HACE UNOS DÍAS, leyendo la nueva sentencia del TSJC sobre el entorno del posible (¿?) puerto de Granadilla, me di cuenta -yo, que fui partidario de su construcción desde que hace más de cuarenta años comenzó a hablarse de su posible construcción- de lo intrascendente que resulta la opinión ciudadana en los asuntos públicos. Suelen decir los políticos que "el pueblo es soberano y hago esto porque para eso me eligió", pero la verdad es que esta aseveración no es cierta por una razón muy sencilla: normalmente, la mayoría de los ciudadanos no sabemos qué elegimos, si acaso a quién elegimos. Desconocemos el programa electoral del candidato, ignoramos cuáles son los verdaderos objetivos que persigue si llega al gobierno, no nos molestamos en comprobar sus principios religiosos -si los tiene- y hacemos caso omiso de su vida familiar. Creo que el principal elemento que se tiene en cuenta es el pecuniario: votamos al candidato que más protege nuestra economía, es decir, votamos a aquel que nos permite continuar con nuestro "modus vivendi". En cuanto la situación económica da un giro, desde que en el horizonte comienzan a vislumbrarse los primeros nubarrones de la tormenta, todos nos apuntamos a la oposición diciendo que "peor que éste no puede ser".
Pero centrándome en el asunto que me preocupa, el puerto de Granadilla, da pena comprobar cómo se ha politizado. Se sienta uno en la oscuridad de una noche sin luna y contempla la inmensidad del universo, teniendo en cuenta que nuestra vista sólo alcanza a ver una parte muy insignificante de él. Galaxias que se hallan a millones de años luz, mundos que pueden albergar vida como la nuestra, agujeros negros invisibles que, sin embargo, pregonan su aterradora presencia, y entre todo esto una insignificante mota de polvo -la Tierra- que gira en el silencio del vacío alrededor de una estrella -también insignificante si la comparamos con las demás- que se convertirá en una enana roja dentro de unos cuantos millones de años, millón más, millón menos. En este panorama apocalíptico, prestando atención a grupos catastrofistas cuyo único objetivo parece ser entorpecer todo lo que significa progreso -lo confunden con enriquecimiento ilícito, aunque, eso sí, casi todos sus miembros poseen coches, utilizan la electricidad que generan las centrales que funcionan con elementos fósiles, van en avión a todas partes...-, los políticos que antes mencionaba se limitan a hacerles caso y pergeñar una serie de leyes que, desgraciadamente, los jueces se ven obligados a acatar. Dice la sentencia que comento: "...frente al interés de la construcción del puerto de Granadilla y a las consecuencias socioeconómicas derivadas de ello, debe prevalecer (...) el interés a la defensa del ecosistema ante el peligro de un daño irreversible". Asimismo, establece que de consumarse la afectación al sebadal "supondría un daño medioambiental de proporciones incalculables al fondo marino y, en definitiva, al ecosistema".
No puede ser, pues, más clara la sentencia que los jueces han dictado aplicando estrictamente las leyes que los políticos han elaborado en parlamentos y foros internacionales, y en consecuencia no se les puede hacer ningún reproche. Sin embargo, como ciudadano de a pie tengo derecho a opinar que las cosas -sobre todo en las relacionadas con las grandes obras que sacarían a la isla del marasmo en que se está hundiendo- se están sacando de quicio. En efecto, tras insistir una vez más en que la sentencia no puede ser más ajustada a derecho y en el hecho de que refleja meridianamente la independencia de la Justicia, no deja también de ser evidente que el alto tribunal ha aplicado estrictamente la teoría del caos de Edward Lorenz, ya saben, aquella que establece que lo minúsculo puede producir resultados devastadores -el aleteo de una mariposa en Japón puede producir un tornado en su antípoda-. Es decir, que las leyes dan a entender -o al menos admiten la posibilidad- que la destrucción del 1,46% de los sebadales que se hallan ubicados en el entorno del futuro (¿?) puerto de Granadilla pueden provocar una catástrofe ecológica de magnitudes incalculables. No tendría nada de particular que cambiase la difícil estabilidad de todos los fondos marinos, el clima del planeta y, siguiendo con al teoría de Lorenz, influir pasados unos millones de años en la desconocida estructura o composición de los agujeros negros.
Mientras sucede todo lo anterior, EL DÍA publica, en su edición del 20 de junio, que el rey Mohamed VI de Marruecos inauguró el día anterior el primer proyecto del Plan Azur. Este complejo turístico pretende ser una referencia en el Mediterráneo, con capacidad para 30.000 camas repartidas en villas, hoteles y apartamentos, campos de golf, un puerto deportivo, centros comerciales y todo lo que conlleva una instalación de este estilo. Sólo se diferenciará de los nuestros en su coste, pues ya todos sabemos lo barata que es la mano de obra en el país norteafricano. O sea, que nos espera un futuro "muy halagüeño", sin que sepamos emprender las obras que nos permitirían crear puestos de trabajo, abandonar en parte el sector servicios y potenciar las industrias que serían rentables en un entorno insular.
Me alegra no estar aquí cuando se produzca el hundimiento de la economía insular. No podría soportar la contemplación de su caída tras haber visto lo que tantos tinerfeños han hecho para que todos tengamos una aceptable calidad de vida.
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