DESDE LUEGO, no la que tengo de los dos máximos dirigentes políticos de esta nación: don José Luis Rodríguez Zapatero, presidente, que se dice, del "Gobierno de España" y todavía secretario general del Partido Socialista; don Mariano Rajoy, líder, que se dice, de la "oposición" y todavía presidente del Partido Popular. Mi opinión sobre estos dos personajes no sólo no ha cambiado sino que también ha seguido progresando a peor, o sea, en sentido descendente.
He cambiado de opinión negativa a positiva y ello me hace disculparme ante Dulce Xerach Pérez, a quien combatí desde esta columna hace ya un largo tiempo por su decisión de hacer de un tanque de producto petrolífero de la Refinería, el 69, un espacio cultural. A la sazón ella era consejera de Cultura del Cabildo de Tenerife. En alguna medida, bastante, este cambio de opinión se ha producido gracias a un clarinetista de los nuestros: Cristo Barrios. Lo vi crecer y desarrollarse como persona y como clarinetista en el Conservatorio Superior de Tenerife. Dotado de una sobresaliente voluntad, tengo para mí que es de los que más, si no el que más, aprovechaba al máximo las cabinas del centro para el estudio y práctica individualizada. Allí se encerraba con su clarinete para constituirlo en algo de sí mismo.
Resultado de aquello y de su perfeccionamiento posterior allende nuestras fronteras, tenemos un clarinetista que ha progresado ascendentemente a cotas extraordinarias. Es un clarinetista que investiga, que escudriña en campos interpretativos comprometidos para el "oído tradicional". Como consecuencia de todo ello nos ofrecía, el pasado 4 de julio, un concierto maravilloso en dicho espacio cultural con obras de compositores contemporáneos (Bettinelli, Bucchi, Reich y Johnson) más una efectista introducción al concierto en sí. Unos sonidos que nunca había percibido, un aprovechamiento de la resonancia del recinto dejando flotar algunos agudos y pianísimos hasta su extinción. Algo maravilloso. Al terminar el concierto me prometí cumplir esta disculpa ante Dulce Xerach por aquel empeño y así lo hago.
Al redactar este artículo he tirado del programa de mano para no errar los nombres de los compositores, y ha sido cuando he leído un texto contenido en él: "El presente programa explora los casi infinitos recursos del clarinete, gracias a obras musicales del siglo XX que radicalizan la tradicional imagen del sonido dulce y envolvente asociada a este instrumento. Sonidos extremos para un lugar único: el Tanque. Este espacio tan inusual -con su olor a petróleo, su estética industrial, su acústica distorsionada y sus grandes dimensiones- contribuye a una experiencia intensa de los sentidos y a la concentración del espectador en la música: sonidos extraordinarios en un marco sorprendente". Es lo que sentí y no lo podría decir con mejores palabras.
Desde aquí quiero dar las gracias a Dulce Xerach por su tenacidad para que aquel depósito de combustible se convirtiera en espacio cultural; que espero perdure como vestigio, en su día, de lo que fue un gran centro industrial (la Refinería) que hizo grande a Santa Cruz y a Tenerife. A Cristo Barrios, por su arte y buen hacer mostrándonos lo que es posible con el clarinete en un espacio como aquel. A Néstor Torrens por su capacidad para promover éste y otros espectáculos que dignifican al recinto. A todos ellos gracias por haber hecho posible que a mi provecta edad, cuando ya casi todo ocupa sus celdillas de forma inamovible, haya podido cambiar de opinión en un asunto en el que fui tan tenaz en contra como Dulce Xerach a favor.
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