¿En qué mundo vivimos?
Pues así, a primera vista, parece que en un mundo pequeño, plegado sobre sí mismo y aldeano hasta la pared de enfrente. En un mundo del que se creen únicos herederos cuatro señores y la cohorte de enchufados-adulones que les sirven de comparsas.
En un mundo en que la prepotencia oficial pisotea los derechos de las gentes, so pretexto de que actúa a los impulsos de ideas democráticas. Vivimos en un mundo en el que unos mercachifles pretendieron y pretenden enviarnos al Valhalla a fuerza de alimentos y bebidas dioxínicos. Vivimos en un mundo en el que pactos infames desvirtúan la realidad dimanante de las urnas y donde las mafias, más o menos toleradas, hacen y deshacen a su antojo en ciertos ámbitos turísticos, económicos y laborales sin que nadie les pare los pies y los pongan presos cautelarmente.
Vivimos en un mundo en el que la ética de algunas figuras de cierto relieve, a pesar de lo que su acendrada y miope arrogancia les haga creer, suscitan escasas simpatías, resulta altamente quebradiza y en el que la sociedad, con un notable porcentaje de mentes en precario, peca de un exceso de autoindulgencia y de gran escasez de autocrítica.
Vivimos en un paraíso en el que una extraña y obsoleta ley electoral permite que algunos grupúsculos de escasa enjundia y bastardas miras se conviertan en árbitros decisorios en el seno del poder legislativo; resultando así que, en realidad, y al contrario de la lógica más elemental, vivimos sometidos a la dictadura de una minoría sobre la mayoría. El apoyo de estos grupúsculos hace que el partido en el poder, si carece de los escaños suficientes para actuar en solitario y aplicar el rodillo parlamentario tenga que pasar por las horcas caudinas de sus antojos irreverentes, cuando no de los chantajes más descarados. Y todo ello en aras de la buena gobernabilidad, dicen ellos. Pues no se qué será peor.
J. Lavín Alonso
Dar la cara ante Sanidad
En la edición del 07.01 de este mismo diario se inserta una entrevista con doña Carmen Flores, a la sazón presidenta de la asociación El Defensor del Paciente. Estoy de acuerdo con casi todo el contenido de la misma, y de la que destaco dos frases: "La sanidad canaria es la peor de España, las urgencias son nefastas"; y la otra: "Muchos pacientes de las Islas no denuncian por miedo a represalias". Posiblemente sea yo, triste récord, el afiliado de Santa Cruz que más denuncias ha efectuado contra el SCS, tanto a través de este diario, como directamente, en mi centro de salud, pero siempre con mi nombre y apellidos avalando los diferentes escritos.
Jamás he tenido ni la más leve queja del trato recibido, aún conociendo el personal la autoría de los escritos de denuncias. Huelga decir que tampoco se han esmerado, y yo no lo hubiese permitido, en hacerme un trato especial. Me tratan, como a todos los asegurados, ni más ni menos.
De muchas de las cosas que suceden tenemos la culpa los afiliados. Me explico. Protestar no significa vociferar en un tono elevado, como he presenciado en alguna ocasión, sino exponer por escrito, dando la cara, o sea personalizando la denuncia; lo otro, lo de los gritos y gestos maleducados, es otra cosa. Gracias a mis denuncias se han arreglado algunas cuestiones, según me han informado, y siempre, lógicamente, en un tono correcto.
Últimamente publica la prensa unas encuestas sobre la sanidad pública. Si los afiliados, cada vez que tienen una queja, hiciesen la oportuna denuncia, no tendrían que recurrir a encuestas porque tendrían datos suficientes. A efectos estadísticos sólo computan las denuncias, y como no se hacen, pues no hay quejas. Estoy más que harto de oír en las salas de espera que para tal especialidad hay tres meses de lista de espera y para la otra ocho, y así cientos de protestas de boquilla, pero denuncias por escrito, que son las que computan a efectos estadísticos, ni el uno por ciento, y así nos va.
Hay que mentalizar a los afiliados de que las denuncias tienen su lado positivo, que sirven para que los rectores del asunto vean, si no los conocen, problemas que se les han escapado, o que, a su juicio, no merecían mejorar. Para arreglar algo, es necesario que nosotros, y yo me incluyo, puesto que lo practico, denunciemos las anomalías, pero eso sí, por escrito y dando la cara.
Alfonso Hernández Suárez
Los llamados antifascistas
Este era el cartel que aparecía encima de algunos carteles propagandísticos de las elecciones europeas y siempre encima de partidos de derecha, como el PP, o Falange o Asamblea Nacional, entre otros. Lo que es obvio es que estos carteles son puestos por los llamados antifascistas o gente de extrema izquierda. Estos antifascistas son los mismos que intentan reventar cualquier manifestación que no sea la suya propia portando cuchillos y bates de béisbol, entre otras armas, y rompiendo escaparates y mobiliario urbano y enfrentándose a la Policía tan sólo porque los demás no piensan como ellos... tal vez sean estos antifascistas más fascistas que los fascistas, creo yo.
Son los llamados extrema izquierda o antifascistas los que apoyan a los verdaderos asesinos de nuestra tierra, como es ETA, y sus seguidores y a los asesinos internacionales, verdaderos genocidas como Stalin, que acabó con millones de seres humanos por no compartir sus ideas. Asesinó a millares de judíos soviéticos y encarceló en Siberia a soldados retornados de Alemania porque sospechaba que se habían contagiado de las democracias occidentales.
Son los antifascistas de izquierdas que pegan carteles de asesinos los mismos que alabaron el régimen chino de Mao a pesar de haber exterminado vilmente hace 20 años en Tianamen a miles de estudiantes que se manifestaron a favor de la democratización del país; son también los que apoyan al régimen cubano de Fidel Castro y sus secuaces, que aún hoy encarcelan a todo el que no esté a favor de sus ideales "revolucionarios". Estos antifascistas que aquí, en España, pueden manifestarse a sus anchas no lo podrían hacer en los países a los que admiran o admiraron porque serían aniquilados.
Es verdad que todo régimen dictatorial, sea llamado militar de izquierdas o de derechas, es nefasto para una nación, pero lo que no comprendo es la mente retorcida de unos niñatos sin escrúpulos ni vergüenza, que creen que el fascismo es sólo de la derecha. Aquí, ellos son los que se comportan como verdaderos fascistas (como los simpatizantes de ETA) al no querer permitir que otra gente con ideales diferentes pueda manifestarse libremente como bien lo hacen ellos.
Fue la extrema izquierda en el mundo la que más crímenes contra la Humanidad cometió Creen tener una razón enfermiza e hipócrita porque, por un lado, apoyan al okupa, al inmigrante o al medio ambiente, y por el otro destrozan barrios y tiran piedras a quien no esté de acuerdo con sus delirantes creencias.
Lo más triste es que la gran mayoría de estos niñatos no tienen oficio ni beneficio.
Llamen asesinos a los que libremente se expresan, pero los trapos sucios que forman vuestra bandera y vuestros ideales jamás lo habéis limpiado antes de salir a la calle.
G.P.M.
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