"JACKO", el raro, acaba de ser enterrado con toda la pompa de un espectáculo mediático para todas las televisiones del mundo que se quisieron enganchar. Al mismo se adhirieron una serie de cantantes y actores que rivalizaron en tratar de convencer a los presentes y televidentes de que cada uno de ellos fue su mejor amigo. Desde un predicador, fiel a su línea sensacionalista, hasta una emocionada Brooke Shields (la niña de "El lago azul"), así como dos estrellas ya apagadas de los Angeles Lakers, todos coincidieron en lo único en que estoy de acuerdo: que fue un artista singular que triunfó hasta lo indecible, pero que no pudo mantener su estatus por sucesivos resultados mediocres que no llegaron a la suela de los zapatos de sus "Bad" y "Thriller". De la parte más sórdida de su trayectoria, la de las acusaciones sobre su supuesta pederastia, prefiero no opinar. Porque la verdad se la ha llevado el propio Michael a su tumba y no me gusta hablar de un tema que me repele por entero.
Pero no ha sido éste el único circo mediático organizado estos pasados días. Para espectáculos, también, los organizados por Florentino Pérez, fichando con la venia complaciente de los bancos a los jugadores Kaká y Cristiano Ronaldo para su irreal Madrid. Ante una multitud enfervorizada, ambos jugadores pisaron el césped del Bernabéu para arengar a su equipo y a la afición que los apoya (faltaría más con lo que van a cobrar por sus fichajes). Y como indicio de todo este desorbitado fanatismo deportivo, tenemos a toda una cohorte de aficionados pagando 85 euros por una simple camiseta con el número asignado y el nombre del tal Ronaldo. Es decir, que no sólo se matarán por disputarse las consabidas entradas o abonos, sino que con la que está cayendo se atreven a pagar la cuantía mencionada por el dichoso icono distintivo. Tal vez para sentirse más irresistibles a la hora de seducir a sus parejas o para ganarse el favor del jefe, si es que no están en paro. Aunque, al parecer, a muchos parece no importarles a la hora de dilapidar el peculio en una burda camiseta.
Pero como no hay inversión que no aspire a tener beneficios, salvo las humanitarias, no quiero ni pensar, en el caso de Michael Jackson, la cantidad de productos que a partir de ahora se van a comercializar, amén de sus producciones discográficas. Surgirán de la nada los biógrafos que estrujarán la vida del fallecido como si de un calcetín se tratara, dándole la vuelta para desvelar (o inventar) acciones y situaciones más dimensionadas de sus conocidas excentricidades. Desde su récord Guinnes de donaciones, hasta sus disparatadas compras compulsivas y su supuesta afición por encarnar el papel de Peter Pan y dormir rodeado de niños en su mansión de Neverland.
Personalmente no suelo seguir ni participar en estos circos mediáticos, entre otras razones porque los citados ofrecen unas modalidades que jamás me han entusiasmado, aunque las valore o las critique en la medida de sus luces y sus sombras. Pero no dejo de sentirme sorprendido de las actitudes fanáticas de los que priorizan estas aficiones por encima de todos los problemas que se plantean en la lucha cotidiana por salvaguardar las responsabilidades contraídas con la propia familia. Todo ello antes que dormir a la intemperie para comprar una entrada para un acto deportivo o musical.
En definitiva, después de contemplar los espectáculos multitudinarios de estos días, en donde se ha rendido culto a los vivos y al muerto, me escalofrío al pensar que por dar patadas a un balón alguien va a ganar 1.600 euros cada hora y durante cinco años consecutivos, mientras que los familiares del fallecido van a recaudar (y disputar) las mayores cifras de toda la historia de la música, por los derechos de autor, fetiches diversos y visitas a Neverland. El nuevo templo de peregrinaje, aunque sin mausoleo, de igual modo que lo sigue siendo Graceland, la tumba de su efímero suegro Elvis Presley en Memphis.
Comparados con estos actos, los políticos y deportivos nuestros quedan tan diluidos como un azucarillo en la charca de la plaza de España. Que, dicho sea de paso, sólo sirve para que los gansos chapoteen a gusto y picoteen las migas de pan y circo que les arrojan los amos de la panadería insular.
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