Taberna (literaria) La Oficina
La primera información en la prensa sobre el derribo de la taberna (literaria) La Oficina en La Laguna me dejó relativamente indiferente, y la segunda, bastante desconcertado, pues, en mi ignorancia, no dejaba de ser una taberna un sitio donde se consume alcohol, aunque, eso sí, decían que literaria, o sea, perteneciente o relativo a la literatura (DRAE). Mi asombro se tornó en una considerable indignación cuando, además de ser noticia de portada en el que dice ser el diario más seguido de Canarias (¿no hubo noticias más relevantes en Tenerife o en La Laguna ese día?), el señor Cubillo desgrana en un extenso artículo de opinión (EL DÍA 25/07/09) la historia de la susodicha tasca. Ciertamente, lo que describe el independentista canario -cuyo padre, cuenta, vendía vino peninsular (¿o es godo?) a esa tasca (literaria)- está lo suficientemente documentado e interesante como para hacernos una idea de lo que era en aquellos años 50. El dislate del señor Cubillo viene cuando dice que podía haberse conservado "como se conserva en París el Café Bar Procope, el más antiguo de París" (sic), y compara a ambos ayuntamientos, el de París y el de La Laguna, y su "respeto a los recuerdos culturales y tradiciones" de aquel (otro sic). La pregunta que uno se hace es que si eso era así, si tanto valor tenía esa taberna (literaria), dónde estaban el señor Cubillo y quienes ahora se quejan de su derribo, que no chistaron por el abandono y dejadez al que el actual propietario tenía sumido a tanta cultura concentrada en barricas (en tetrabrick, según las viperinas). Uno, que la visitó en muy contadas ocasiones, entre otras cosas por la imposibilidad de acertar con el horario de apertura y cierre de la susodicha taberna (literaria), cuando entraba y se encaraba con el camarero tenía la sensación de haberse ido sin pagar la vez anterior -¿le debo algo, don?-, por lo que nos extraña tanta defensa, ahora, de un local más cercano a ventorrillo (con perdón de los ventorrillos) que a entrañable rincón literario. ¿Es comparable el estado del Café Gijón, en Madrid, al de La Oficina de los últimos años?
Llamar taberna a La Oficina de los últimos años es una ofensa a los "perravinícolas" de esa época (con permiso del desaparecido Chela por el uso del palabro), y, literaria, un insulto a la literatura de siempre. Y, estimado señor Cubillo, tampoco era un monumento a proteger por parte de una institución, entre otras razones, porque quien menos lo protegía era su último propietario. Tascas, guachinches y similares hay en La Laguna, acaso sin tanta literatura. Por poner algún ejemplo, pregunte a quien haya ido a pagar últimamente algún recibo en la oficina bancaria de Juan de Vera y que no haya salido de la "biblioteca" de enfrente con un par latigazos entre pecho y espalda, o a quien fuera a echarle un ojo a las obras de La Concepción y no se jinque por las cercanías otros tantos de gasolina de 90 octanos de Taganana, acompañado de un más que generoso armadero. Y, además, tratan a uno como a una persona y todo.
Con todo el respeto del mundo a los personajes que frecuentaban La Oficina en aquellos años 50, lo único que se quiere decir con esto (y se dice) es que las cosas tienen el valor que tienen, ni más ni menos, y una tasca, taberna o lo que sea no deja de ser eso, un negocio particular, un bar donde se consume alcohol, y no sé yo si su derribo merece ser noticia de portada. Pero claro, uno no es "literario" (y vaya que empino el codo).
Miguel Suárez Santana
Los jardines y la presidencia del Gobierno
Cuando por el puente Serrador cruzamos en dirección al Mercado, desplazándonos a la ribera derecha del barranco de Santos -no sólo el Sena va a tener ribera derecha e izquierda, faltaría más-, pasamos a la vera del TEA, encontrándonos en la prolongación de la calle de San Sebastián con un semáforo que acaba con la paciencia del respetable por las mañanas, y que por las tardes muchos ciudadanos acaban cruzando en rojo, al haber menos tráfico en la zona y continuar igual de modorro el aparato en cuestión.
Pues bien, detrás del mencionado semáforo comienza una rambla no muy larga, la de las casetas azules, también la del dominical "rastro", pero que además tiene nombre propio. Es la calle dedicada a don José Manuel Guimerá, del cual deberían al menos saber ustedes que fue, en palabras de don Juan Arencibia, fino ensayista y elegante poeta, nacido a finales del siglo XIX. En esta calle, la acera izquierda, la descendente, la de los números impares, solamente tiene tres números, el nº 1, que corresponde al IES Alcalde Bernabé Rodríguez, que ocupa la manzana, el nº 3, un edificio particular, y el nº 5, que corresponde al Palacio de la Presidencia del Gobierno.
En el primer tramo de acera que corre paralela al Instituto hay ocho hermosas jardineras de granito -no sé si natural o no- de aproximadamente cuatro metros de largo por uno de ancho. Jardineras que debemos suponer que su confección y colocación obedeció, en su momento, a la loable intención de embellecer la acera y, por lo tanto, la calle. Pero, aquí está el pero, fueron sembradas y olvidadas. Las ocho lucen en su centro geométrico lo que aún pervive de unas raquíticas palmeritas, rodeadas y sofocadas por una maraña de césped que ha crecido alocadamente tal que si la sed le hiciese padecer de los nervios. No sé si existe la locura del césped, pero seguro que ustedes estarán de acuerdo conmigo, en que al menos las palmeritas deben estar desquiciadas.
Ante esta conmovedora escena uno se pregunta: ¿las sembraron y se olvidaron o, tal vez, desapareció el jardinero y nadie sabe que existen? También podría ser que, al instalarse allí el "rastro" los domingos, no valdría la pena cuidar las plantas, porque todos sabemos que la gente no es nada agradecida y al final todo sería inútil. Puede ser también que al concejal de jardines nadie le ha comentado su existencia, y con la cantidad de reposteros que tiene la ciudad a cualquiera se le escapan ocho jardineras.
Debería preocuparnos que los ilustres visitantes que son recibidos en Presidencia, al terminar la visita viesen tan lamentable espectáculo. Pero tengo entendido que nunca llegan hasta esa parte de la calle, y que además los coches oficiales tienen los cristales tintados, con lo que difícilmente su sensibilidad podría sufrir.
Estoy seguro de que el titular de la calle agradecerá que embellezcan las jardineras, porque pretender que pueda descansar los domingos y que por las noches no sean sus dominios un auténtico escaparate de los efectos de los diferentes compuestos hormonales sobre la ciudadanía me parece excesivo.
José Luis Martín Meyerhans
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