Noticias de estos días de los periódicos traen a mi memoria períodos de postguerra especialmente difíciles para los estudiantes que nos desplazábamos a la Península para estudiar, bien comenzando estudios que, ese era mi caso, no se podían hacer en La Laguna, donde allá por el 39 sólo se hacía Derecho o Químicas, o para continuar otros interrumpidos por aquella guerra civil (rebelión fascista o Cruzada Nacional, según de donde se mirara, que eso traen consigo las contiendas entre hermanos) que durante tres largos años ensangrentó nuestra patria. Allá por octubre del 39 me instalé en Madrid, iniciando un largo período de años en los que me alojé, según he tenido ocasión de contar en estas mismas páginas, en pensiones diversas, lugares que acogían a miles estudiantes de toda España que nos concentrábamos mayoritariamente en Madrid, aunque también en otras capitales de provincia con universidad, en una época en que no habían colegios mayores (ya que el único de la ciudad universitaria estaba en construcción aún y el otro de la Residencia de Estudiantes de la calle Pinar tenía otras finalidades), ni tampoco era siquiera concebible eso tan corriente ahora de alquilar un piso amueblado entre varios compañeros de estudios o de procedencia. Entonces o ibas a una pensión o te quedabas en casita a estudiar lo que pudieras, te gustase o no.
Aparte de años de estudios, fueron también años de penuria, especialmente alimentaria, que no se notó demasiado al principio, pero que a mediados de los 40 hizo su aparición y que notábamos especialmente en las pensiones, lo que hacía que si venía algún familiar de viaje a Madrid, nos invitasen siempre a comer, lo que solíamos hacer por partida doble, primero en la pensión y luego allá donde nos invitaran. Y en invierno, con un frío al que no estábamos habituados los canarios, la cosa se complicaba, pues, según fuese la pensión, las horas de calefacción eran siempre escasas, si bien todo se soportaba con la ilusión propia de la juventud, de la aventura de vivir fuera de casa y la esperanza de una vida mejor que los estudios superiores podían facilitar. Un extremo particular era el relativo a la higiene personal. Los canarios estábamos acostumbrados a ducharnos todos los días, pero otro era el caso en la Península, donde en muchas casas, al menos de Madrid, se podía leer un letrerito que decía: "luz, gas y agua corriente en todos los pisos", lo que evidenciaba la gran cantidad de aquellas otras que no gozaban de estas facilidades.
La higiene, principalmente de la población no adinerada, o sea de la inmensa mayoría de la población, era más bien reducida y la primera consecuencia era la presencia de huéspedes no solicitados que, incluso, llegaban a buscar alojamiento en las personas, que eso de los 36º debe ser un aliciente para ciertos seres vivientes. Es este un tema nada agradable, hoy en día no relevante con tanto antibiótico, con la Seguridad Social que a todos atiende y con una higiene personal avanzada al menos comparativamente. Y recuerdo unos casos que sufrí directa o indirectamente, empezando por el famoso "piojo verde", que, entre otras cosas, no tenía nada de verde, ya que, al parecer, era más bien de color rubio o amarillento, por lo que lo de "verde" sigue siendo un misterio aunque hay hipótesis varias que omito relatarles, y que constituyó una verdadera epidemia allá por los primeros 40, con fiebres altas, llegando incluso hasta a provocar la defunción del paciente y que cogió por sorpresa a uno de nuestros compañeros canarios, según corrió la noticia como la pólvora entre todos nosotros, en una época en la que no había medicina alguna que lo combatiese. No se trataba del conocido "pedículus capiti", que se ubica el solito en la cabeza de, principalmente, los niños y que se suele coger, aún hoy en pleno siglo xxi del desarrollo sostenido, en las escuelas tanto públicas como privadas y que siembran de bochorno y vergüenza a los padres de los pacientes afectados, que los combaten con pócimas diversas. El dichoso "piojo verde" es en realidad el llamado "pedículus vestimenti" y, como su nombre indica, se aloja en los vestidos, principalmente en las costuras, y su picada es la que transmite la enfermedad. Es lo que llamamos en realidad "tifus exantemático", que nada tiene que ver con las familiares "fiebres tifoideas" que se transmiten por el agua y los alimentos y que sólo provocan escasa fiebre. Los antibióticos han hecho que estos tifus, en sus diversas modalidades, hayan pasado casi a la historia.
Histórica también ha llegado a ser para un grupo de amigos de aquellos años, habitantes de la Pensión Amiano, Prado, 10. Madrid, la frase que pronunciara una tarde, cuando estando reunidos un grupo de chicharreros en el portal de la calle de la pensión vimos llegar a un estudiante de Las Palmas de último año de Medicina, residente también en la pensión, con un paquetito en la mano y al peguntarle que de dónde venía, nos contesta que de la farmacia, a donde había ido a comprar un específico "para los ácaros de Gregorito", su compañero de habitación y carrera, que, en efecto, había cogido unas ladillas, insecto que el DRAE define como "anopluro de dos milímetros de largo, que habita en las partes vellosas del cuerpo humano", principalmente en el pubis, aclaro, "donde se agarra fuertemente por medio de las pinzas con que terminan sus patas" El ungüento acabó rápidamente con el animalito.
Y en el verano del 41 tuve una experiencia casi personal. Me había quedado solo en mi habitación de dos camas de la pensión que fue ocupada por una noche por mi primo Guillermito Cabrera, que había llegado el día anterior de Zaragoza donde estudiaba Medicina y que iba camino de Santa Cruz, entonces por barco desde Cádiz, adonde llegaba por el tren expreso Madrid-Cadiz. Me quedaba yo hasta tarde en la noche estudiando o haciendo problemas para la clase del día siguiente, cuando veo que mi primo se levanta a media noche, desesperado porque decía que "las chinches no me dejan dormir". Sorpresa por mi parte, porque yo dormía perfectamente en la otra cama, razón por la que le dije que se acostara en ella para descansar, que yo ya vería lo que hacía. Y así lo hizo. Al cabo de un cierto tiempo estaba yo tan rendido que sin pensarlo dos veces me acosté en la cama "infectada", donde dormí de un tirón hasta la mañana siguiente, cuando al despertarme me encontré a mi primo que llevaba horas sentado, ya que también había sido atacado por las dichosas chinches, mientras a mí me habían respetado. Dice la gente que esos insectos hemípteros chupadores de sangre son atraídos por el sudor humano, por cierto tipo de sudor, al parecer, ya que el mío no debía ser de su agrado o tenía la sangre envenenada.
Hoy en día este tipo de incidentes no suelen ocurrir y el progreso y la higiene los han eliminado casi en su totalidad. Pero para mí siguen vigentes estos y otros recuerdos de aquellos años que, como hoy, otras recientes noticias han hecho revivir.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD