LOS MIRLOS callan. El aliento queda suspendido en el aire. El calor aprieta en la pila de la Plaza del Charco, mientras, la ñamera parece no inmutarse ante el sofoco de la canícula ni ante al jaleo que barruntan desazones y desasosiegos. El mercurio de la política sigue imparable, y la calle hace oídos sordos a la sensatez y se pierde entre las esquinas de soflamas y convocatorias propias de regímenes ávidos de ecos multitudinarios que arropen su "alter ego" o los protejan de la defenestración, aunque muy lejos y distinta a la de Praga.
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