decíamos en nuestro comentario de ayer que algunos lectores acusan a EL DÍA de ser un periódico contradictorio, pues mostramos a la vez un talante reaccionario y rebelde. Aciertan plenamente al decir que somos rebeldes. Nos rebelamos sin debilidad alguna frente a la situación colonial de Canarias, y nos hemos propuesto luchar hasta el final, siempre de forma pacífica porque detestamos la violencia sea del tipo que sea, contra la sumisión a que nos tienen atados los españoles. Una sumisión colonialista que la Metrópoli se empeña en perpetuar haciendo uso de numerosas tretas, entre ellas el silencio de unos medios de comunicación peninsulares que no se hacen eco, ni siquiera como reseña en sus páginas o espacios informativos menos importantes, del creciente clamor popular que en baja voz, valga la paradoja, existe en las Islas en contra de la situación actual. Nada se dice, por ejemplo, de que el próximo año la nación española debe prepararse para darnos la justa y necesaria independencia, ya que el Gobierno de Madrid ha de cumplir obligatoriamente el mandato del Comité de las Naciones Unidas para la descolonización de los pueblos; un mandato que España firmó en su día por lo que, en caso de no cumplirlo, incurriría en un supuesto de desobediencia internacional. Canarias fue un país vilmente sometido a esclavitud, a depender de una metrópoli situada a 2.000 kilómetros de distancia que continúa y pretende perpetuar.
Por otra parte, estamos asqueados -lo hemos dicho cien veces y lo seguiremos repitiendo mientras sea necesario- de las actuaciones interesadas de los partidos políticos dependientes de Madrid y Las Palmas, PP y PSOE, así como del paraestatal CC, cuyos dirigentes siguen pensando que pueden comprar con prebendas -carreteras, instituciones; todo lo que les pidan en Vegueta- la voluntad de los canariones. Estos partidos nos han decepcionado. Esperábamos de ellos otros comportamientos. Confiábamos en que la democracia nos trajese libertad, progreso y justicia social. A la vuelta de unos pocos años, lo único que hemos obtenido es una dictadura de partidos; eso que algunos críticos, como nosotros, denominan la "partitocracia". Partidos que, en el caso de Canarias, siguen las directrices de Madrid para mantener la opresión colonial, y la de Las Palmas para que Canaria, la tercera isla en extensión, la segunda en población y la última en encantos naturales, imponga su hegemonía rapiñando lo que poseen las demás. Es una vergüenza que una isla, la que simplemente es Canaria, la de los secarrales, la del "portuguesismo", la de los envidiosos y envidiosas, esté cuasi gobernando el Archipiélago, cuando no tiene méritos de ninguna índole para destacar sobre las seis restantes. Ese es otro de los motivos de nuestra rebeldía -de radicalización, no nos importa afirmarlo- contra el actual estado de cosas.
Igual de tajantes somos frente a los sindicalistas que no hacen nada por su gente; por los trabajadores a los que dicen defender. Sindicalistas sólo preocupados en no trabajar y pasarlo lo mejor que puedan, y que de vez en cuando salen a la calle para manifestarse. Algaradas que organizan no porque existan razones para ello, sino para justificar sus sueldos de liberados y continuar en el chollo sin dar golpe. Unos sindicalistas siempre prestos a seguir las directivas de los partidos políticos -de forma especial las del PSOE-, enarbolando pancartas, banderas y banderolas, alborotando y conculcando un orden social imprescindible para salir de la crisis. Y también, lo cual es peor, atacando a los empresarios honrados que generan los puestos de trabajo que esos sindicalistas dicen defender. Si no existieran los empresarios, no habría empresas y no habría empleo; ni siquiera habría sindicalistas.
En definitiva, aborrecemos a los partidos políticos y a los malos sindicatos. Llegados a este punto, no nos queda más remedio que darle la razón al general Franco -cuya dictadura tanto rechazamos pues la sufrimos en nuestras carnes- en su idea de que los partidos políticos no buscan el bien de un país, sino su beneficio propio. Nosotros anhelábamos la llegada de la democracia y de los partidos para que los pensamientos fueran amplios y coadyuvantes al desarrollo y bienestar social. Sin embargo, los hechos le están dando la razón al dictador; es triste decirlo, pero es nuestro deber hacerlo. Y no sólo nosotros. Hace tiempo que el pueblo comenta lo mismo, sottovoce, por las esquinas.
