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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Identes

2/ago/09 07:48
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A MEDIADOS de los años ochenta cuando asistí a un concierto en La Laguna, Américo Caramuta, considerado entonces el mejor intérprete mundial de la obra para piano de Claude Debussy, ofrecía un recital en la Fundación Fernando Rielo. Tenía una buena relación de amistad con varios miembros de la Escuela Idente, institución cultural dependiente del Instituto Id de Cristo Redentor, y me invitaron a aquel acontecimiento. Me gustó lo que oí, pero sin más. No poseía conocimientos musicales suficientemente elevados para discernir si Caramuta había llegado a la esencia del genial músico francés o, simplemente, nos había ofrecido una audición mediocre. Tan sólo puedo decir que junto a mí estaba una profesora del Conservatorio de Las Palmas -también una pianista excepcional, aunque no impartía esa especialidad- según la cual acabábamos de oír algo maravilloso.

Cuál no sería mi sorpresa cuando pocos días después leí en la prensa local un ataque feroz contra Américo Caramuta, a quien el autor de un artículo despectivo llamaba "Caramocho", "experto en aporrear pianos", "ignorante del teclado" y algunas cosas más. Aquello me pareció injusto. No hace falta ser un experto para advertir cuando alguien está aporreando un piano, lo cual no había sido el caso, o interpretando decentemente la partitura que tiene delante. "A lo mejor lleva razón", me dijo Caramuta, con toda la humildad del mundo, cuando hablé con él al respecto.

Da igual. Aquel panfleto, eso también huelga precisarlo, no iba contra el afamado pianista sino contra quienes lo habían invitado a que ofreciera aquel concierto en La Laguna; contra ese grupo de personas denominadas "identes". Hombres y mujeres integrados en el mencionado Instituto Id, fundado en Tenerife, en 1959, por Fernando Rielo y extendido hoy por todo el mundo. "Estamos en todos los continentes menos en Australia", me decían hace unos días en su sede primada de Roma. El caso es que desde aquellos días de un artículo malicioso contra un pianista, me he preguntado cómo es posible que se hable al mismo tiempo tan bien y tan mal de Fernando Rielo precisamente en la isla donde inició su obra. Quizá esa bipolaridad de afectos provenga de su capacidad para expresar con sencillez cuestiones muy difíciles; temas que a los sacerdotes católicos de entonces, e incluso a los de ahora, les costaba y les cuesta mucho abordar. Rielo pronunciaba conferencias, organizaba cursillos de cristiandad y conseguía lo que no lograban los curas: que la gente asistiese multitudinariamente a misa, confesase y comulgase. Y todo ello en su condición de simple seglar. Bien es cierto que Fernando Rielo no era un simple seglar. Lo entendió el obispo Pérez Cáceres, que le dio su apoyo incondicional, aunque no así su sucesor, Luis Franco Cascón. "No te mezcles con esos curas y monjas demoníacos", me recomendó en su día un colega bastante beato y un tanto meapilas. Dios lo tenga en su gloria.

La situación no mejoró cuando Damián Iguacen se hizo cargo de la Diócesis Nivariense, ni tampoco con su sucesor, Felipe Fernández, quien llegó a recriminarme en público -de forma cariñosa pero contundente- mi apoyo en uno de estos artículos a "personas de las que no sabes nada". Supongo que en 27 años algo se llega a saber de cualquiera, pero yo no discuto con un obispo. Parece, empero, que las cosas van mejor con el actual prelado nivariense. No obstante, hace tiempo que los misioneros y misioneras del Instituto Id tuvieron que abandonar Tenerife; una imposición de Felipe Fernández que les ocasionó graves perjuicios personales y profesionales, pues ellos viven de su trabajo y tenían su actividad centrada en Tenerife. Nunca he entendido por qué una institución que nació en esta isla puede estar en todo el mundo salvo en esta isla. Y, por añadidura, bendecida por la Iglesia de todo el mundo excepto por la de esta isla. Bien es verdad que nunca he puesto demasiado afán en comprender los asuntos del clero.

De nuevo, da igual. Los sucesores de Fernando Rielo, con quien me he reencontrado en Roma después de varios años, están por encima de celos eclesiásticos -estoy convencido de que en el fondo siempre ha sido eso-, hoy bastante superados incluso en Tenerife. Es el suyo no sólo un apostolado de la fe, sino también el afán incesante de transmitir un mensaje humano que predica la generosidad en contraposición con el egoísmo, unido al deseo de hablar con todos sin excepción alguna; incluso con aquellos que no piensan de la misma forma que ellos. Un hermoso ejemplo de solidaridad en estos tiempos -ojalá tomasen nota los políticos-, cuando el culto al yo ha adquirido ribetes de doctrina universal.

rpeyt@yahoo.es

 

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