Criterios
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
LO ÚLTIMO:

DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Al menos una muerte elegida

12/jul/09 07:44
Compartir
Edición impresa .

No ME HA SORPRENDIDO leer en las páginas del mismo periódico -el diario madrileño El Mundo- dos opiniones radicalmente opuestas sobre la muerte de un joven el viernes en los Sanfermines. Afortunadamente, discrepancias como esta empiezan a ser habituales en la prensa escrita no sólo de Madrid.

Afirma Fernando Sánchez Dragó en su cuaderno de bitácora que "llegarán ahora las jeremiadas de quienes, en circunstancias como ésta, se rasgan las vestiduras, se llevan las manos a la cabeza sin saber que el corazón tiene razones desconocidas por ella y piden la prohibición de lo que Hemingway pensaba que es (y sigue siendo, añado yo) la más hermosa fiesta del mundo. Y hermosa muerte es también, escogida por él, la que ese mozo ha tenido. ¿O acaso es mejor morir estúpidamente en la carretera, de gripe porcina en la UVI de un hospital o apuñalado al salir de una discoteca?". Una reflexión, incluida la pregunta final -sobre todo la pregunta final-, que suscribo hasta la última coma.

Esas lamentaciones que vaticinaba Dragó llegaron pronto. El mismo día, y en las mismas páginas electrónicas de El Mundo, Pedro J. Ramírez pontificaba en su vídeo habitual contra espectáculos que sólo sirven para que unos cuantos individuos, con mentes primitivas, demuestren su machismo corriendo ante una manada de toros. No abogaba el director de El Mundo por la prohibición absoluta de los Sanfermines -algo que jamás verían sus ojos, como tampoco verán los izquierdistas radicales catalanes la supresión de las corridas en Cataluña; el otro día algunos pagaron hasta 3.000 euros por ver torear a José Tomás en Barcelona-, sino por una regulación. Según él, este tipo de espectáculos serían menos peligrosos si, por ejemplo, se hicieran controles de alcoholemia, si se limitara el número de participantes y, sobre todo, si se colgara una pancarta en la calle Estafeta con la leyenda "los toros matan", igual que se advierte en las cajetillas de cigarrillos que el tabaco es letal.

Hombre, controles de alcoholemia como los que realiza la Guardia Civil de Tráfico, no; pero una limpia de personas que no están en condiciones de correr tras una noche de juerga sí que se hace. Lo he visto con mis propios ojos, como también he visto un sin fin de medidas de seguridad que adoptan las autoridades navarras, especialmente en lo relativo a la inmediata atención a los heridos. Aunque eso es secundario. Cuando uno se pone delante no de un toro, sino de una manada de toros en los Sanfermines, sabe a lo que se expone. Lo digo desde la experiencia personal, porque lo he hecho y probablemente lo vuelva a hacer. ¿Complejo de suicida a cambio de mantener intacto mi supuesto machismo? En absoluto. No deseo morir ni a la edad que tengo, ni mucho menos lo hubiese deseado a los 27 años, como le ha ocurrido a este joven de Alcalá. A los 27 años uno deja toda una vida por delante. Deja a unos padres rotos para siempre, a una novia viuda antes de casarse y a unos amigos que de vez en cuando -pero sobre todo en estas fechas- sentirán un vacío imposible de llenar. No es, por lo tanto, ninguna dicha morir joven, pero es peor morir de forma ignominiosa por razones ajenas a una elección personal. Desde 1922 hasta hoy los toros de Pamplona han matado a 15 personas. En menos de la mitad de ese tiempo, los etarras han asesinado a más de mil con una diferencia nada baladí: ninguna de las víctimas de ETA eligió morir de un tiro en la nuca o volando despedazada por los aires tras la explosión de una bomba. De la misma forma, nadie opta por morir en la carretera, o de un infarto mientras caminaba tranquilamente por la calle. Que no venga ahora un tele predicador con tirantes a enunciar monsergas. Nacer -de nuevo tomo prestadas unas palabras de Dragó- es peligroso, y vivir, más, sobre todo si la vida se bebe a grandes tragos, como lo es correr un encierro delante de toros que ni entienden de soplapolleces, ni perdonan una cornada certera cuando tienen ocasión de darla. Esto no es una gala de Drag Queens. Si uno no quiere sentir un asta rasgándole la carne, puede quedarse en casa viendo el espectáculo por televisión, o vivirlo desde la seguridad de las barreras. Además, y al margen de esa fiesta cantada por Hemingway, Dragó y tantos otros, simplemente con salir a la calle o acudir a determinados lugares se asumen multitud de riesgos. Verbigracia, que lo graben a uno vestido con un corsé rosa y recibiendo disciplina en una casa de lenocinio.

Aunque una sociedad esencialmente hedonista y convencida de que la vida es para siempre no pueda entenderlo, quiero que este artículo sirva de homenaje póstumo a un hombre que quizá no haya vivido del todo como quería, pero que ha muerto haciendo lo que deseaba hacer.

rpeyt@yahoo.es

 Última hora:

 Últimas galerías:

PUBLICIDAD

Cargando...

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Portada > Criterios

© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD

eldia.es Dirección web de la noticia: