Cultura y Espectáculos
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La belleza de la iconoclastia

2/jul/09 07:40
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SIEMPRE es un regalo para el espectador contemplar a un genio de la danza subido a un escenario. Eso fue lo que el lunes pasado, día 19, tuvimos la suerte de disfrutar.

El público de Tenerife no hubiera llenado el aforo al completo, como ocurrió el lunes, si no hubiera sido por estos dos intérpretes: Ana Laguna y Mikjail Baryshnikov. No es gratuita la afirmación ya que, hace poco tiempo, vino el Ballet Cullberg donde el propio Mats Ek llevó a cabo la mayor parte de sus coreografías y el Auditorio estaba a medio llenar, siendo el espectáculo de tanta o más calidad como el que pudimos ver el lunes.

La magia de Baryshnikov la ha conservado con elegancia y con inteligencia, a lo que debemos sumar la sorprendente buena forma física de ambos bailarines, aunque bien es cierto que los elementos técnicos no eran muy exigentes. Ana Laguna conserva cualidades físicas excelentes y la técnica adquirida a lo largo de su carrera, demostrando que sigue siendo una de las bailarinas españolas más internacionales.

Millepied no desmerece a renombrados coreógrafos, como puede ser Ek, y su obra es fresca, inteligente y ocurrente. Unos elementos audiovisuales muy bien cuidados y muy precisos que demuestran un trabajo de equipo muy elaborado dada la dificultad, aparentemente inocua, que conllevaba.

Hay ciertos elementos que al espectador que no tenga un conocimiento específico y profundo de la danza contemporánea pueden recordarle las formas de Grahan y Duato, pero nada más lejos de la realidad, puesto que la técnica de Grahan utiliza el suelo de una manera más patente y sus coreografías son más triviales.

Lo que vimos el lunes fue un contemporáneo de calidad que personalmente venimos reivindicando desde mucho tiempo atrás en las Islas, y prueba de ello es que dos bailarines maduros han conseguido sacar un espectáculo mucho más completo y enriquecedor que lo que estamos acostumbrados a ver en las representaciones pseudocontemporáneas que, con cierta frecuencia, nos intentan "colar".

La fluidez, el uso del suelo como un elemento más y los efectos corporales entusiasmaron al público, que intuía la calidad de lo que estaba viendo, si bien todos hubiéramos disfrutado más viendo a Baryshnikov bailando un gran paso a dos de un clásico, pero... ¡bravo! y gracias a estos dos genios del ballet, que han dejado un recuerdo imborrable como lo demostraron los diez minutos de aplausos de un público que no quería retirarse de la sala para, de este modo, demostrar el cariño y la admiración hacia estos dos grandes profesionales.

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