1.- No voy a revelar el nombre de mi amigo, porque me mataría. Pero les doy mi palabra de que las cosas ocurrieron así. Presentábamos el libro de un conocido abogado y escritor en la Casa de la Aduana del Puerto de la Cruz, Juan Alfredo Amigó, ingeniero, Medalla de Oro de Santa Cruz; su compañero de despacho, José Luis Olcina; y un servidor, junto al autor. El libro era precioso, lleno de espléndidas fotografías, y el salón se encontraba lleno hasta los topes. Tras el acto se había previsto un cóctel, en el patio central de la mansión que fue de los Baillon . Acabadas las disertaciones, bajamos a ese patio para tomar una copa. Inmediatamente nos rodeó el público para comentar nuestras respectivas intervenciones, en tono muy elogioso. La verdad que me pareció un acto social y cultural muy bello, en una noche espléndida portuense, celebrado nada más ponerse el sol en el horizonte.
2.- Las curas de adelgazamiento tienen dos inconvenientes y alguna ventaja. La ventaja es que uno recupera la línea y se queda como una sílfide. Los inconvenientes son que uno se pone bobo, no atiende lo que le dicen y no le sirve la ropa y entonces se convierte en un payaso, pues no es cuestión de reponer todo el ajuar de golpe. Mi amigo, que estaba sometido a uno de esos regímenes, no había comprado trajes nuevos, así que se le veía como nadando dentro del terno; él iba por un lado y los pantalones por otro. El autor se había situado en el centro del recinto, rodeado de señoras que le pedían autógrafos. Y cometió un gran error. Con una mano firmaba libros y sacó la otra del bolsillo para aguantar unos papeles que traía. Y ocurrió algo terrible, que no se lo deseo a nadie. Ni a mi peor enemigo.
3.- En aquel momento, los pantalones de mi enflaquecido amigo se resbalaron desde la cintura a los tobillos, dejándolo en gayumbos pelados, con las patas peludas, un manojo de papeles en las manos y el bolígrafo enhiesto, instrumento que nunca perdió, ni en el momento más crítico del lance. ¿Y qué hicimos Juan Alfredo y yo?: pues agacharnos, en medio de una gran carcajada, y subirle los pantalones al autor, temerosos de que la gente estuviera mirando y pensara cualquier otra cosa. Aquel hombre, que estaba viviendo su gloria efímera, se quedó helado en el centro del patio y lo único que se le ocurrió decir fue lo siguiente, dirigiéndose a mí: "Espero que no me hagas la putada y lo cuentes". Han pasado algunos años y creí que debía relatar la anécdota, aunque atemperada por el anonimato. Les juro que ocurrió como lo cuento y que fue la cosa más graciosa que he vivido en la presentación de un libro.
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