Con un país en crisis y una nueva hornada de alumnos de bachillerato buscando qué estudiar en las universidades con cierta garantía de obtener trabajo en un futuro, nos llega la noticia que un "templo del saber", la madrileña universidad Rey Juan Carlos, expedirá una graduación en Igualdad a quienes, durante cuatro años, cursen una carrera que tiene por objetivo "formar profesionales que vigilen el cumplimiento de la Ley de Igualdad".Y ahí queda eso, ofrecen un título de grado en una especialidad que va a formar a inspectores ajustándolos al Plan Bolonia, añadiendo las mismas fuentes universitarias la coletilla de "se construye al amparo de la política de la Comunidad de Madrid". Y esto, dicho así, suena muy mal.
Hasta donde sé, las universidades que se precien de serlo reúnen en su claustro a los maestros que rinden culto a la sabiduría, promoviendo a través de la docencia vocaciones intelectuales entre los discípulos y protegiendo el libre pensamiento de la fiscalización política. Cierto es que en las últimas décadas se han convertido en máquinas de proveer títulos, ajustando la otrora virtud del saber a las demandas del mercado o a las exigencias del poder establecido, justamente todo lo contrario de lo que deberían ser unos estudios universitarios. Pero de esto a la creación de una sedicente titulación que permita la aparición reglada de comisarios políticos, delatores y chivatos que señalen con el dedo, va todo un abismo.
Ignoro la parte de responsabilidad que tiene en el invento la ministra de Igualdad, la doctoresa Bibiana Aído, la misma que hizo gala de su feminidad indicándole a Zapatero en un mitin que mostrara los dientes al auditorio, dada la belleza de su sonrisa, comentario que luego le valió un ministerio hecho a la medida de esa profunda reflexión. Algo tendrá que ver la componente más joven del actual Gobierno de España, pues nada más llegar al cargo comenzó su batalla personal para adulterar el concepto de igualdad, tal vez por desconocer que los seres humanos, independientemente del sexo, raza o credo, somos en origen iguales y tenemos la misma dignidad, derechos y obligaciones, siendo responsabilidad de los gobiernos que estas condiciones se hagan efectivas, dando las mismas oportunidades y premiando a quienes con su esfuerzo y méritos personales sobresalgan, creando así una sociedad sana y sin la necesidad de formar a futuros comisarios políticos. El trabajo de los nuevos titulados consistirá, bajo pena de multa o cárcel, en vigilar que se cumplan las últimas ocurrencias del ministrable de turno, aunque éstas den patadas a la gramática, al diccionario y al sentido común con el cuento de ser políticamente correctas, diciendo, por ejemplo, "miembros y miembras", o propiciando leyes adventicias de acuerdo a la coyuntura social del momento.
Pero se olvidan todos estos iluminados de un pequeño detalle: que la historia y el carácter del pueblo español hay que conocerlo, y las miserias humanas también. Solamente así se entenderá lo descabellado de fomentar el papel del inspector en temas de igualdad, pues la geografía del país está llena de tumbas, de todas las épocas, con los restos de aquellos que fueron señalados a dedo por miedo, por vileza, por congraciarse con el que representaba el poder o simplemente por envidia. El tiro de la palabra mataba antes que el del fusil y el dedo acusador daba lugar a represalias, a odios alimentados por generaciones de familias que se juramentaban para lograr algún día el anhelado ajuste de cuentas, enfrentando a unos y otros en procesos interminables, muchos de los cuales han llegado hasta nuestros días, avivándose al amparo de la Ley de Memoria Histórica, pues no todos los muertos y desaparecidos fueron represaliados políticos.
No es necesario titular a los chivatos o delatores apelando al cumplimiento de una Ley de Igualdad, dándoles el perfil de funcionarios siniestros que se dedicarán a escudriñar pueblos y plazas al acecho del vecino que no piense como ellos, por ejemplo, o para ajustarle las cuentas al novio que dejó embarazada a la niña. Corren el peligro de convertirse en sicarios de una idea, fomentando la confusión entre igualdad biológica e igualdad social, persiguiendo una paridad en la que se prima el sexo sobre el intelecto, midiendo unas cuotas que para nada hablan del valor propio, del esfuerzo o el estudio. No hay una igualdad verdadera porque la sociedad no está sana y la panacea para su enfermedad no consiste en formar técnicos -palabra que ahora se aplica a todo- que vigilen el cumplimiento de la Ley de Igualdad. El verdadero remedio a nuestros males está en hacer reformas razonables y necesarias para mejorar los derechos de los seres humanos, nada más, e independientemente de lo que se tenga entre los muslos.
La universidad española ofrece masters en Igualdad a aquellos titulados en derecho, sociología, psicología, educación? que deseen ampliar sus estudios y especializarse en la aplicación de sus disciplinas desde esta perspectiva. Por tanto, lo demás es propiciar el desencuentro entre los que apoyan los mismos derechos inalienables para los hombres que para las mujeres, frente a las posturas radicales que mantienen los retrógrados que comulgan con la referencia bíblica: "Y de la costilla del hombre hizo Dios a la mujer".
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