TERMINÓ el mes de julio, y con él el curso político, con el sonido siniestro del estallido de una carga explosiva colocada por la banda terrorista ETA en los bajos del automóvil en que acababan de entrar los jóvenes guardias civiles Carlos Sáenz de Tejada y Diego Salvà Lezaun, en la localidad mallorquina de Calvià, muriendo en el acto. Como ocurre de forma inevitable, este doble asesinato paralizó durante unas horas la vida pública nacional y monopolizó la información de los medios, a pesar de los esfuerzos crecientes por reducir la actividad de la banda a la sección de sucesos, tratando sus atentados como fruto de la actividad de una partida de delincuentes.
Pero esto no es posible, como lo demuestra la reacción de partidos políticos democráticos y muchas otras organizaciones cívicas, que sacaron a las calles de toda España a miles de ciudadanos a protestar en silencio por estos crímenes, cosa que, si se tratase únicamente de un episodio de delincuencia común, es obvio que no se habría producido, como tampoco habría habido programas especiales en los medios, ni el presidente del Gobierno y muchos otros dirigentes políticos habrían comparecido ante la opinión a condenar el atentado. Es muy cierto que la ETA es hoy muy poco más que una partida de forajidos dedicada a matar, extorsionar, robar y torturar; pero no lo es menos que mientras haya partidos políticos que presten cobertura a los objetivos políticos que la banda dice perseguir y luchen por permitir la actividad de su brazo político, el problema para la convivencia en paz y libertad sobrepasa los límites de la delincuencia común.
El "conflicto político"
Partidos nacionalistas vascos como el PNV o Eusko Alkartasuna se refieren como causa última de los crímenes terroristas a un "conflicto político" preexistente, que mientras no se resuelva hará imposible acabar con esta pesadilla. Para ellos, ese "conflicto" sería el de la independencia del País Vasco y demás ensoñaciones del enloquecido racista Sabino Arana Goiri, iniciador del separatismo vasco a fines del siglo XIX.
Este planteamiento, sin embargo, está construido sobre gruesas trampas dialécticas y mentiras flagrantes, que más de una vez han conseguido engañar a algunos Gobiernos españoles. En efecto: en primer lugar, esas ansias independentistas se manifiestan en una porción muy minoritaria de los habitantes del País Vasco; en segundo término, es inaceptable, moral y políticamente, la tolerancia con el chantaje, el robo, el secuestro y el asesinato por el hecho de que se cometan al amparo de unos objetivos políticos, aun en el caso de que fueran compartidos por un sector mayoritario de ciudadanos residentes en el País Vasco; en tercer lugar, ningún Estado que diga defender la convivencia en paz y libertad puede de ninguna manera tener a los criminales como interlocutores para esa presunta "solución del conflicto".
El conflicto, ciertamente, existe; pero no es el que dicen los nacionalistas, sino los nacionalistas mismos y su connivencia de hecho con los asesinos. Ése, y no otro, es el famoso conflicto político. Vistas así las cosas, la solución que PNV y EA vienen proponiendo al postular una negociación con los delincuentes vendría a ser una aplicación práctica de la cínica expresión de Oscar Wilde cuando decía que la mejor manera de no tener tentaciones es caer en ellas. Traducido esto al caso, la mejor manera de poner fin a la actividad de los terroristas sería rendirse a sus exigencias. Por eso, cuando en 2004 Rodríguez Zapatero desarrolló desde el Gobierno su política de lo que eufemísticamente algunos llaman el "final dialogado de la violencia" y él denominó el "proceso de paz", los que veían la situación con claridad lo llamaron desde el principio, mucho más exactamente, "proceso de rendición".
Desconfianza
Tras un asesinato de la ETA, existe una especie de liturgia que consiste en repetir palabras duras de condena y rechazo. Pero llevamos ya justo medio siglo de ETA a las espaldas para que este ritual tenga algún efecto tranquilizador en las gentes de bien. Ahora se ha podido observar con claridad que lo que se espera son hechos y no palabras. Las palabras están muy bien, pero son puras emisiones de aire mal articuladas si no van acompañadas de hechos.
En este sentido, no han sido pocas las voces de organizaciones cívicas y de personas singulares, especialmente de víctimas del terrorismo, que han manifestado su desconfianza hacia lo que los socialistas puedan hacer ahora. Rodríguez Zapatero, que gobierna en España, anuncia con su mejor voz campanuda que el único camino que los terroristas recorrerán será el de la cárcel; pero Patxi López, que gobierna en el País Vasco gracias al apoyo del PP, se decanta por mantener el apoyo al PNV para que éste gobierne la Diputación Foral de Álava en detrimento del PP; y el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren, sigue encontrándose con miembros del brazo político de la ETA en bares y restaurantes, a la vista del que quiera mirar. El precedente de aquel malhadado "proceso de paz" es demasiado reciente para que ahora pueda darse por cancelado.
Posdata
Por lo demás, la vida sigue; la crisis económica, financiera y laboral no ve su final; los procesos judiciales contra algunos destacados militantes del PP siguen su curso; la ministra de Sanidad, Trinidad Jiménez, anda mareando la perdiz con declaraciones que no dicen nada acerca de la llamada gripe A, para la que no se sabe aún cuándo habrá vacunas disponibles. Y tal vez para distraer la atención, ahora anuncia una nueva ley en la que se prohibirá taxativamente fumar en cualquier espacio público. ¿Por qué no se declarará directamente ilegal el tabaco, si es tan nocivo como dicen?
Llegan las vacaciones. Pero habrá que estar atentos a la pantalla.
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