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D. BARBUZANO, La Laguna
Ayer fue un día muy triste para la ciudad, ya que era demolida la última taberna literaria conocida con el nombre de La Oficina. Durante sus 64 años de historia, acogió a los poetas más relevantes de la Isla, que dejaron impresos en las paredes de este emblemático rincón lagunero sus versos.
La taberna estaba ubicada en un edificio privado, cuyo dueño lo ha tirado para ampliar el futuro museo que se está montando en la zona.
Si hubiera sido una taberna cualquiera no hubiera pasado nada, pero lo que ha desaparecido es un trozo del acontecer histórico-literario de La Laguna, tal y con afirmó el presidente de la Asociación en Defensa de La Laguna, Julio Torres. "Es una pena -añadió- que haya desaparecido la última taberna literaria de la ciudad, la cual se va alejando de los restaurantes y bares más relevantes del siglo XX, como ha sido también el caso de Casa Antonino, el bar Alemán o el bodegón Acentejo".
Como dijo hace años el escritor y periodista Luis Álvarez Cruz, La Oficina evocaba el pequeño mundo donde la cordialidad, la agudeza, la ironía, el buen humor y la imaginación se deban la mano.
El periodista Eliseo Izquierdo destaca que esta taberna "fue refugio de escritores y poetas y un buen reducto para la rebeldía y el inconformismo juveniles, para el fomento de las inquietudes intelectuales y hasta cierto activismo político soterrado, para la controversia y el fecundo intercambio de ideas".
Aunque se diga que se sacaron copias de los versos de las paredes y que la taberna volverá a abrir en el futuro, lo que está claro es que ya no tendrá el sabor tradicional ni el ambiente que se respiraba entre sus paredes. Ya no flotará más la esencia que transmitieron poetas como Manuel Verdugo, López Ruiz, Bonín, López Vago, Gustavo Navarro, Conrado Bonilla, González Mesa, Juan Oliva, Gutiérrez Albelo, Antonio Santana, Nijota, José Butragueño, Manuel Rodríguez, Jorge Perdomo, Manuel Castañeda, Francisco Cáceres, Leopoldo Rencio, Francisco Matías y Luis Álvarez Cruz.
La Oficina la fundó en 1944 Enrique Fernández Remigio y Ramón Herrera Amaya en una carbonería de la trasera del Leal.
Hasta José María Pemán tomó unos vinos en La Oficina, a la que Nijota le dedicó el siguiente verso: "Contra la sed ardorosa/es muy buena medicina/la inyección intra-vinosa,/para informes, La Oficina".
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