EN ESTA OCASIÓN si me acompañan, les llevo a través de mi relato de hoy hasta la histórica Estambul, tierra de emperadores y sultanes.
Con un cortadito deseado y tempranero, comenzó aquella aventura de frenético ritmo. Rozando el medio día, "la guagua turística voladora" en la que yo venía procedente de Bruselas tomó tierra en el aeropuerto internacional de Ataturk, a las afueras de la ciudad imperial de Estambul, primera urbe de Turquía en tamaño y población -unos doce millones de habitantes-. El calor pegajoso dentro de la terminal de llegadas se hacía insoportable por momentos; sobre todo, durante los cuarenta minutos que duró la espera en las desordenadas filas a las que numerosos pasajeros de otros vuelos intentaban "colarse" no sin antes recibir una lluvia de reclamaciones. Yo, con mi discreta maleta de ruedas todo terreno, monté guardia en mi sitio de turno y a todo aquel que intentaba "colarse" lo despachaba con un "no te vistas que no vas" sin disimulos. Después de haber aguantado la cara larga que puso el funcionario de la ventanilla -quizás por frustraciones personales que a mí ni me iban ni me venían-, pagué los 15? correspondientes de la visa. Acto seguido me puse en otra de las numerosas filas, esta vez para mostrar el pasaporte junto al susodicho sello, para finalmente poder entrar en el país del antiguo Imperio Otomano. Una vez en el pasillo central del aeródromo, cuando me disponía a sentarme para descansar el cuerpo, aparecieron como por arte de magia tres vendedores de tickets "oficiales" -o por lo menos lo parecían-. Cada uno hizo acto de presencia en el momento justo. Me ofrecieron viajar en taxi, guagua y hasta en globo, según ellos por precios módicos. Por la primera opción, pedían 80 liras turcas para un recorrido de treinta y cinco minutos -centro ciudad-; como respondí que "nanai del perenquén", el precio bajó a setenta liras y un minuto más tarde ya estaba a sesenta -incluida la maleta y todo-, se apresuró a recalcar aquel listillo. Total, que ni las tarjetas de identificación que llevaban colgadas del bolsillo, ni aún siquiera el talonario de apuntes varios, impidieron que se les viera el plumero. Menos mal que una no es boba y ve la moto venir antes de que se la intenten vender. Con aires de cansancio acumulado, le dije al más "pesado" de ellos ¡espérame que ahora vengo! Como ustedes comprenderán, todavía me estará esperando.
Salí del edificio aeroportuario; allí, una hilera de taxis de color amarillo aparcaba paciente hasta su próximo destino. Pregunté al chofer de uno de ellos el precio del trayecto hasta la ciudad y ¡bingo!, treinta liras, además era oficial y no de la competencia desleal, de esa que suele abundar en las colonias y otros territorios mal administrados. No me lo pensé dos veces; minutos más tarde, se ofrecía ante mis ojos un mar de Mármara repleto de barcos con banderas de diferentes nacionalidades y todo esto, bajo un sol que brillaba intensamente. Los frenazos milimétricos y el sonido repetitivo de los claxon durante el trayecto le ponían el alma en vilo a cualquiera. El caos circulatorio en la cosmopolita Estambul era impresionante. Esa tarde aproveché para hacer una visita turística al palacio Dolmabahçe. Cuál sería mi sorpresa al ver que la avenida principal de tan ilustre monumento estaba adornada en todo su recorrido con bellas palmeras canarias. ¡Fantástico!, además de lo especial del lugar, yo estaba paseando entre palmeras de mi tierra. En los días siguientes, mis visitas se adaptaron a las agujas del reloj: monumentos, sitios de interés; incluso a través de uno de los puentes colgantes pasé a la parte asiática de la ciudad. Estambul tiene un encanto diferente.
La Phoenix canariensis, por su belleza y resistencia, entre otras cosas, ha sido y sigue siendo hoy en día fiel embajadora de nuestro país canario en lugares distintos y distantes de todo el planeta. Por eso, no resulta extraño encontrar esta maravilla vegetal en cualquiera de los cinco continentes. Países y ciudades como Francia, Estambul, Egipto, Senegal, California, Niza, etc., embellecen sus rincones más hermosos e importantes, sus plazas o parques con la universal palmera canaria, que es uno de los símbolos de nuestra patria isleña. Hay que darle la importancia que se merece y cuidarla con respeto y cariño, pues forma parte de la historia del paisaje canario.
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