EL NÚMERO de fracasos matrimoniales en España todavía se mantiene elevado. Sin embargo, en el primer trimestre de este año se observa un ligero descenso: ha habido 1.338 rupturas matrimoniales menos que el año pasado para este mismo periodo, según el Instituto de Política Familiar, que coincide con el informe del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ). Según este último, en este trimestre se han producido 31.571 rupturas -29.338 divorcios, 2.192 separaciones y 41 anulaciones-. En Las Palmas, 903 rupturas; y en Tenerife, 864. A mi modo de ver, sin que el Estado ni las administraciones autonómicas hagan nada para evitarlas o, al menos, amortiguarlas.
A pesar de ese tímido descenso de los naufragios conyugales, en el primer trimestre del año, como se sabe, y a veces no muy bien por qué -aunque hay mucha literatura en este sentido-, estas desavenencias en el matrimonio pueden agravarse con bastante frecuencia a finales del verano, después del periodo vacacional. Según mi experiencia, este deterioro se viene incubando de atrás: uno o ambos cónyuges arrastran una serie de resentimientos o agravios -unas veces reales y otras imaginarios- que no han sabido resolverlos, porque no ha habido comunicación entre ellos o han estado viviendo en paralelo -cada uno a su aire- o de espaldas a su matrimonio; y en vacaciones -al tener más tiempo disponible- revienta el "petardo". Cuando las vacaciones debieran ser un tiempo para descansar, pasarlo bien: divertirse.
Y, ¿por qué no?, aprovechar un día, después de haber descansado, relajados, y en el momento que haya un entorno adecuado, para hacer una "evaluación" para luego "reciclar" -como se dice ahora- de cómo va nuestro matrimonio: qué temas van bien y aquellos que no van tan bien y en los que debemos mejorar; tratar de localizar errores, aclarar malentendidos; sin buscar culpables. Y después acordar dos o tres ideas o metas -pocas-, pero con la sincera disposición o propósito de llevarlas a cabo. ¡Ah!, se me olvidaba: hacerlo siempre con el estómago lleno.
Durante el curso, el agobio, las prisas, el excesivo ruido -siempre están las calles en obras y el móvil sonando-. La falta de tiempo para vivir, y hasta para amar, dificulta la comunicación en el matrimonio y en la familia; la mujer y el marido tienen que hablar mucho, tienen que tener mucho de qué hablar. Julián Marías definía al matrimonio como "un diálogo ininterrumpido durante cincuenta o sesenta años". Así debiera ser.
Conversar -como se sabe- es hablar alternativamente dos o más personas, no una sola que monopoliza, porque el otro tiene que participar, intervenir activamente; hay que evitar monólogos y respetar la opinión del otro. A veces es necesario tocar temas espinosos o difíciles, hay que hacerlo con valentía, pero a la vez con tacto, delicadeza, sin herir y en el momento oportuno.
Para mí, la clave en la conversación, sobre todo en la conversación matrimonial, está en el hábito de escuchar, en saber escuchar: escucha empática, activa y reflexiva. Puede parecer demasiado técnico, pero no; es en síntesis lo que lleva a la "escucha amorosa". Activa: estar atento a lo que nos dice el otro, aunque al principio no sepamos de qué va. Mantener una actitud dialogante: empática, ponernos en el sitio del otro -sentirse escuchado es una necesidad vital-. Espera reflexiva: tener paciencia, no interrumpir, no precipitarse. Y pensar: en lo que nos está diciendo, de manera respetuosa y cariñosa a la vez, evitando trampas y abusos dialécticos. Escuchar es la mejor manera de aprender y de conocer a la mujer y al marido; para lo que es necesario toda una vida, porque la condición humana es un misterio y siempre hay algo que nos puede sorprender, por lo general para bien; y difícilmente se puede amar al otro si no se le conoce. Para ello es preciso escuchar, a veces hasta sus silencios.
En vacaciones no se debiera discutir. "No disputéis -dice un autor muy querido por mí-, de la discusión no suele salir la razón, la apaga el apasionamiento. En el matrimonio, conversar significa regalar, dar algo sustancialmente mío, algo que forma parte esencial de mi ser y esto recíprocamente entre los esposos. Entregar lo mejor de mí mismo, mis anhelos, mis ilusiones, mis preocupaciones, mis temores, mis esperanzas y alegrías, ¡todo! Lo esencial es hablar con franqueza, con delicadeza y toda libertad: con respeto y mucho cariño.
¡Qué mejor en estos benditos días de asueto estival!
* Orientador familiar y profesor emérito del CEOFT
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD