EL HÉROE maldito aquel, hoy ciertamente más que desconocido, ignorado, fabricó su estructura personal con plena dedicación y en su actuación, positiva, y en diferentes cuestiones no le importaba que su nombre no figurase en primera plana. Estaba más por quedarse diluido en una larga lista donde permaneciera entremezclado.
Eso a él no le preocupaba. Lo que le motivaba y servía de incentivo de trabajo era que cualquier actividad que desarrollara llevara el signo de la lealtad y de la valentía. Con eso se sentía reconfortado puesto que había hecho algo interesante que lo diferenciaba de lo vulgar, de lo no testimonial y, sobre todo, que lo dignificaba como persona.
No le importaba tampoco que no se le reconociera, ni dieran con él; ni que apenas lo saludaran por la calle. Se conformaba con alguna mirada cómplice, con una sonrisa que delatara confidencialidad, que es lo que le estimulaba para seguir siendo héroe, aunque fuera de sí mismo.
Sabía que en esta era de la globalización, intensamente mercantilista, no eran tiempos precisamente de héroes. A los héroes se les odia, se les considera malditos, como una especie rara a extinguir.
Hoy al héroe se procura incapacitarlo, disminuirlo. Y, desde el espacio de la virtualidad, se dice que los héroes del día son aquellos que mandan, los que tienen poder. Pero la realidad nos dice que son héroes endebles, hechos de trampa y de cartón.
En el mundo deshumanizado por el cual nos movemos se echa en falta el héroe maldito, el que molesta, el que pone en ridículo, no con bravuconadas y argumentos falaces, sino con destellos de altura intelectual a los que mangonean el mundo, al nuestro y al de más allá; que, creyéndose gigantes, apenas son unos liliputienses imbuidos en falsedades y en los ropajes de un adulamiento relamido y asqueante.
Se hace necesario la presencia del héroe maldito, ese que nadie quiere y al que nadie se arrima; el que está en un recodo y que con su silencio muerto de risa deja en entredicho las miserias de algunos.
El héroe maldito no desea puentes de plata para trasladarse de un lado a otro. Además, sabe perfectamente por dónde tiene que circular mirando de frente a los que intentan deslegitimarlo y orillarlo porque sienten que sus políticas estúpidas y actuaciones melindrosas están siendo cuestionadas.
El héroe maldito, aún agazapado, sigue siendo vital. Y ahí está. Lo que haría falta es que aquellos que también son, y son bastantes, irrumpiesen y no con mentalidad de grupo sino por sí solos, desde su reducto, para que funcionaran como desenmascadores de los que nos cuentan cuentos chinos, los que disfrazan la realidad y los que desde la ignorancia creen que todo el monte es orégano o que todo el mundo se parece a ellos, simplones, ridículos y bobalicones.
El héroe maldito puede ser cualquiera. Cualquiera que se mueva en la vida de una manera biológicamente correcta y que sólo aspire a vivir sin más, sin esquemas preestablecidos, sin oropeles ni soflamas estúpidas, sólo en la búsqueda de sí mismo, que es lo importante y definitivo.
Por eso el héroe maldito, su vuelta, se hace necesaria; que rompa su aislamiento, se haga más visible, aunque no le importe mucho. Que esté ahí no sólo para molestar sino para indicar, hacer pensar a los que, ofuscados, desde la atalaya del poder dicen dominar al resto, que somos todos.
Y aunque no fuera así, su misión estaría plenamente cumplida con una simple carcajada.
La carcajada encierra toda la fuerza del inconformismo y la rebeldía de que lo establecido es lo que hay y que no hay nada más que rascar; así como que el discurso que nos sueltan es el único y el verdadero. Por eso, como la carcajada rompe, cabrea y molesta hay que hay procurar borrarla de la laringe del héroe maldito a toda costa. Y no es fácil. La carcajada se escurre aunque en su estridencia encierra el impacto de una sonora bofetada.
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