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Cartas al director

7/jul/09 07:48
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Solsticio de verano

Para mí, la llegada de junio siempre tuvo un solo significado: vacaciones. El comienzo del verano implicaba mandar al carajo todo lo que tuviera relación con el estudio, las notas, el colegio, la disciplina, los horarios y demás mojigangas. Era el respiro deseado durante todo el año. Por fin se acababan el frío y el duro trabajo so capa de la persistente e incómoda lluvia y llegaban días largos y cálidos, plenos de luz, luz y más luz. Aunque era el mes en que acaban los exámenes finales y te daban las notas (buenas o menos buenas), yo ya estaba con la mente en otro sitio, mientras preparaba los útiles para salir pitando hacia algún emblemático y mágico lugar. Al menos eso fue durante algunos veranos. Principalmente el de 1965 en que, tras 19 días de largo trayecto en barco (desde la Guinea española hasta Gijón, pues a la sazón mi padre estaba destinado allí abajo) con 13 añitos llegaba a Navia, Asturias, tras haber aprobado el tercer curso de bachiller; mentira, me quedaron las "mates".

Ese estío fue excepcional. Participé en varias pruebas a nado (entre ellas la de cruzar el muelle de Tapia, en la que quedé tercero y me dieron una copa; por cierto, mi foto salió en el periódico "La Voz de Asturias"); formé parte de una pandilla de amigos estupenda. Siñeriz, Miranda, Joaquín, Ángel, María, Fernanda, Elena, Dulce, Aurora, José Manuel, Prati, Carlos, los gemelos, Covadonga -tenía una cara preciosa llena de pecas que me gustaba mucho, nunca se lo dije-, y algunos más cuyo nombre ya no recuerdo. Hicimos muchísimas excursiones en bici a sitios alejados (entre ellos a las ruinas del poblado celta de Coaña, cercano a Boal). Estuvimos en casi todas las romerías y bailes que se organizaban por los pagos de los alrededores. Fuimos a pescar a la ría en muchas ocasiones (afición que no he perdido pese al transcurso del tiempo). Y, sobre todo, empezamos a despertar en los juegos del flirteo con las chicas. Yo me lo pasé genial porque me gustaban todas: pelirrojas, morenas, rubias, altas, bajas, gordas, flacas, pecosas o no, con gafas y sin ellas.

Desde la mañana a la noche estaba en todos los lados. Muchas noches íbamos a las fincas de los alrededores a coger fruta. Curiosamente, al igual que mi abuela, muchos de los padres de mis amigos tenían tienda y puesto de frutas en el mercado que se ubicaba en la plaza que había delante de la casa de mis abuelos, fallecidos hace ya muchos años. Pero preferíamos la fruta ajena. Era la única que tenía morbo. Porque había que escalar los muros, procurar no cortarte con los burdos y coloreados cristales colocados en la parte superior de los mismos, evitar los perros que mordían a todo y a todos y coger, a oscuras, la codiciada fruta y rehacer el camino de vuelta a la carrera para comprobar, al final, que la fruta estaba incomible. Tiempos felicísimos que guardo en el camarote de mi vívida memoria. ¡Dios mío, qué bien me lo pasé!

Francisco Tray Boussoño

Actitudes caciquiles en Los Realejos

Quiero contarles a los realejeros un hecho que está sucediendo en San Agustín y que me parece una falta de respeto a sus habitantes. La asociación de fiestas del Carmen, haciendo un ejercicio de responsabilidad, ha propuesto hacer unas fiestas austeras por esto de la crisis. Un ejercicio de responsabilidad que el resto de los realejeros debemos agradecer, ya que las partidas económicas salen del los impuestos de todos. Pero alguien desde dentro, posiblemente amigo o algo similar, ha propuesto que una determinada productora sea la adjudicataria para la realización del festival y demás. Esta productora tiene relación con un locutor de radio. Al ser uno de los presupuestos más caros, inteligentemente, la asociación la rechazó. A partir de ahí, y en connivencia con su amigo que tiene una televisión, no han parado de criticar a personajes que han estado toda una vida organizando desinteresadamente estos eventos. Precisamente, uno de ellos ha sido elegido Realejero Destacado del Año.

Por lo tanto, debemos de rechazar estas actitudes caciquiles y vergonzosas las haga quien las haga.

Luis Miguel Fuentes Hernández

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