1.- En los tiempos, ya lejanos, en que se quemó el empaquetado de los Betancores, mi tío Miguel Sotomayor , alférez provisional y luego teniente del Ejército, había sido nombrado jefe de la policía del Puerto de la Cruz. Mi tío era un hombre bonachón y bromista, a la vez que disciplinado y celoso cumplidor de su trabajo. En medio del fuego, que intentaba apagar una legión de ciudadanos, precisamente coordinados por el jefe de la policía, se presentó, en pijama y zapatillas, el intelectual portuense Antonio Ruiz Álvarez , que había regentado una librería en París y que fue paniaguado de Isidoro Luz Cárpenter , a la sazón alcalde. Isidoro lo había nombrado secretario general del Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias. Antonio Ruiz, excitado por el incendio, comenzó a chillar, en medio de la noche, y a dar voces inconexas que pretendían ser órdenes a los ciudadanos, mientras él se mantenía en lugar seguro.
2.- Desesperado, porque nadie le hacía caso, Ruiz Álvarez gritó, esta vez más fuerte: "Pero, ¿dónde está el imbécil del jefe de la policía?". Con tan mala suerte de que mi tío Miguel, con las gafas empañadas por el humo, la camisa rota y el pelo medio chamuscado por el fuego, había pasado a la retaguardia para beber agua y coger fuerzas. Se estaba jugando la vida, metido en el mismo foco del fuego, con un grupo de guardias a su mando, intentando en vano sofocar las llamas. El jefe de la policía, que lo oyó, miró para Antoñito Ruiz, lo tocó en el hombro, lo cuadró, alzó por la mano, le pegó un piñazo, lo tumbó al suelo y cuando aquel hombre dolorido salió de su aturdimiento, le respondió: "Aquí, el imbécil del jefe de la policía está aquí".
3.- Aquella anécdota fue muy recordada en el Puerto durante años. A mí me la refirió mi padre, el mejor amigo que tuvo mi tío Miguel. El empaquetado ardió por completo, pero se pudieron salvar las casas vecinas, Vinieron los bomberos de Santa Cruz, cuyo jefe era un señor llamado don Miguel , que había hecho la guerra civil con mi padre, creo recordar. Varias veces turbó el fuego la noche portuense, como aquella vez que ardió el antiguo convento de San Francisco y la torre de la iglesia. Recuerdo a mi padre y a mi hermano Aquillo , encaramados en el campanario, gritando: "¡Agua para la torre!", empuñando una manguera que echaba una meada de gato. Pero entre todos lograron también apagar ese fuego, del que me enteré tarde porque andaba con mi novia de entonces por no sé qué sitio.
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