DESCENDISTE del reino de las almas en otoño y te elevaste más allá de la cima de las águilas en las postrimerías de una primavera lluviosa y desatenta. Compartimos toda una vida entera juntos, alegrías, tristezas e infortunios, y llegó aquella tarde fatídica en la que me hubiera gustado detener el Sol como lo hiciera Yehoshúa frente a la legendaria ciudad amurallada de Jericó, cuyas calles de arena acariciaron mis pies, precisamente en otoño, ten cerca y tan lejano, para posponer tu viaje al Paraíso. Te fuiste con el crepúsculo cuando, aún sin cesar el canto acompasado de los mirlos, que presagiaban la noche más oscura, barruntaban amaneceres de tu ausencia, que me acompañarán hasta el fin de los días.
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