EL PASADO día 16, una niña de 13 años fue chantajeada y violada en plena calle y a la luz del día por seis menores y un adulto de 22 años, en la localidad de Baena (Córdoba).
Tres días después de este ultraje, otra niña de 13 años también, con discapacidad psíquica, fue agredida sexualmente, de noche y con premeditación, por siete menores en una playa de Isla Cristina (Huelva).
En ambos casos, el denominador común de estas agresiones es el mismo: un delito perpetrado por menores de edad que, al estar protegidos por la Ley del Menor, no cumplirán la pena que le correspondería a una persona adulta, o bien, no podrán ser imputados por tan abominable delito.
¿Qué está pasando para que las agresiones sexuales a niñas provengan de niños de su misma edad? ¿A qué se debe esta inusitada agresividad? Sería algo complejo hacer una radiografía de las causas o factores que inciden negativamente en el desarrollo de la violencia juvenil. El problema es que este fenómeno ha llegado a un grado muy elevado sin que nadie haya hecho nada por evitarlo. Pese a ello, podemos establecer que se debe, principalmente, al debilitamiento del modelo familiar, con una excesiva permisividad, flaqueo de la autoridad que los padres ejercen sobre los hijos y ausencia de valores en la tarea educativa de los mismos, de cuya consecuencia se deriva la pérdida de disciplina, la falta de respeto a los demás y del sentido de la responsabilidad de los actos cometidos. También se debe a la falta de autoridad de los maestros y profesores en los centros de enseñanza, a causa del escaso o nulo apoyo que la legislación otorga a los docentes en su ejercicio profesional al verse privados de su competencia sancionadora. Esta pérdida de autoridad puede explicar el aumento de casos de agresiones y acoso en las aulas, tanto a los docentes como a los compañeros. Por último, y no por menos importante, se debe a la incorporación al mundo cotidiano juvenil de tecnologías procedentes de videojuegos, internet y programas de televisión donde priva el permisivismo moral como mérito social. Y si a todo esto añadimos que los actos delictivos perpetrados por menores no tienen la debida respuesta en la Ley del Menor estamos abriendo las puertas a la impunidad más escandalosa.
Así es. En la última reforma de la Ley del Menor, realizada en 2006, se dejó establecido que a los delincuentes comprendidos entre los 16 y 17 años les corresponde un internamiento en régimen cerrado con una duración máxima de 10 años, mientras que para los menores de 15 y 14 años la medida correctora será de 6 años, por lo que los que no hayan cumplido esa edad mínima no pueden ser imputados, hagan lo que hagan. Se quedan en su casa como si no hubieran hecho nada. ¿Pero qué justicia es esta? Creo que tanto el poder político como el judicial deberían reflexionar para que los menores que por ley son inimputables reciban algún castigo o un tratamiento legal más riguroso, pues se está dando el caso de que muchos jóvenes se aprovechan de esta circunstancia para convertirse en auténticos delincuentes. Es inconcebible que delitos tan aberrantes como agresiones sexuales, asesinatos, etc., queden impunes por una ley que ampara estas conductas irresponsables, ya que tal como está la ley no se protege a las víctimas más vulnerables, ni se corrigen actitudes delictivas como las que comentamos.
Es preciso, pues, rebajar la edad mínima de imputabilidad que actualmente está en los 14 años para delitos considerados de especial gravedad. Con estos cafres hay que actuar con dureza. Pero no con dureza agresiva, sino educacional. ¿Cómo? "Re-formándoles" y "re-educándoles" en instituciones especializadas creadas al efecto, de tal manera que los menores abandonen estos centros cuando estén educados y formados para vivir en sociedad respetando a los demás; cuando tengan asimilado la diferencia entre el bien y el mal, cuando entiendan que las relaciones sexuales tienen un límite, etc.
La sociedad reclama actuaciones de gobernantes y jueces para castigar al máximo comportamientos que señalan un peligroso camino por el que se está adentrando parte de la juventud española, completamente alejada de valores de igualdad, sexo y respeto a las personas. La violación múltiple de esas dos menores por parte de jóvenes de su misma edad se ha convertido en el paradigma extremo de hasta dónde han llegado las consecuencias del fracaso educativo. ¿O no?
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