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Cartas al director

12/jul/09 07:44
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"Touché"

Sí, señor, y no sólo "touché" por el tirón de orejas que me da don José Antonio Pérez en su carta al director del pasado día 28 de junio: me atraviesa limpiamente al haberle criticado por utilizar en una retransmisión deportiva la palabra "encimar", palabra ésta, lo reconozco, que desconocía; esto me servirá, en el futuro, para ser más cuidadoso con el uso del idioma.

Antes que nada quiero destacar el tono hasta cierto punto mesurado que emplea el señor Pérez. Está uno acostumbrado a las respuestas intempestivas que utilizan locuciones y expresiones ofensivas contra los periodistas -no sé si él lo es; yo, no- que expresan opiniones contrarias a las suyas. Las respuestas, repito, suelen ser virulentas, manifiestan el punto de vista de quien contesta y, a menudo, caen en el mismo vicio que el periodista. Este es posible que no se haya informado adecuadamente antes de escribir el folio correspondiente, pero si la respuesta es airada el afectado pierde toda su argumentación. La del señor Pérez, hay que reconocerlo, es crítica pero comedida, aunque respira el mismo tufillo de superioridad que me critica. Quizá se equivoca al decir que me excedo en las formas y en el fondo al intentar ridiculizar a los que supongo que no están tan preparados como yo, pues nunca ha sido ésta mi intención. De nuevo le pido mis disculpas por haber dudado de sus conocimientos gramaticales.

Pero aunque el artículo en cuestión criticaba indebidamente el uso de la palabra "encimar", al señor Pérez no se le habrá escapado que, en el fondo, lo que el artículo en realidad pretendía era -como hacen muchos otros artículistas en sus colaboraciones- reprochar el uso indebido que se hace del idioma en los medios de comunicación hablados -ya está bien eso de decir "yo me parece", "encima mío", "señalizar una falta"?-, y continúo opinando que eso se debe a la falta de preparación lingüística de muchos que se ponen delante de un micrófono. Hace sólo unos días leí que el Gobierno canario, al fin, va a regular las frecuencias radiofónicas. Basta intentar sintonizar una emisora en la frecuencia que se indica para constatar en muchos casos las interferencias de otras que emiten en bandas próximas. Y es que con los medios técnicos de que se dispone en la actualidad cualquiera puede lanzarse al éter, siendo esto por lo visto lo más importante. Carece de importancia, también por lo visto, el tema de quién va a hacerse cargo de la locución, porque estará de acuerdo conmigo, señor Pérez -usted mismo lo reconoce al decirlo, aunque aclara que "sin que sirva de precedente"- en que no hay gente preparada para esa labor. Las consecuencias las tenemos a la vista: se eligen personas casi sin cultura -también, es verdad, se eligen ministros con los mismos criterios, ¡qué le vamos a hacer!- que pronuncian mal, que dicen "más mayor" o "me di de cuenta" y se quedan tan tranquilos, etc. Eso, para mí, señor Pérez, es lo más importante: proteger el idioma, que es el mejor legado que hemos recibido de nuestros antepasados pues es el que nos permite comunicarnos. No soy de los que defienden a capa y espada el "limpia, fija y da esplendor" de la RAE, pero sí de los que exige cierto respeto a las normas que ella establece. Aunque hay muchos libros que estudian los cambios que se producen en el idioma que hablamos, voy a recomendarle la lectura -le aseguro que no lo hago con segundas intenciones, ya que también se lo indico a algunos amigos- del libro escrito por Álex Grijelmo titulado "Defensa apasionada del idioma español", publicado por la Editorial Taurus; con su lectura se percatará del daño irreparable que le estamos haciendo. Respecto a su consejo -ponerme tapones de cera en los oídos para no escuchar-, quiero comunicarle que, habitualmente, cuando estoy en mi casa, no suelo bajar el volumen del televisor: lo dejo sin sonido.

Jorge Rojas Hernández

La guerra de los residuos pestilentes

Nos situamos en una particular calle de esta ciudad portuaria, que me tomaré la libertad de no nombrar, para narrar una historia un tanto curiosa, puede que incluso divertida, que no es sino el reflejo de una realidad bastante cruda. Quizás con leves toques de cinismo y surrealismo.

Aquí narramos la historia de una familia que apoderamos cariñosamente los Guerreros Anti-Basura, que luchaban como superhéroes contra las maléficas hordas de pestes e insecticidas provenientes del infierno situado una planta por encima de éstos. Allí, la suprema dirigente de los ejércitos de bacterias utilizaba sus cañones de artillería (pistolas de agua), cargados con una sustancia semejante a la mezcla de ántrax y gas mostaza (mezcla de heces propias, orines y diversas carnes y pescados podridos) para disparar discretamente, a altas horas de la madrugada, y destruir las defensas de los Guerreros Anti-Basura. Puede que intentando marcar, como lo haría un perro de caza, su territorio.

Sin embargo, estos malvados actos fueron atribuidos a los Guerreros Anti-Basura, que fueron injustamente acusados de ser los causantes de malos olores. Más grave si cabe: de limpiar las escaleras del edificio y evitar, a causa de este demonio, que se extendiese una epidemia. Lamentablemente, parece ser que la epidemia ya se ha expandido a nivel neuronal. Y mucha gente da palos a ciegas contra quienes no deberían.

Los meses pasan y la suprema dirigente cree haber ganado este perverso "juego sucio", pues ha conseguido, con su epidemia neuronal, que todo el edificio se ponga de su parte, haciéndoles creer que ella no ha tenido nada que ver, y que, efectivamente, son los Guerreros Anti-Basura los que están ocasionando los malos olores y los que están manchando la fachada del edificio.

El Escritor Santacrucero

El náufrago

Cuando, tras incontables años, te tropiezas de pronto con un antiguo amigo y ves cómo la vida lo ha maltratado y roto, y se aferra a tu cuello como si fuera un náufrago, algo cruje en tu pecho; no son tendones ni huesos ni cartílagos, ni siquiera la piel ni la camisa. Más allá de la rotunda fuerza del abrazo, crujen los rincones del alma y todo se hace añicos muy despacio. Cuando miras sus ojos, ese dolor que es fuego diluido pugna por derramarse, sabes que una tristeza sin cauce y sin medida te arrasará en el golpe de su ola. Desaliñado, sucio, hambriento... solo.

Una palabra en el oído: ¡amigo! Y un silencio, preñando de congoja su quebradiza voz, su reseca garganta, viene de profundos, terribles, solitarios infiernos.

No te pide dinero, sólo un poco de tiempo y una copa, para agitar, al unísono, el caleidoscopio del pasado, y prendidos en su mágico juego de colores, regresar a los años felices, junto a aquellos que están y que no están. Lo separo y, de pronto, veo que es un espejo donde aturdido me miro y me remiro.

Nadie está libre de esa maldición, de perderse de pronto en este mar, aunque siempre creamos que tan sólo le ocurre a los demás.

Pero si por los lazos del demonio me perdiera en las aguas de su averno? ¡Válgame el cielo! ¿No me gustaría sentir, alguna vez, el abrazo sincero de un amigo?

Miguel Ángel

González Yanes

 

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