NADA, no hay planes ni proyectos que mejoren la "enfermedad" que azota a Rambla de Castro, ni políticos capaces de recuperar adecuadamente este paraje natural norteño del municipio de Los Realejos.
A aquella vieja hacienda no hay varita mágica que la resucite y la establezca en el catálogo preferencial de lugares o espacios protegidos por mucho que digan los políticos. Y vemos cómo, poco a poco, nos vamos olvidando de Rambla de Castro casi sin darnos cuenta del valor de este paraje que tantas veces visitaron tantos ilustres viajeros.
Este lugar, más conocido por Mayorazgo de Castro, hay que trasladarlo a comienzos del siglo XVI. Sus orígenes se remontan al reparto de tierras después de la Conquista de la Isla.
Mucho tendría ahora que pensárselo Jean Mascart, astrónomo del observatorio de París, en su visita a Tenerife en el lejano año 1909, cuyas declaraciones quedan ya muy lejos de la realidad tal y como vemos ahora a Rambla de Castro.
Jules Lecierq, que tuvo la oportunidad de conocer de cerca Rambla de Castro a finales del siglo XIX, dijo que las palmeras le hicieron soñar con encontrarse en la célebre alameda de Río de Janeiro, y sus grutas le trajeron recuerdos inmensos de la isla de Calypso.
Yo, que estuve allí el día 28 de junio de 2009, a las 11 de la mañana, la considero, modestamente hablando y después de caminarla a pie, un paraíso abandonado, o un oasis en pleno abandono, cuyos culpables son el Cabildo Insular de Tenerife y el Ayuntamiento de Los Realejos.
Lo que hayan dicho Benigno Carballo Wangüemert, Jean Mascart o Jules Lecieroq, Viera y Clavijo o Sabino Berthelot en su momento queda ahí, como aportación a su forma y modo de pensar de cada uno de ellos, todos por mi parte muy respetables y que no merecen discusión alguna. Ahora bien, si estos mismos personajes vieran el abandono por el que han sometido a Rambla de Castro a partir del año 1960 en adelante hasta nuestros días, ¿qué dirían? Posiblemente, que en Tenerife y Los Realejos no hay políticos responsables.
El trato que a Rambla de Castro como paraje natural o lugar protegido le han dado es de pena; el abandono es palpable y la desidia reina en cada rincón. La casona, que no hace muchos años fue restaurada, está cerrada a cal y canto; las paredes de la cocina y las caballerías y la propia casa dejan al descubierto que este lugar tan piropeado pasa por unos de los momentos más drásticos de su historia, y hasta el verde palmeral va perdiendo su color y vemos cómo poco a poco sus abanicos se van secando justo en frente de la vieja y rancia casona.
A don Wladimiro Rodríguez Brito le rogamos que preste un poco más de atención a Rambla de Castro, dentro de sus competencias como consejero del área de Medio Ambiente del Cabildo Insular, y que piense que Tenerife es mucho más que Santa Cruz y La Laguna, por poner algunos ejemplos.
Ahora mismo, ni Rambla de Castro es los Jardines de Armida ni tampoco los Jardines Colgantes de Babilonia, una de las siete maravillas del mundo.
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