Aquellos médicos de Güímar
Cuando uno es pequeño siempre se le graban pequeñas cosas de otras personas que ni siquiera ellas mismas recuerdan, pero que nos dejaron huella. Pequeñas impresiones que muchas veces definen a una persona.
Hubo un tiempo en que los médicos de pueblo estaban solos y atendían a una población para la que hoy se precisarían 4 ó 5 médicos más. Auténticos héroes, muchos de los cuales tienen su reconocimiento en cada pueblo en forma de homenaje, distinción, placa o nombre de calle.
En tal sentido quiero acordarme de don Rigoberto Díaz Melero (fallecido a los 63 años, en 1984). Se cuentan múltiples anécdotas de él. Siempre nos asombraba cómo, hasta altas horas de la noche, permanecía en su despacho con las luces encendidas actualizándose en conocimientos médicos.
Siendo muy joven fui varias veces a su consulta. Hombre correcto, de pocas palabras pero acertadas, con el porte típico del médico de toda la vida. Recuerdo aún el frío del fonendo cuando me lo aplicaba en la espalda. Los certificados médicos que me hacía. Siempre me daba recuerdos para mi familia.
Me viene a la memoria don Vicente Lezcano Mendoza, personaje singular y longevo, de figura desgarbada. Recuerdo en una ocasión en que yo preparaba un examen de Neurología y llegó a mi casa invitado por mi padre. Me preguntó qué estaba estudiando y cuando se lo dije me describió en un momento y con toda claridad todo el proceso patológico de la enfermedad que en ese momento yo intentaba aprender. Aún no se cómo lo hizo, pero ello me estimuló a preparar el examen con más gana. Me contó que había decidido abandonar la medicina cuando, en una ocasión, no pudo hacer nada por un paciente afecto de tétanos.
Otra persona a la que le debo mucho es a don Manuel Sedano Serna (fallecido a los 68 años, en 1996), médico, poeta y, lo que pocos saben, taxidermista. Lo vi en pleno proceso mientras disecaba una enorme tortuga que ocupaba casi media bañera. Persona muy cercana y amable. Siempre me proponía como sustituto de sus vacaciones de verano hasta que conseguí plaza fija. Se integró en el nuevo modelo de Atención Primaria de Salud. Le afectó muchísimo la pérdida inesperada de una hija.
Por último, muy poco sé de don Radamés Polegre Alegre, médico que vivía en mi misma calle, pero que siempre me impresionó porque tenía sus puertas abiertas a todo aquel que quisiera ir a su consulta. No cobraba ni una peseta a la gente humilde y la trataba con igual consideración como al que más. Con mis amigos llegamos a comprobarlo una vez que fuimos a hacerle una consulta médica. Adolescentes que éramos, nos trató como si fuéramos adultos.
Quedan otros médicos en la memoria, como don Alcibíades Hernández Mora o Don José Martínez Jiménez, pero que no tuve la oportunidad de conocerlos.
Un recuerdo para todos ellos.
Artemio Rodríguez Méndez
Encimar y enterado
Leo un artículo de opinión firmado por Jorge Rojas Hernández y publicado en la página 26 de este periódico el pasado día 20 de junio. Se pregunta de entrada el autor cuál es la principal función de los medios de comunicación, para entrar a continuación en una lección magistral sobre periodismo y cómo cree él que deben hacer las cosas los demás. Se apoya en frases como "cualquiera puede hablar por la radio", que, según él, pronunció años atrás Ignacio García Talavera cuando creó en Radio Juventud de Canarias la escuela de actores. Después de esa introducción que le ocupa más de medio artículo, Jorge Rojas explica que "hace unos días, mientras veía por televisión el partido entre el Gerona y el Tenerife, el locutor dijo algo así como que un jugador del Tenerife intentó encimar a un contrario".
Dice el autor de ese artículo que él y las treinta personas que le acompañaban mientras veían el partido y escuchaban lo que él denomina "palabreja" (se refiere a encimar) profirieron una carcajada. Vamos, que se descojonaron, para decirlo con claridad, siempre que no se moleste el señor Rojas por esta otra palabreja. A partir de ahí, don Jorge Rojas recuerda "El dardo en la palabra" de Lázaro Carreter y critica lo que considera "deterioro que está sufriendo nuestro idioma, sobre todo en la radio". Estando de acuerdo con esta última afirmación, sin que sirva de precedente, me parece que el autor del artículo se excede en las formas y en el fondo al intentar ridiculizar a los que supone que no están tan preparados como él, que es capaz de afirmar que tendría que ponerse "tapones de cera en los oídos para impedir que la mala locución no acabe afectándonos".
Como yo no voy dando lecciones por ahí de cómo tienen que hablar o escribir los demás, me va a permitir el señor Rojas, que tanto sabe, habida cuenta de que quien pronunció lo que él denomina "palabreja" en aquel partido Gerona-Tenerife fue quien suscribe, recomendarle que, cuando se destape los oídos y ponga los pies en el suelo, si es que su vista le deja ver más allá de sí mismo, eche un vistazo al Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua y busque la expresión "encimar". Se dará cuenta entonces de que, quizás, si su humildad se lo permite, antes de escribir sobre cómo deben hablar los demás, debería darse cuenta de que quien estaba metiendo la pata no era el locutor de la televisión, que sí va a permitirse recomendarle una cosa para finalizar: en lugar de colocarse tapones de cera en los oídos para no escuchar, ¿no será mejor bajar el volumen del televisor?
Y a las cerca de treinta personas que con usted se rieron a carcajadas al escuchar "encimar" me alegro de haberles provocado una sonrisa que, con los tiempos que corren, es impagable, aunque sea para burlarse del prójimo. ¿Verdad?
José Antonio Pérez
¿De verdad que se murió Peter Pan?
Se fue Michael Jackson. No le pasaba nada, no tenía ninguna razón para morir tan pronto, aunque todos pensábamos que seguramente moriría joven, debido a esa vida tan rara que tenía. Era excéntrico, caprichoso, rico y, sobre todo, egocéntrico? pero era, sin discusión, un dios de la música. La juventud se vistió como él, bailó su música, imitó sus gestos. Pero todos, los más jóvenes y los que no lo somos tanto, esperábamos con impaciencia su vuelta a los escenarios. ¿Conseguiría conquistar otra vez el mundo como lo hizo antaño? No sé si entiendo mucho de música, pero sí sé que este señor fue un grande de la música que nos sobrevivirá a todos.
Justo Pérez
(La Laguna)
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD