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El Tenerife se fue de fiesta y perdió la cabeza

22/jun/09 07:44
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 NINO y oliva, protagonistas  de jugadas clave en el choque, en las que casi siempre ganó el meta. / m. SANTOS
NINO y oliva, protagonistas de jugadas clave en el choque, en las que casi siempre ganó el meta. / m. SANTOS

VENTURA GONZÁLEZ, S/C Tfe.

Es extravagante contar el final de Liga del Tenerife en tono negativo. E injusto, porque este equipo ha hecho una Liga maravillosa, inolvidable, y merece el respeto y la consideración, mucho más allá de admitir que la actuación de anoche fue un borrón, que dejó a la afición con la miel en los labios. Nada que ver con el final que esperábamos tener. Tal vez lo dimos todos por seguro indebidamente.

No se puede estar en misa y repicando. O fiesta o fútbol. Al Tenerife se le hizo larguísimo el trámite del segundo tiempo, cuando ya había coronado a Nino como máximo goleador y tenía encarrilado el marcador para garantizarse el título de campeón. Llegó el cambio de Cristo Marrero, el equipo se emocionó y desconectó del juego y, en el siguiente minuto (55'), le empató el Castellón, que seguía en el partido con toda la intención a acallar el cántico de ¡campeones, campeones! que sonó varias veces en la grada

Desde entonces hasta el final, el Tenerife jugó con fuego hasta quemarse en el último minuto. Defendió mal, desatento y sin ninguna intensidad, muy abierto, desprotegió a sus centrales, algo que sufrió más de la cuenta Luna, que estuvo desacertado toda la segunda parte. El equipo concedió metros a los volantes visitantes para que recibieran y se movieran con comodidad en tres cuartos de campo y le acabaron empatando.

Eso sí, todos los pecados que cometió el equipo de Oltra hubieran sido redimidos si Oliva, el portero visitante, no se hubiese convertido en la estrella del partido con más de media docena de paradas de enorme dificultad, cara a cara con los atacantes locales. Su recital empezó en una primera parte que sí fue jugada con intensidad y dinamismo por los blanquiazules en busca de sus objetivos individuales y colectivos. Oliva frenó a Nino, a los 5'; le hizo un paradón a Ayoze (7'), se libró de un cabezazo de Richi (9'), a medio metro de la línea de meta; rechazó un disparo de Ricardo (30') y frustró a Nino, otra vez en un mano a mano (33'). Sorprendente actuación la del veterano, que en otras visitas a Tenerife ha dado la imagen opuesta.

Fue una buena primera parte en la que el Castellón no desentonó, aunque se encomendó a su portero para seguir en pie. Es verdad que Arana perdonó ante Sergio (8'), pero todo lo intencionado lo puso el Tenerife, que jugó con ritmo y alicientes; la sociedad Nino-Cristo funcionó para gozo de los aficionados, que disfrutaron del dinamismo y la chispa de la pareja, hasta estallar de júbilo cuando Nino hizo potable una entrega de Cristo, cerca del descanso (41'), para alcanzar su éxtasis particular y encarrilar el del equipo.

El apagón

El momento más esperado, el homenaje a Cristo en caliente, se convirtió en el punto de inflexión del encuentro. Paradojas del destino. Es como si el equipo se hubiera ido detrás de su gran capitán. Desde que el Castellón empató en la jugada siguiente, el título estaba en peligro. Oltra empezó a poner más jerarquía en el campo. Ya tenía a Alfaro, que entró por Cristo, y luego sumó a Kome, que se hizo con el balón y forzó un par de faltas para estirar al equipo hacia arriba. En esa reactivación, el Tenerife pudo liquidar el partido, pero otra vez Oliva sacó dos goles cantados, uno a Saizar a pase de Alfaro y otro a Alfaro, tras servicio de Saizar... De lado a lado, para chocar siempre con el mismo elemento. Incluso Iriome, a bocajarro, se estrelló con Oliva.

Con el paso de los minutos, el rival iba tomando confianzas ante un Tenerife que cada vez se abandonaba más defensivamente, muy descolocado y sin la pelota. El Castellón, que jugó 4-3-3 muy flexible, sacaba a gente de arriba para recibir entre líneas y en esa tarea encontró todas la facilidades. Ya pudo marcar de falta en la frontal, en el 88, y lo hizo dos minutos después cuando Omar entró por el sector izquierdo del área como por su casa. El grito de ¡campeones, campeones! se ahogó entre la frustración de la gente, que ya no está acostumbrada a ver perder a su equipo, ni a ver marcar goles a los visitantes del estadio, ni a tener que asumir que el Tenerife no ha logrado lo que se propuso antes de un partido. Son sensaciones de otro tiempo. Todo un chasco.

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