LAS MANECILLAS, aparentemente frágiles e inquietas, del viejo e incansable reloj, iniciaron su implacable cuenta atrás en su carrera hacia el crepúsculo, a la caída de la tarde. Con la noche del ecuador de junio se abrieron mil puertas y se desvaneció la última frontera apegada a la tierra, en una carrera de obstáculos que se tornaba interminable, pero que se desvaneció con la última cinta roja de una meta invisible, pero certera. Las maletas de un nuevo inmigrante (olé hadash) en ciernes permanecen huecas, vacías y expectantes, a la espera de convertirse en compañera de viaje. En el café Rimón de la calle Lunz de Jerusalem aguardan dos sillas vacías, que parecen emular toda la filosofía del maestro Najman de Breslow. Cada día miro al cielo, sin perder de vista el suelo que me sustenta para no caerme, para que llene la pupila de mis ojos antes de que se cierren para siempre a este horizonte que dibuja el Atlántico, y las estrellas que me anuncian un nuevo día.
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