Denostamos igualmente a los falsos ecologistas. Elogiamos y cantamos himnos de alabanza al ecologismo constructivo. Al ecologismo que lucha por la conservación de la naturaleza -algo imprescindible en nuestros días-, pero que al mismo tiempo no olvida el progreso sensato. Asunto distinto son los falsos ecologistas; los que nos atacan con torticeras acusaciones de racismo y xenofobia para intentar desacreditarnos ante nuestros lectores -objetivo que no alcanzan, pues el pueblo es inteligente y no cree sus sucias mentiras-, y que desgraciadamente se refugian en la Universidad de La Laguna. Ese ecologismo que impide el progreso de toda una isla y de todos sus habitantes está formado por una caterva de individuos execrables. Un ecologismo cuyas minutas para denunciar a las personas honradas y a los medios de comunicación decentes redacta un socialista resentido, que ojalá jamás hubiera nacido a la vida política. Un socialista que se jacta de haber corrido delante de "los grises". Mentira cochina. Siempre vivió bien gracias al prestigio de su familia, mientras jugaba al baloncesto y cantaba el Cara al Sol en el colegio.
Lo repetimos: elogiamos a los ecologistas auténticos, pero despreciamos a los ignorantes que se aferran a la bandera de la defensa de la naturaleza para calumniar e impedir cualquier progreso y que, a la larga, le causan un gran perjuicio al entorno natural que aseguran defender. Un ejemplo lo tenemos en esos quince postes del tendido eléctrico que iban a estar disimulados en el monte de Vilaflor, igual que los vemos en otras partes del mundo cruzando o atravesando frondosos bosques. La ruindad de los falsos ecologistas, sobre todo contra Tenerife, es incomprensible por pavorosa. La solución final, gracias a la intervención de los falsos ecologistas y a un medio de comunicación enfadado porque no le dieron dinero, ha sido instalar unas torres monstruosas -aunque necesarias- junto a una autopista por la que pasan cada año más de cinco millones de turistas. Es decir, ¿no te gustan las lentejas?, toma dos platos. Que lo sepa el pueblo.
Y entramos en la política pura; la que le gusta a la señora Oramas. Por cierto, doña Ana, el otro día se nos quedó una frase incompleta en un comentario. Concretamente la frase en la que decíamos que aún estamos esperando que nos señale dónde y cuándo la hemos insultado a usted. ¿Por qué se ha pasado usted a la causa de los socialistas y de los canariones, traicionando a La Laguna, a su romería y a sus vecinos? Traicionando, además, a su propio partido. ¿Por qué se ha entregado usted a Las Palmas y al socialismo de forma tan descarada? ¿Cómo se le ha podido ocurrir hacerle el juego a Zapatero, que es la peor maldición que le ha caído a España? El peor Gobierno que se recuerda en muchísimos años. Una maldición que nos arrastra a los canarios por seguir siendo súbditos de los españoles. Nos arrastra y nos avergüenza, cuando podríamos ser una nación digna.
Nos dicen que Zapatero llega este fin de semana a veranear en la Mareta. Por el amor de Dios le pedimos que se abstenga. Los canarios callan porque no tienen más remedio; porque están en inferioridad física y de fuerza con respecto a los peninsulares. Sin embargo, no lo queremos a usted ni a su familia, señor Zapatero. Ni tampoco a sus secuaces socialistas. Quédese donde está o vaya a Doñana o a cualquiera de sus dominios peninsulares. No venga aquí a distraer a las fuerzas de seguridad de otras funciones para que se dediquen a cuidarlo. Ahórreles a los españoles gastos innecesarios y a los canarios la vergüenza de su presencia. Usted viene a pasearse como un virrey entre los sometidos canarios. Quédese en Madrid y prepare la transición de Canarias, porque la independencia es irreversible. Hágalo antes de que la ONU, e incluso Europa, le llamen la atención. Quédese en la Península, señor Zapatero, no malgaste usted y sus familiares y amigos el dinero de los contribuyentes, que muchísimos pasan hambre. Con su visita a Lanzarote está confirmando que somos una innegable colonia y que usted viene como un virrey, como el dueño de la finca va a pavonearse en sus propiedades y ante sus peones. No nos honra con su visita, al contrario, nos ofende. Nos ofende a los "indígenas canarios" y a nuestros antepasados, que fueron masacrados por sus tropas castellanas y mercenarios andaluces. Nos ofende el hecho de que nos traten como bastardos españoles y ultraperiféricos.
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