Nadie puede alimentarse exclusivamente de plátanos por muy rica, apetitosa y hasta nutritiva que sea esta fruta. Bueno, en realidad sí; se puede vivir, y en algunas épocas hasta se vivió bien, plantando, cultivando y vendiendo plátanos. Quiero decir que se vivió de esa forma siendo el dueño de la finca donde otros los cultivaban porque la platanera, lo dijo en su día Isaac Valencia, es una esclavitud. Motivo por el cual el alcalde villero decidió sepultar el Valle de la Orotava bajo una losa de cemento, aunque ese es otro asunto.
Sería absurdo a estas alturas que yo, o algunos de los que todavía me leen, nos rasgásemos las vestiduras porque los plataneros palmeros hayan tirado dieciocho toneladas de esta fruta a un barranco y evitar, de esa contundente forma, que caigan los precios. De plátanos sólo, insisto, no se vive; de acuerdo. Pero no deja de ser un contrasentido que se recurra a estas medidas en tiempos de hambre. Y escribo hambre con todas las letras no por hacer un ejercicio de demagogia, sino porque es verdad. En caso contrario, hubiera sido innecesario que el Gobierno central enviase 26 toneladas de alimentos al Puerto de la Cruz para atender las necesidades más urgentes de familias que están en las últimas, afincadas no sólo en este municipio sino en otros de la Isla. Porque sobra decir que se está pasando hambre no sólo en el Puerto de la Cruz. Por desgracia, ocurre lo mismo en otras localidades de Tenerife, de Canarias y de toda España.
Digo que sería absurdo escandalizarse por esto debido a que se trata de una práctica habitual, eso sí, disfrazada en La Palma con una denominación menos lesiva para las conciencias: la pica. Y no sólo en La Palma. Hace años presencié una discusión entre un agricultor del Sur de Tenerife y el director de un periódico. El primero quería que no se publicase la foto de un camión volcando en un barranco toda su carga de tomates. La foto estaba destinada a páginas interiores, pero al final, como respuesta a las pretensiones del rural, salió en portada. Bien grande para que la viese todo el mundo. En Brasil, lo he contado alguna vez pero conviene recordarlo, a las locomotoras las solían llamar cafeteras porque en tiempos no tan remotos alimentaban sus calderas con las cosechas sobrantes de este apreciado grano por el mismo motivo que impulsa a los palmeros a picar su fruta: mantener los precios. Está claro que el hambre no es un problema técnico; o al menos un problema de producción de alimentos. Es, sencillamente, un problema político; otro eufemismo al uso para ocultar un concepto más feo, como es el egoísmo. Sobre todo cuando se da en una sociedad que presume de ser la más solidaria de la historia.
Queda un asunto marginal que acaso se sale del ámbito de este artículo: la agricultura y su rentabilidad. Ni hoy, ni desde hace mucho tiempo, le permite la agricultura a los agricultores vivir con el nivel de vida imperante en la sociedad que los rodea. Salvo, claro está, que compremos sus producciones al triple del valor actual. De ahí la necesidad de subvenciones -tanto en la UE como en Norteamérica-, de aranceles, limitaciones de cultivos y, cuando falla todo lo demás, de los barrancos.
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