HE LEÍDO con interés las declaraciones de José Hernández Melián, último arrendatario de los dos bares existentes en el antiguo Balneario de Santa Cruz, en una entrevista realizada por Tachi Izquierdo. Y en ella he podido corroborar lo que los chicharreros venimos demandando desde hace décadas. El reencuentro de la ciudadanía con el litoral que un día les fue arrebatado por equívocas políticas urbanísticas. Y, como no podía ser menos, el viejo Balneario y la residencia contigua sufrieron las consecuencias de la ampliación de la zona portuaria, quedando como un islote en medio de ésta junto a la antigua carretera a San Andrés.
Al margen de las aspiraciones totalmente lógicas de su actual empresario, pese a llevar cerrado el restaurante algo más de una década, vuelvo a insistir en la visible desidia de las autoridades responsables de la rehabilitación del inmueble, que serviría no sólo como explotación privada, sino que podrían ser utilizadas su piscina olímpica y sus instalaciones aledañas, incluida la deteriorada residencia, como complemento a la insuficiente piscina municipal. Los diferentes equipos de natación, como antaño, podrían utilizar sus calles para entrenamiento y a determinadas horas promover cursillos de aprendizaje para niños y adultos que así lo quisieran. Y hasta sería posible que los fines de semana se dedicaran pura y exclusivamente como lugar de encuentro para todo el público.
En cuanto a la antigua residencia de Educación y Descanso José Miguel Delgado Rizo (fallecido de la División Azul en Rusia), se debería incoar expediente BIC, si no lo está ya, debido a la singularidad innovadora de los años 30 de su arquitecto, Domingo Pisaca. Además de haber sido durante décadas lugar de alojamiento y descanso de muchas familias de trabajadores, en las que me incluyo, fue posteriormente utilizada como vivienda temporal de familiares o tripulantes de las diferentes flotas pesqueras que operaron en la cercana dársena. Posteriormente, con evidente deterioro, llegó a servir como alojamiento provisional de personas desarraigadas. Toda una trayectoria decadente que ahora se podría paliar rehabilitando su estructura e interiores para cursillos de índole náutica; que podrían ser enseñanzas de vela y titulaciones para patronear embarcaciones de recreo. O dejarla en su cometido actual, si es que sigue, de impartición de cursillos de formación, patrocinado por Cáritas Diocesana, y la posibilidad de convertirlo en una residencia pública para mayores.
Puesto a imaginar lo mejor para estas instalaciones y para los ciudadanos, se podría unir todo con la aledaña batería del Bufadero (otro ejemplo de desidia en contra de nuestro patrimonio histórico militar) y crear un atractivo complejo que conjugue el pasado y el ayer más cercano.
Hasta el momento sólo podemos manifestar que el Ayuntamiento de Santa Cruz, en su Plan General de Ordenación Urbana, ha incluido el inmueble en el catálogo de patrimonio arquitectónico urbano con un grado de protección ambiental. Pero eso sólo es en el papel, porque lamentablemente hasta ahora nadie ha tomado carta física en el asunto. Una decisión que sería un bien patrimonial para los ciudadanos, además de complemento de la escasa oferta litoral que padecemos desde hace décadas, con un Parque Marítimo cerrado y en litigio, una playa de Valleseco que no germina y Las Teresitas envuelta en una nebulosa judicial.
Concluyo, recomendando el estupendo libro dedicado al Balneario y sus aledaños, escrito en su día por la joven historiadora Dolores Hernández Díaz. Un denso pero ameno estudio de todo el acontecer histórico de dicha zona litoral, con interesantísimas ilustraciones. Un libro que, como todo lo que tiene que ver con la cultura, tardó ocho años en salir a la luz. De pena.
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