Nutrir con cotilleos y conspiraciones ha sido desde siempre una de las características del pueblo español, sobre todo si se vive en una población pequeña, en tiempos de desasosiego económico, y con abundancia de gente ociosa que se dedica a despellejar, a llevar y traer bulos de los patios de vecinos, a repetir los relatos que otros nos cuentan, añadiéndole alguna pincelada propia, de manera que el final nada tiene que ver con el original.
Al correveidile se le pone cara y voz de pasmarote, bobalicón y timorato, cuando llama por teléfono para saber si el artículo del lunes tenía nombre y apellidos, si se escribió por alguien en concreto, pues lo que más suscita el interés de este personaje onanista y rancio son los asuntos de cama, ¡quizás por sus carencias!, pues ya se sabe que la esencia de la persona envidiosa es querer estar donde está el otro, dando lugar a eternos insatisfechos, ya que, inevitablemente, siempre habrá alguno cuyo lugar no podremos ocupar. El envidioso es pernicioso para el orden moral y social porque alimenta la difamación y la calumnia, experimentando una alegría perversa ante el mal ajeno.
Para colocar en pie de guerra al individuo de esta calaña o para levantar las suspicacias de los cotillas, basta con colocar, entre sábanas y acompañado, a un personaje de significación social, léase deportista, político, empresario de prestigio, guaperas?; le añades un poco de falsa basura, entiéndase supuesta prevaricación, negocios inmobiliarios, personas del mismo sexo, comisiones sustanciosas, y lo aliñas con un poco de frenesí; el resultado es una exquisitez para estos parásitos sociales, ociosos, vagos y cofrades del mismo enjambre que, presurosos, acuden al cebo a mitigar su tristeza ante el bien del prójimo, al que consideran como mal propio creyendo que disminuye su excelencia o felicidad.
El trinomio cama, político o empresario y fama, en estos tiempos económicos que pintan bastos, ha sido noticia con mucha frecuencia, pues hay quienes intentan emponzoñar más la situación del país y se dedican a esparcir porquería entre los públicos, que, porqué no decirlo, los hay, y les encanta consumir estas historias, aún a sabiendas que poco en ellas es cierto. Y es que la envidia, uno de los siete pecados capitales, existe desde siempre y no ha evolucionado en el tiempo; es similar a la de siglos pasados, cuando embozada y apoyada en el quicio de la mancebía -esto me suena a copla- delataba a los que pecaban en brazos de las orondas matronas. La envidia también se ha vestido de delación y conspiraba contra los judeomasónicos, por ejemplo, o llegando a degenerar en venganza, como en la Guerra Civil de España, donde enfrentó a unas familias con otras; pero hoy que no hay tantos problemas ni con el sexo ni con los credos, sigue con el viejo afán por las cosas materiales, pero sobre todo por el anhelo del hombre en demostrar su supremacía ejerciendo un dominio sobre los demás.
El envidioso es de acentuado narcisismo, por lo que si fracasa en la consecución de su objetivo se hará un daño irreparable a sí mismo y terminará odiando a aquel que alcanza lo que él había anhelado. Lo paradójico es que de alguna manera se identifica con su rival, admira su identidad y al mismo tiempo le odia. Lo que más le irrita es que el otro destaque en algo: intelectualidad, estatus social, prestigio, pudiendo llegar a ser hasta carroñero si no logra igualarse al envidiado, buscando en él lo malo, lo negativo; intentando por todos los medios desprestigiarle, si fuera preciso hasta con falsos testimonios, dañando su dignidad, o lo que es peor, la de su familia, pues ante la imposibilidad de conseguir un bien material, dirá de su rival que el dinero procedía de un trabajo sucio o ilegal. ¡La imaginación puede llevar al envidioso a límites insospechados!
Quien padece esta enfermedad, sufre, y mucho. Se le pone cara de congoja, de roedor, de persona que tiene algo en su interior que le carcome, que le hace tragar bilis ante la necesidad perentoria de poseer aquello que el otro tiene y que, con impotencia, comprueba que no puede lograr. Y no crean que la envidia no brota entre nuestros iguales, al contrario, pues radica en nuestros coetáneos, en los compañeros de trabajo, en los vecinos de la calle, en los miembros de un grupo profesional, pues difícilmente un trabajador puede experimentar este sentimiento en contra del presidente de su grupo empresarial, porque la distancia entre ambos hace más que evidente lo absurdo de la pretensión.
Si se carece de las necesidades más elementales para subsistir: vivienda, alimentación, dinero, entonces es más fácil que aparezca la envidia, pero en general la padecen personas que sienten un complejo de inferioridad en algún campo concreto de la vida; los tímidos, los deprimidos, los débiles, y aunque es un pecado difícilmente confesable, se percibe en la mirada y en ciertos signos externos del lenguaje, en la sonrisa bobalicona y constante de encantador de serpientes, de persona sibilina que llega a engendrar hasta odio por el envidiado.
No podemos evitar que surja la envidia malsana, pero tampoco tenemos que provocarla haciendo alarde de una situación de superioridad, pues nadie está libre de ella y, a veces, de manera inconsciente, solemos fomentarla con un comentario inocente o con la simple exposición del equilibrio personal que hemos alcanzado. Yo espero no ser objeto de envidia por mi cruzada moralista contra la denominada "sociedad basura", que me está convirtiendo en una firma quejumbrosa, algo avinagrada y muy reiterativa con esto de las formas y las buenas maneras, con la honestidad en la palabra y con los denostados valores tradicionales. Tampoco es envidiable mi sentido del humor, con la edad cada vez más cáustico, ni mi capacidad para seducir a los hombres guapos que alardean de juventud y lozanía, de cultura y clase, de intelecto y cuenta corriente, entre otras cosas porque ni la edad ni el físico me acompañan. Pero sí que presumo de no ser del todo mala gente, de callar más de lo que cuento, de hablar de milagros sin citar a los santos, de ayudar a todo aquel que esté al alcance de mi mano, de compartir lo poco o mucho que tengo, y de ser leal e incondicional a mis superiores laborales, aún cuando estos dejen de serlo.
Espero que los cotillas aprendan que no es lo mismo ser envidioso que ser envidiado.
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