NUNCA, como durante este periodo democrático que estamos viviendo en España, se ha hablado, estudiado y escrito más sobre el respecto debido a la persona humana. Pero, al mismo tiempo, se la ha denostado y ofendido tanto. Bien está que se distinga lo que es público de lo que pertenece a todo el pueblo, y lo que es personal y particular de cada uno. Incluso hace falta deslindar el núcleo íntimo de la persona, de la familia y de la colectividad, de la corteza que lo oculta y defiende. Pero también lo que importa, sobre todo, es salvar siempre en la teoría y en la práctica el respeto que se debe a la persona humana en su totalidad.
Comenzando por el respeto y diálogo -lo que tanto se alardeaba con el inicio y desarrollo democrático español-, eso es precisamente lo que en la práctica comenzaba a fallar, entonces y ahora. Basta asomarse todos los días a la prensa, radio y televisión hasta nuestros días. Porque el respeto a la persona exige, en cualquier caso, que todos y cada uno considerarán al prójimo como "otro yo", sea niño o adulto, sin nacido o sin hacer, enfermo o sano, justo o pecador. Quienes sienten u obraban de modo distinto al nuestro en materia social, política o religiosa deben ser también objeto de nuestro respeto y amor. Sólo así es posible establecer el diálogo y la necesaria convivencia humana. Nada se debe hacer con rivalidad de vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores, o al menos como iguales a sí mismos. Pero no hay respeto a la persona sin verdad, ni verdad sin justicia, ni justicia sin amor, ni amor sin libertad. Fue Juan XXIII quien dijo, con absoluta claridad y frescor de lenguaje, cuáles son aquellas cuatro sólidas e inseparables columnas sobre las que se asientan el respeto a la persona y la pacífica convivencia civil.
La columna de la verdad, en primer lugar; despojaos de la mentira, hable cada uno verdad con su prójimo. Mas la verdad se derrumba estrepitosamente sin la justicia, es decir, si quien airea la verdad no reconoce los derechos que le son propios y los deberes que tiene con los demás. Es más que claro, por otra parte, que no es posible andar en verdad y justicia si no hay amor que sea capaz de compartir con el prójimo necesidades y bienes. En fin, ¿cómo es posible que la sociedad humana se desarrolle si no es conjuntamente con la libertad y con sistemas que se ajusten al ciudadano o ciudadana que es racional por naturaleza y responsable de sus acciones?
Todavía más: el respeto a la persona humana, en grandísima parte, lo han venido condicionando en todo nuestros proceso democrático, y cada vez con una intención ideológica más intensa, los medios de comunicación social, que de manera tan determinante influyen en la cultura moderna y en las costumbres, en cuanto que no funcionan como debieran, ya sean estatales o de iniciativa social. Salvo algunas y muy valiosas excepciones.
Con toda claridad y sinceridad debemos reconocer esta realidad: que cada día se extiende y profundiza más en nuestra sociedad la función que toman los medios y su implantación. Con sus luces y sombras, con el bien que hacen o dejan de hacer y, también, con el mal del que ellos son, a su modo y medida, responsables. Por otra parte, también debemos reconocer que los medios de comunicación social ofrecen muchos aspectos positivos; es impagable el servicio que prestan. Se nos informa casi instantáneamente de lo que sucede en cualquier rincón y, gracias a ello, se nos relaciona y comunica por encima de las distancias con todos, y se nos ofrecen nuevos elementos de unidad. Los medios de comunicación social son, sin embargo, debido a su eficacia, un nuevo e inmenso poder. Todos debemos ser conscientes de las ventajas y riesgos que llevan consigo para la comunidad civil y su desarrollo y perfeccionamiento real.
Terminamos con este interrogante: ¿ayudan o dificultan? Todo ello resulta más que evidente hoy en España. Los grupos económicos, sociales y políticos tienen conciencia suficiente de que, para alcanzar sus objetivos y desarrollar sus proyectos, es preciso contar con los medios de comunicación social y, sobre todo, con la televisión, de la cual se ha desarrollado con tanta rapidez el culto a la imagen, particularmente materialista.
Los medios de comunicación social ¿hasta dónde nos ayudan o dificultan para conocer y vivir la verdad, la justicia, el amor y la libertad que nos define como persona humana? Una cosa es muy cierta para todos los tiempos: "Que la actividad del ser humano, individual y colectiva o el conjunto ingente de esfuerzos realizados a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida, considerado en sí mismo, responde a la voluntad de Dios. El ser humano, creado a imagen de Dios, recibió el mandato divino de gobernar el mundo en justicia y en santidad". (Vat. II. GS.n. 34).
* Capellán de clínica S. Juan de Dios
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