Criterios
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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Se cierra porque lo digo yo

5/jul/09 01:38
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LOS SERES humanos, tanto de forma individual como colectiva, responden más o menos bien a las crisis urgentes, pero muestran una pasividad alarmante con las que se producen a largo plazo. Los ejemplos de esta conducta surgen por doquier. Nadie coge conscientemente y con las manos desnudas un cable eléctrico de alta tensión, porque sabe perfectamente que esa sería la última acción de su vida. Nadie se pasea por el borde de un precipicio con una venda en los ojos, ni a nadie se le ocurre beberse una copa de cicuta. A menos que quiera suicidarse, claro. Dejar de fumar, no consumir alcohol en exceso o mantener una dieta equilibrada no entra dentro de los planes de la mayoría, pese a que el tabaco, las drogas y el exceso de calorías también matan a muchísima gente cada año. La diferencia está en que no existe una relación directa entre inhalar el humo de un cigarrillo y caer desplomado al instante siguiente.

Con el calentamiento del planeta sucede algo parecido. Todo el mundo se preocupa, pero son escasos los que hacen algo. Entre esos que dicen preocuparse cabe excluir de inmediato a buena parte de los ecologistas y a casi todos los políticos, empezando por Al Gore, al que quizá algún día haya que juzgar moralmente como uno de los mayores sinvergüenzas de esta época. Sobra ver como viaja el ex vicepresidente de Estados Unidos, y en qué hoteles se hospeda, mientras realiza su campaña planetaria. Y en cuanto a los ecologistas, pues bueno; comprueben ustedes mismos qué coches usan algunos cuando van a manifestarse, verbigracia, contra el puerto de Granadilla o la implantación del gas.

En cualquier caso, el debate sobre el cambio climático no está siendo inútil. Sus aspectos son demasiado amplios para resumirlos en un corto artículo, aunque en estos momentos me parece interesante resaltar uno de ellos: la conveniencia de recurrir a la energía nuclear. España -eso también huelga decirlo- supera con creces los límites de emisión de dióxido de carbono establecidos por el Protocolo de Kioto. Resulta baladí, asimismo, recordar que más de la mitad del efecto invernadero procede del dióxido de carbono lanzado a la atmósfera, y que tres cuartas partes de este gas se generan en la producción y el uso de los combustibles fósiles. Para abreviar un discurso igualmente harto conocido, o mantenemos las centrales nucleares, o achicharramos el planeta. Las energías alternativas hay que desarrollarlas, sin duda que sí, pues posiblemente en el futuro dependamos únicamente de ellas. Pero hoy por hoy no son ninguna alternativa a un mundo que devora energía con hambre de gigante.

El cambio climático ha inducido muchos cambios de criterio. Quienes antes se oponían tenazmente a la energía nuclear, ahora dudan; quienes antes dudaban, ahora están a favor; y quienes antes estaban a favor, muestran en estos momentos una euforia que tampoco se corresponde con la realidad: las centrales atómicas son muy seguras, pero no absolutamente seguras. Además, y por si alguien no se ha enterado, el hecho de no tener instalaciones de este tipo en territorio propio no garantiza que se esté a salvo de una catástrofe. En Canarias, sin ir más lejos, no caben dichas centrales, pero antes o después tendremos una a pocos centenares de kilómetros de nuestras costas, porque antes o después los marroquíes construirán la que tienen proyectada en Tan Tan o alrededores. Así de simple. Y lo mismo ocurre con el Norte de la Península con respecto a las plantas nucleares francesas.

Sin embargo, ¿merece la pena este debate serio, o por lo menos sensato, a favor de una u otra postura, cuando un Gobierno como el de Zapatero, desoyendo voces autorizadas incluso dentro de su propio partido, decide cerrar Garoña porque sí? Porque iba en el programa, porque Garoña se construyó e inauguró durante el franquismo y, sobre todo, porque se me ha metido a mí entre ceja y ceja. Mientras tanto, Rajoy -el mayor memo político de la España reciente- se limita a interpelar a los ministros desde su escaño del Congreso. Un Gobierno que antes o después dejará de gobernar en función de unas elecciones está hipotecando el futuro energético del país durante varias décadas, y el jefe del principal partido opositor sólo interpela. Ciertamente, no sé quién de los dos es peor; es decir, quien es más culpable de la bancarrota que se avecina.

rpeyt@yahoo.es

 

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