INTENTAR buscar respuesta a la pregunta ¿quién inventó el automóvil? es desde luego una labor imposible, puesto que su resultado definitivo no es fruto de la individualidad, sino más bien de un proceso sociocultural a través de siglos en el que el hombre se ha esforzado por desplazarse con más comodidad, seguridad y rapidez que como lo venían haciendo sus antepasados. Las narraciones especializadas sobre la automoción mencionaban, desde tiempos inmemoriales, los proyectos del hombre por buscar un medio automotor que utilizara únicamente energía mecánica para su desplazamiento. Existen infinidad de proyectos, pero sólo uno, por la grandiosidad de su inventor, merece ser citado. Su autor es Leonardo da Vinci y el mismo consistía en un rudimentario carro de cuatro ruedas provisto de fuertes muelles que, al ser liberados, producían una fuerza que permitía su andar. Es lo que conocemos como los "coches de cuerda", y los que ya contamos sobre nuestras espaldas más años los recordamos fácilmente.
Con el descubrimiento de la máquina de vapor, los sueños de los "inventores de los automóviles" comenzaron a cambiar y a materializarse ya en proyectos más viables, aunque siempre les perseguía el fracaso de la limitación de su autonomía. Poco a poco la técnica avanza y es así como llegamos a 1885, año en que se puede considerar como el inicio o nacimiento del auténtico automóvil. Los autores de tan meritorio honor son los alemanes Kart Federic Benz y Gottlie Daimler. Pronto comienzan en Europa a competir varios y nuevos fabricantes, con lo que la expansión del coche ya es una realidad que nadie podría parar.
Si el coche-automóvil se encontraba en pañales no fue causa para que los países a donde su presencia se hacía ya sonar comenzaran a legalizar su uso y disfrute. La más notoria ley o norma es la instituida en Inglaterra en el año 1837, que obligaba a todo conductor o propietario de una "caldera de vapor rodante" a no rebasar la velocidad de 4 millas por hora e ir precedida de un hombre enarbolando una bandera roja en señal de peligro. Esta ley se mantuvo en vigor hasta 1896. Si esto acaecía en Inglaterra, en nuestra nación los legisladores no se durmieron en los laureles y la primera normativa data del 13 de mayo de 1857, que como todas las establecidas hacía hincapié en que no se espantara a las caballerías, únicos usuarios de la carretera y, por tanto, auténticos reyes de todas las comunicaciones. El avance del automóvil hizo que se acompañara de actualizaciones legislativas y una Orden de 21 de septiembre de 1877 se le sumaba a la anterior.
El día 31 de julio de 1897 ve la luz, en la Gaceta de Madrid, en su número 225 del día 13 de agosto del mismo año, el embrión de lo que en la actualidad se conoce como el código de circulación, ya que se detallaba y se estipulaba con toda claridad las condiciones para circular con un vehículo que no sea movido por la fuerza animal por las carreteras del Estado.
Por fin, el 17 de septiembre de 1900 lo que venía definiéndose como Real Orden o Decretos para legislar sobre los automóviles, pasa a denominarse Reglamento, quedando de este modo definitivamente instituido nuestro primer y auténtico código de circulación. Por tanto, cuando a Tenerife arriban en 1902 los dos primeros coches, se encontraron sometidos a este Reglamento, pero al no estar aún establecido el sistema de matrículas, estos ejemplares no ostentaron en sus carrocerías ninguna contraseña. La brevedad de su existencia impidió del mismo modo acogerse al Reglamento de 1907, el cual fijaba las siglas locales para cada provincia española. A Canarias le correspondió la TE.
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