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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Las otras facetas de las cumbres

30/jun/09 07:35
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AYER a media mañana, mientras políticos vernáculos y foráneos celebraban una minicumbre en Las Palmas, acudí como paciente a un ambulatorio de la Seguridad Social. Quiero decir a un centro de salud, porque los tiempos cambian y la terminología se adapta a la nueva época. El caso, y a eso voy, es que en ese centro de salud, dispensario o como ustedes quieran llamarlo, asistí a un pequeño caos. Desbarajuste para mí, naturalmente, que no estoy acostumbrado a esos ambientes, y quizá también para algunos de los usuarios; al menos los no habituales. Sin embargo, el personal del centro se comportaba con toda normalidad. Como si aquel ajetreo fuese algo cotidiano. Me fijé en una celadora -desconozco si el nombre es correcto o, también por esa aludida cuestión de modernidad, debo llamarla auxiliar- que intentaba apaciguar a un señor bastante alterado. Aquel hombre, ya en la ancianidad de su vida, se quejaba de que lo "hacían rebotar de un lugar a otro como una pelota dentro de una caja". La señora que lo atendía le recomendaba, con cierto tono de humor en su voz para quitarle hierro al asunto, que se tranquilizara porque le iba a dar un infarto. Siguió protestando pero al final se sosegó.

Minutos después una enfermera les pidió permiso a las pacientes que esperaban ante su consulta para tomar un café antes de seguir. Llevaba varias horas sin parar y ya no se tenía en pie. Todo el mundo estuvo de acuerdo. Volvió corriendo apenas diez minutos después. Entretanto, la médica que debía atenderme salió para apaciguar los ánimos. Era una mujer esencialmente amable. "Nadie se va a quedar sin que yo lo vea", dijo con una expresión que inspiraba confianza. "Me voy a estar el tiempo que haga falta".

A esas alturas estaba a punto de marcharme. No porque la dolencia que me afectaba fuese de poca urgencia -eso nunca se sabe a ciencia cierta-, sino porque aquel espectáculo me resultaba bastante deplorable. Eso sí, me preguntaba una y otra vez qué sería de la sanidad pública sin el esfuerzo de aquellas médicas y enfermeras. Digo médicas y enfermeras porque debido a alguna razón, quizá tan sólo la pura casualidad, sólo vi mujeres atendiendo a los usuarios. O a los pacientes, como le gusta decir a un odontólogo que ya no frecuento porque realmente hay que ser muy paciente para ponerse en sus manos. Sea como fuese, me quedé en el centro de salud hasta que me tocó el turno. Valió la pena. No porque la experiencia me sirviese para este artículo, sino por el trato que recibí de la facultativa en cuestión. Diez minutos -no necesité más- pero diez minutos de oro.

Todo esto ocurría, lo reitero, mientras Rodríguez Zapatero y Paulino Rivero celebraban una reunión para solucionar -al menos para soslayar- el futuro de Canarias. Cien millones de euros más para renovar el turismo, ampliación de la reducción de tasas aéreas a seis meses, compromiso del Gobierno central para que las Islas no soporten en solitario la atención a los menores inmigrantes y la promesa de Zapatero de que volverá a veranear en Lanzarote. Sobra cualquier comentario. En cualquier caso, qué distinto y distante todo esto de la realidad, aunque sea la simple realidad de un ambulatorio que algún día, aunque sólo sea por curiosidad, deberían visitar los políticos, a ser posible de incógnito.

rpeyt@yahoo.es

 

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