca.
Pasaportes de urgencia
En cuanto a la policía, "nos tomaron una breve declaración y nos dijeron que fuéramos a poner la denuncia a la comisaría. Una vez allí, y cuando la estábamos formalizando, se colgó el sistema y no nos la pudieron dar por escrito, por lo que nos pidieron que fuéramos a otra comisaría, pero, tras esperar un largo rato, nos dijeron que teníamos que regresar a la primera".
Así, la cosa se complicó tanto que se nos pasó la hora para poder llegar a la embajada de España en Tegucigalpa, donde teníamos que tramitar los pasaportes de urgencia para poder sacar los nuevos billetes de avión.
Por tanto, nos vimos obligados a pasar una nueva noche en San Pedro de Sula. "Fue el día más largo de mi vida", sentencia Castro. "No podía parar de pensar en el momento de abrir la puerta del garaje al día siguiente. Temía revivir ese episodio y que nos volviera a pasar algo".
Pero no fue así, "abrimos la puerta con mucha cautela y no pasó nada", argumenta. Por fin, "Gustavo nos dejó en la estación de guaguas y nos dejó dinero para poder comprar los billetes y tener algo para el taxi y movernos por Tegucigalpa, se portó estupendamente con nosotros y nos dio verdaderas muestras de las grandes diferencias que puedes encontrarte en Honduras, donde la gente buena es la más buena del mundo como esta familia, hasta el polo radicalmente opuesto", asevera.
Castro cuenta que cuando llegaron a la embajada la chica de la ventanilla les empezó a pedir todo tipo de papeles, fotos, etcétera "sin que pareciera comprender lo que nos había ocurrido", añadió.
Entonces, la suerte volvió a ponerse del lado de esta pareja ya que uno de los guardias civiles que estaba de turno en la embajada resultó ser un tinerfeño, destinado en Honduras desde hacía algunos meses.
Fue él quien, tras conocer la rocambolesca historia, les abrió por fin las puertas de la embajada. Incluso, les acogió durante los tres días siguientes en su propia casa, en los que "nos dio una cobertura psicológica estupenda", afirma Castro, que recuerda esos últimos días en Honduras como "pasar del infierno al cielo de golpe".
Aún con varias horas de retraso, Ricardo y Sara el día 11 lograron despegar desde el aeropuerto de Toncontín con destino hacia Guatemala, desde donde viajarían hasta Madrid, con una escala técnica previa en Panamá, una vez que un familiar pudiera contratar el viaje desde España, ante la imposibilidad de hacerlo ellos mismos desde Honduras.
Un nuevo inconveniente
Sin embargo, un nuevo inconveniente surgió en este viaje de locos que parecía no llegar a su fin. "Así, justo cuando el avión estaba ya en la pista a punto de iniciar el vuelo, nos avisaron de que había una avería en el radar, por lo que tuvimos que quedarnos una noche más en Guatemala", explica.
Increíble pero cierto. De este modo, lo que iban a ser dos semanas de placenteras vacaciones se convirtió en una larga odisea que se prolongó cinco días más de la cuenta y que acabó el lunes día 13 de julio cuando de una vez por todas el avión tomó tierra en el aeropuerto de Barajas.
Ahora, todavía queda un largo proceso de reclamaciones y de peregrinar por asociaciones de consumidores, puesto que tampoco la agencia de viajes se hace cargo de los 1.800 euros extra que tuvieron que desembolsar para poder regresar, ni quiere hacer efectiva la cláusula de robo que incluye en el seguro del billete, pero, en vista de lo sucedido, tal vez eso sea lo de menos.
Lo que está claro es que este viaje ha tenido una clara moraleja para Ricardo, y es que asegura que "de ahora en adelante, la próxima vez que vaya de vacaciones, voy a empaparme antes de todo sobre el país, de su situación política y lo que ocurre a diario, leyendo los periódicos a través de internet y documentándome por todas las vías posibles".
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