Esta tarde, como en los últimos días, el calor intenso me arroja al sofá. Empuja a no salir de casa, a detener la actividad hasta que la temperatura baje. A repasar la prensa para saber qué pasa ahí fuera: de qué manera cada día los hombres hemos afrontado la casualidad o el destino o nos enfrentamos a él, diseñando nuestro futuro.
Entre sorbo y sorbo de cerveza, me topo con una noticia curiosa: Valencia recibió en mayo un portacontenedores de China Shipping Container Lines, llamado CSCL EUROPA, de 8.500 Teus. En dos días ha hecho 2.900 movimientos de carga-descarga. El buque ha dejado en Valencia 1.019 contenedores, todos ellos con material para tiendas de "todo a cien" con destino a la comunidad valenciana, Cataluña, Andalucía y Portugal; así como al trasbordo hacia puertos del sur de Francia y norte de África.
Sea por el calor intenso o por el relajo a que conduce la cerveza, lo cierto es que me quedo dormido. Y desembarco oníricamente en una gran dársena, rodeada de barcos, grúas, camiones y un trajín de hombres y mujeres que le dan vida. Es la cara inversa de la imagen de las colas del paro, donde se expresa la resignada decepción de los que han perdido o buscan su primer trabajo. Aquí, por el contrario, se vive la alegría del comercio y de la actividad. La recompensa interior de los que saben que crean valor para sí y para miles y miles de personas más allá de los límites del puerto.
En el área logística, decenas de camiones serpentean entre los contenedores. Casi tres mil movimientos de carga y descarga aportan y reportan la savia de la isla, ese fluido sin el que la vida no es posible. Medio centenar de operarios mueven los contenedores desde grúas, carretillas y camiones, y otro centenar dispone la mercancía que ha de ser reenviada a África en las próximas horas.
En las cercanías se acercan barcos más pequeños, prestos a absorber en sus bodegas los más de mil contenedores que, en los días siguientes, partirán hacia Marruecos, Mauritania, Senegal y otros puertos de la costa atlántica que alcanza hasta el Golfo de Guinea y los dos Congos.
Parte el barco grande, pero la danza portuaria continúa en la descarga de los contenedores vacíos y en la carga de los que llegaron de Oriente. Mientras tanto, más de un centenar de tripulantes se disponen a pasar dos o tres jornadas de descanso en la isla después de -a veces- semanas de enclaustramiento. Restaurantes, bares, taxis, tiendas y quizá algún hotel incrementan sus servicios con estas tripulaciones dispuestas a entretener lo mejor posible sus días de ocio.
Para la semana siguiente se anuncia la arribada de otro gran barco procedente de Brasil, con ropa ligera de intensos colores, como gustan en África. También llegará desde el mismo origen un gran portacontenedores con el hierro para la construcción que los brasileños exportan al continente negro a precios excepcionales. Y otro buque, desde Holanda, con mercancía general con destino a los países vecinos. Rutas que se abren y permiten también la exportación de productos canarios como nunca antes había sido posible, porque los tráficos con los puertos vecinos son regulares y frecuentes.
Siento que Canarias ha encontrado por fin el destino que durante tantos años ha ido buscando; el que ya tuvo siglos atrás cuando la mayoría de los barcos europeos que zarpaban hacia América del Sur recalaban en nuestras dársenas. Como entonces, esos buques compran alimentos, agua, combustible y otros artículos para pasar los siguientes días en alta mar, hasta que lleguen a su nuevo destino. Está demostrado en todo el mundo: los empleos que un puerto genera en su interior se multiplican por cuatro más allá de sus límites. Y eso con independencia de que atraigan nuevos modelos de negocio, nuevas actividades industriales, de reparación y de servicios si hay espacio en las inmediaciones. Algo de lo que carece la mayoría de los puertos ya asentados y con poca capacidad de expansión.
Todo esto se arrebuja en unos sueños que me dibujan una plácida sonrisa en mi cara, en unos sueños que son todo lo contrario a una pesadilla. Porque las pesadillas las viven hoy, bien despiertas, las miles de familias que en Tenerife tienen altísimas dificultades para llegar a fin de mes; especialmente las que tienen a todos sus miembros en paro.
En mi sueño, el puerto de Granadilla se abre como una oportunidad para muchos de ellos. No para todos, porque no hay soluciones únicas o sencillas para el problema más complejo al que nos enfrentamos.
Pero con más iniciativas como el puerto de Granadilla, veo cómo el optimismo y la confianza regresan a las familias. Veo a nuestros jóvenes con más esperanza de encontrar trabajo en su tierra, sobre todo si se han preparado a fondo para ello. Veo cómo una ola de esperanza regresa y se adueña de Tenerife... y, a lo lejos, resuena como un eco: "Avante Tenerife, Avante Canarias, Avante Tenerife...".
De repente, gritos y tumultos me despiertan. ¿Qué pasa? ¿El niño ha puesto la radio a todo volumen? No, qué va. Una manifestación recorre mi calle. Veo pancartas y oigo una letanía de consignas: "No al puerto de Granadilla".
No me lo puedo creer, pero... es cierto. Esa es la triste realidad.
Horrible despertar. Era un sueño de verano. Y, encima, mañana es lunes.
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