He seguido como cualquier otro ciudadano -es decir, desde fuera y con la información publicada- los prolegómenos y los epílogos de la "cumbre" entre el mal llamado Gobierno del Estado (porque todos los gobiernos, de momento, son del Estado) y el de Canarias. De todo lo que aconteció antes de la reunión, me llamaba poderosamente la atención una lectura casi general de que con la celebración de la "cumbre" se iban a poner sobre la mesa las soluciones para la crisis que atraviesa Canarias. "Hombre -pensé-, la gente se va a preguntar que si con una reunión se puede salir de la crisis, por qué demonios no la han hecho antes". Pero, ciertamente, la gente no es boba. Y la gente sabe que por muchas reuniones de gobernantes que se realicen, ni va a desaparecer la crisis económica que estamos viviendo ni, lo que es peor, Canarias va a encontrar una receta milagrosa para algo que, si lo hacemos, nos va a costar sangre, sudor y lágrimas.
Creo que estamos dando la imagen de que la solución a nuestros problemas es que Madrid gire la cabeza hacia Canarias. Dicho de otra forma, que los votos que Coalición Canaria tiene en el Congreso, y que ahora parecen convenientes (que no necesarios) para el PSOE, pueden producir más inversiones, más dinero para los presupuestos públicos en las Islas. Y diciendo que no está mal que Canarias coja algunas migajas de la gran lotería que Zapatero está repartiendo entre Cataluña, País Vasco y Andalucía, es un error, un grave error, creernos de verdad que únicamente con más inversiones públicas vamos a salir del atolladero.
Para algunos políticos de Coalición Canaria, a quienes el PSOE ha perseguido, injuriado, acosado y acusado a través de los renglones torcidos de la judicialización de la vida pública, ya resulta difícil de digerir que nuestro partido esté votando en Madrid a los que mandaron al mandarín de López Aguilar para hacer escarnio de nuestro honor entre insultos y acusaciones. Pero más allá del íntimo dolor de sentirse ajeno, o enajenado, de quienes estrechan la mano de la inquisición, cabría aceptarlo si a esta tierra se la tratara de una forma tal que nuestras cuitas personales fueran un problema menor en el gran asunto de Canarias. No es así.
Lo que la "cumbre" ha regurgitado, como una lava eurífera, apenas es una fumarola del Teide. Unos millones de euros, algunos más millones que otros -los del Instituto de Crédito Oficial (ICO) vienen disfrazados cuando no son tales- que en otras nacionalidades del Estado serían como una propina que rozaría el insulto.
Lo que Canarias necesita urgentemente es un tratamiento fiscal radical, revolucionariamente diferente, en el terreno de la recaudación de impuestos propios y ajenos. Estas islas deben tener un IRPF diferente al peninsular y un régimen de libertades económicas y fiscales. Dicho de otra manera, regresar al camino que durante tantos siglos convirtió a Canarias en un centro de referencia del comercio internacional. Lo que los ciudadanos de Canarias están pidiendo a gritos es que el nivel de vida en estas islas no sea más caro que el continental. Lo que los empresarios de estas islas necesitan es que se les permita producir sin una administración tributaria engolfada en una asfixia normativa cada vez más dura a la hora de sacarles los cuartos.
Europa y España tendrían que plantearse si quieren tener un archipiélago excepcional con un régimen común o con un régimen también excepcional. Porque el sistema de compensaciones que hasta hoy se ha venido aplicando (de una forma decreciente en el tiempo y en cuantías) lo que ha producido es una sociedad subvencionada, es decir, ineficiente. Y primero, como es obvio, nosotros mismos tendremos que decidir si queremos seguir viviendo de las limosnas de Madrid y de Bruselas o establecer unas reglas de juego completamente diferentes en las que podamos, conforme a nuestros merecimientos y capacidades, alcanzar la prosperidad que nos ganemos a pulso.
Canarias perdió en el Congreso una LOTRACA que hubiera significado un paso en esta dirección. Murió entre el silencio y la hipocresía de unos y de otros. Tuvo poco luto. Ahora, el Gobierno canario plantea un atisbo de ese cambio revolucionario con una propuesta de modificación del REF que intenta rescatar algunas excepcionalidades que tan bien han funcionado, por tan poco tiempo, para las Islas. Pero tengo pocas esperanzas de que en Madrid hagan poco más que ofrecer algunas inversiones más para que las cosas sigan exactamente como están.
La crisis financiera, que ha volatilizado la liquidez bancaria y ha eliminado el crédito al consumo, llegó al Archipiélago cuando ya las Islas venían dando señales alarmantes de un agotamiento del modelo económico. La agonía se venía posponiendo con el crecimiento de la construcción y el estancamiento del turismo en cifras más que aceptables. Pero nuestras grandes infraestructuras portuarias, nuestros proyectos gasificadores, nuestras expansiones internacionales? se han ido quedando, con el tiempo, en agua de borrajas. Los partidarios del "no" a las grandes obras de Canarias se pueden dar con un ladrillo en los dientes porque, lo que es en Tenerife, han logrado casi todos sus objetivos. Pero no los han ganado ellos, los hemos perdido nosotros. Una sociedad de políticos, empresarios, organizaciones y entidades sectoriales enzarzada en el canibalismo personal, en la guerra de ambiciones, en los reinos de taifas, en el silencio y tal vez, por qué no decirlo, en la cobardía colectiva.
No sé lo que se habló de verdad en esa "cumbre" de gobiernos. A veces lo que se cuenta no es exactamente lo que se pacta. Pero por la información que se nos ha ofrecido a los canarios, a los ciudadanos espectadores, la borrasca que vino de África pasó por Canarias y apenas dejó unas gotas de lluvia. Me da que los brotes verdes no van a crecer con tan poca agua. Igual piensan algunos, frotándose las manos, que ya crecerán con las lágrimas de los canarios.
* Alcalde de Santa Cruz de
Tenerife y diputado en el
Parlamento de Canarias
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