SE DICE de cierto club social de Santa Cruz de Tenerife, cuyo nombre omito porque sobra citarlo, que si todos sus socios decidiesen acudir a sus instalaciones el mismo día y a la misma hora, caerían al mar por falta de espacio para albergar a tan grande multitud. Que los santacruceros, al menos los motorizados, no quepan en la Playa de las Teresitas es harina de otro costal. Lo ocurrido el domingo, con miles de personas intentando acceder al citado espacio de ocio sin conseguirlo porque la autovía de San Andrés y los aparcamientos no daban para más, resulta llamativo pero no es, en absoluto, algo fuera de lo común. Ocurre desde hace tiempo en otros lugares de esparcimiento de la Isla. Por ejemplo, en las zonas recreativas de los montes, donde han llegado a producirse problemas de orden público por la disputa de mesas y fogones. En dos palabras, no cabemos.
Resulta paradójico que cuando se habla de superpoblación en Tenerife siempre se compara la presión humana sobre su territorio con la existente en otros lugares. Madrid entre ellos, aunque no sólo la capital de España. Una comparación inadecuada, ya que nunca serán iguales los territorios continentales y los insulares. De entrada, eso. A continuación están las comunicaciones. Mientras en Madrid -por seguir con el ejemplo- existe una de las redes de comunicaciones más completas de Europa, en Tenerife persisten las dificultades para trasladarse del Norte al Sur de la Isla. La orografía es la que es y nada se puede hacer para cambiarla. Por si fuera poco, trazar una nueva carretera, o simplemente cerrar el tan manido anillo insular de autopistas, casi siempre adquiere tintes de tragedia ecologista.
Porque no nos engañemos. Lo del domingo en Las Teresitas puede ser circunstancial -en realidad no lo es, pues cabe pensar que se repetirá en varias ocasiones a lo largo del verano recién inaugurado-, pero lo que sucede cada día en las autopistas del Norte y Sur de Tenerife supera lo meramente anecdótico para convertirse en el calvario cotidiano.
¿Sobra gente en Tenerife? Una pregunta delicada, pues basta con que alguien se pronuncie en un sentido que no sea el de la solidaridad universal para que le caiga el pegajoso estigma de xenófobo y racista. Puestos a medir superficies y calcular el número de personas susceptibles de ocuparlas, en Tenerife cabe mucha más gente de la que vive actualmente en la Isla. Antonio Machado Carrillo realizó hace tiempo un cálculo curioso: sólo en sus zonas no protegidas (aproximadamente el 49 por ciento son espacios naturales en teoría intocables) cabe, apurando un poco, toda la población del planeta; eso sí, con cuatro personas por metro cuadrado. Es decir, firmes y sin espacio ni para agacharse. No estamos hablando, por lo tanto, de un problema de capacidad sino de comodidad. O de incomodidad, según se mire, pues de eso se trata: han bastado 25 años para que Tenerife pasase de ser una isla maravillosa a ser una isla esencialmente incómoda, en la que ya no hay un rincón donde uno pueda estar a solas cuando lo desee. Nada más que eso, ni tampoco nada menos.
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