A estas alturas tengo bastantes callos pisados para no sorprenderme demasiado cuando, al sentir un extraño dolor en un costado, me palpo las costillas y descubro el puñal recién clavado por alguien que acaba de darme un afectuoso abrazo. A todas esas cosas se acostumbra uno; incluso a que un bernardo lo llame cínico por escribir que alguna culpa han de tener los profesores en el asunto del fracaso escolar. O a que se me afee una supuesta amistad con Ángel Llanos por comentar, como lo hice el pasado sábado, que no me parece normal pagar tres sueldos de 73.000 euros brutos anuales y uno de 25.000 para administrar la beneficencia municipal.
¿Y esto a cuenta de qué? Bueno, esencialmente porque presupongo que este artículo incrementará la larga lista de calificativos que me dedican algunos lectores. Uno de ellos me informaba el otro día, tras escribir sobre los funcionarios, que él mismo era funcionario jubilado, además de licenciado en Ciencias de la Información y ojeador de periodistas. Como lo leen. "Soy ojeador de periodistas y hago informes confidenciales para algunos directores", decía textualmente en su mensaje. Sigo preguntándome qué tipo de informes está elaborando, habida cuenta de que por un asunto similar se ha montado un pollo bastante grande hace poco en Madrid. Nada tiene de extraño, por lo tanto, que no quede muy bien parado por decir que el lema elegido para este año en la llamada fiesta del orgullo gay -escuela sin armarios- es un despropósito. ¿Qué pasa con los que no tienen ningún armario del que salir? ¿Vamos a reparar la injusticia de perseguir a los homosexuales estigmatizando ahora a los que no lo son?
Si después de explicar todo lo que expliqué sobre la importante labor de los profesores antes de repartir una mínima cuota de responsabilidad me llamaron cínico, si después de manifestar que los funcionarios son esenciales en el funcionamiento de un país antes de añadir que no por eso es admisible que el 85 por ciento de los jóvenes quieran ser empleados del Estado me llamaron ignorante, supongo que manifestar mi respeto absoluto por los homosexuales antes de criticar lo del sábado en Madrid, y lo de un par de semanas antes en Santa Cruz, no me servirá de atenuante. El sambenito lo tengo colgado por adelantado.
Pese a todo, no me voy a callar. Muchísimos de los que hoy asisten a desfiles como el de Madrid o Santa Cruz, se desgañitaban antaño contra lo que ellos, que no otros, consideraban una execrable mariconería. Ahí tenemos a un político canarión del PP, hoy caído en desgracia, que pasó de escribir artículos contra los gays a ser jurado en las galas de reinonas. O el propio Ángel Llanos -mi amigo del alma, al parecer- que no tiene reparos en izar la bandera del arco iris en el Ayuntamiento por la elemental razón de que eso da votos y no los quita. No los quita porque nos hemos embarcado en una moral colectivizada que no admite la menor réplica.
En dos palabras y con ánimo de concluir: para defender el legítimo derecho de cualquiera a vivir su sexualidad como más le apetezca, no hace falta montar cabalgatas que en el fondo son un sórdido canto a la promiscuidad. Y si se hace, por lo menos que dejen a las escuelas al margen; bastantes problemas tiene la enseñanza en sí misma.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD