SIEMPRE nos ha llamado la atención, sin saber a ciencia cierta el porqué, que El Hierro sea la única isla de Canarias cuya capital no sea marina; Valverde sueña el mar que ve a lo lejos y, desde su casi eterna bruma, respira la soledad de las olas, la incertidumbre y frustración de los días aquellos en que el barco no atracaba y don Eliseo en el puente del León y Castillo tocaba la bocina, decía adiós al malecón del puerto de La Estaca y ponía rumbo de nuevo a San Sebastián de La Gomera.
No ser capital al lado del mar tiene sus ventajas e inconvenientes. Estar distante del mar al menos le impulsa a desearlo, a imaginarlo, a intentar rescatarlo. De ahí que Valverde nunca haya visto la espuma salada como un cerco azul que le impide progresar, sino todo lo contrario: el mar es su amigo y no ha renunciado jamás a él. El mar es la espera, el ansia de llegar más que el dolor de la despedida. El mar para Valverde no ha sido el interrogante que entra por la puerta de la Isla: ha sido y es su referente, su inmediatez.
Valverde, antes Amoco, rodeada por Los Lomos, Ajare y movida por el viento de San Juan, no sé si debiera rescatarse a sí misma, volver hacia atrás y ese verdor que se ha ausentado suplirlo por el acogedor nombre de Amoco.
Nos intrigó desde pequeño cuando en la escuela del recordado maestro éste nos decía que Amoco es Valverde, que Amoco estaba nominado así por los bimbaches y por eso su nombre nos sonaba bien, y más aún cuando se repasa la historia, cuando se sacude la memoria y se vuelve sobre los pasos de la niñez por esta o aquella circunstancia.
Amoco suena bien. Valverde también. Quizás uniendo el viejo pasado con el presente más inmediato se pudieran rescatar nombres, acontecimientos alrededor de esos nombres que dignificaron a la Isla y que la proyectaron desde la vieja memoria hasta los deseos que se tienen en la actualidad del máximo progreso y bienestar.
Amoco, Valverde, lejos del mar, mirándose en el espejo del imaginario azul, separada de él, a veces por la bruma que corre alocadamente, alejada por la pequeñez de la Isla donde da la sensación que las distancias son enormes. Al menos así nos parecía cuando de niños correteábamos por las empinadas calles y veredas de sus barrios. Lo distante que estábamos unos de otros, por lo que teníamos que hacer una tregua en nuestros juegos para vernos o en la plaza del Cabildo o en la de El Cabo.
Amoco o Valverde, pasado y presente de una leyenda que no pretende olvidarse; pasado y presente de unas páginas escritas y las que están por escribir. Ahora, cuando está en el esplendor de la fiesta, y una vez que recobre la calma de sus proyectos como capital de una isla pequeña que pretende ser grande, seguro que seguirá con su quietud y exquisitez, donde el silencio, el saludo y la convivencia se extienden y se hacen grandes.
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