RELEÍA días atrás "Hombres en tiempo de oscuridad", de Hannah Arendt, y me detuvo un nuevo momento en un episodio que hacía memoria en B. Brecht.
Ya de por sí de A. Arendt se dice que es una rareza, una filósofa pública que se ha ganado el derecho a ser considerada una de nuestras pensadoras sociales más preclaras y que ha contribuido con la iluminación de su inteligencia a alumbrar la oscuridad del público.
De B. Brecht nos dice de la escapada que tuvo que urdir en Alemania, en el año 1941, para refugiarse en la embajada de los EEUU, para "unirse a los vendedores, en el mercado donde se compran las mentiras"; hasta que un día, en 1947, le apareció bajo la puerta de su casa un billete para Zurich expedido por el Comité de Actividades Antinorteamericanas y partió hacia su muerte, en 1956, en el Berlín Oriental, donde tenía la dirección de un teatro que era su pasión junto a la poesía y la política.
Bertolt Brecht quería cambiar el mundo y desde su ideología comunista no le importaba ser malo con tal de lograr algo bueno para la Humanidad. No se cansó de decir que había que solucionar las cosas por sí mismo sin que medie poder alguno, ya que lo que hace era distorsionar o tergiversar las realidades.
Los tiempos en los que ha dominado la oscuridad no son una rareza de la historia, ya que, aún desde ese espacio tenebroso, asustadizo, hay que tener cierta esperanza para la iluminación y tener la luz suficiente que nos haga pensar dónde se puede o no meter la pata.
¿Vivimos tiempos de oscuridad? ¿El hombre, tal vez, es un topo que se da contra las paredes que lo rodean? Sí. Y es el mismo paradigma del siglo XX y que, aún en el XXI, es repetición, pura copia. Espoletas las mismas: violencia, desenfreno inmigratorio, cataclismos financieros y los pueblos en la búsqueda constante de su identidad, luchando con lo poco o mucho que tienen a mano para empinarse en la historia y dejar de ser meros espectadores, cansados ya puesto que lo que quieren es ser protagonistas de la misma.
Siguen los tiempos de oscuridad, sobre todo para los indocumentados y para los estúpidos del tres al cuarto que se creen los salvadores de la patria, de los memos que no quieren verse ridículos, y por eso en el espejo que tienen a mano se miran y lo emborronan con trazos de carbón para rayar en negro su figura sainetera.
Tiempos de oscuridad y de viceanalfabetismo que pueden conducir al mundo a un callejón sin salida, y más aún cuando se invoca la razón por los irracionales y donde se habla de paz por aquellos que no se cansan de hacer la guerra. La oscuridad continua, reiterativa, como si los acontecimientos, los mismos, no se hubieran ido de huelga y da la impresión que da igual; que lo de ahora es copia de lo de ayer. Y nos conformamos.
De esos personajes en tiempos de oscuridad, si pudiéramos rescatarlos y dejarnos, no seducir, sino apoyarnos en sus pensamientos, podríamos caminar mejor, con otro paso, y seguro que otro gallo nos cantaría a la vuelta de la esquina, sin estar esperando a Godot. Porque la vida se nos va y no llega.
No llega lo que más ansiamos. Y nos desesperamos, y cuando parece que el alba anuncia un nuevo camino marcado y alentador sólo es un sueño, porque aún no nos hemos despertado de una noche larga, casi eterna.
¿Sabes lo que es el arroz? ¡Conozco a quien lo sabe! No sé lo que es el arroz, sólo conozco su precio.
"¿Sabes lo que es un hombre? ¡Conozco a quien lo sabe! No sé lo que es un hombre, pero conozco su precio" (Bertolt Brecht).
Con esto está dicho todo. En un simple enunciado, en unas cortas interrogaciones, las respuestas son las de siempre, las de ahora y las que han sido una constante en la vieja historia.
Y mientras se continúe así, efectivamente, seguiremos inmersos en tiempos de oscuridad, de espaldas a la luz.
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