Para justificar los devaneos amorosos de su esposo, una dama con muchos años me dijo: "Los hombres pueden tener muchas iglesias pero solamente una catedral". Muchos años después, tras otro minuto de silencio en memoria de una víctima más de la violencia de género, he recordado esa frase que lo definía todo. Era la tragedia propia de una época en la que el maltrato masculino llegaba a ser considerado algo normal.
El sillón catedralicio está claro que lo ocupaba ella, la legal, la que le quitaba los zapatos al hombre de la casa cuando venía cansado de su trabajo, la que recogía del suelo los restos del plato de la cena, rotos de un manotazo por un problema de temperatura. La misma que eliminó las lentejas del menú familiar, su plato favorito, simplemente por que su suegra no las hacía, y la que murmuraba a los hijos un: "No hagas eso que a tu padre no le gusta", para luego indicar a su hija, con un guiño de complicidad, que: "A los hombres no se les lleva la contraria".
En aquella casa junto con el ser supremo entraba el silencio. Los niños huían a la madriguera de su habitación, la televisión se apagaba y la mujer esperaba las primeras palabras de su señor para, de manera instintiva, adivinar su estado de ánimo y elegir el tema de conversación propicio, aquel que no despertara su ira. La tensión se respiraba en el aire y hasta el perro, con el rabo entre las piernas, se hacía el dormido.
La esposa era el reposo del guerrero -¡a quién se le ocurriría esta frase!- y daba igual que todo el mundo supiera que el marido la engañaba, si éste venía a dormir a casa. Poco importaban sus sentimientos y el dolor de la traición, ella era la legal, el resto, las fulanas. No era preciso ser inculta, ni débil, ni económicamente dependiente, simplemente bastaba con ser "su mujer". Podía ser rica de cuna, brillante de mente, culta y hasta divertida, pero si caía en el embrujo de su querer y se comprometía con él precisaba de su consentimiento para todo. Se convertía en su amo y tenía derecho a ningunearla, aniquilar su personalidad, insultarla, amenazarla, y en el caso de algunos energúmenos llegar hasta extremos insospechados, al refinamiento incluso, en lo que a tortura se trataba. A esos hombres poco les importaba la presencia o no de los hijos a la hora de poner en práctica lo que se ha dado en llamar violencia doméstica. Era el patrón de conducta de una época.
Hoy en día el acceso a la cultura no es una cuestión de sexo, las universidades están plagadas de féminas que crecen independientes y libres, no necesitando soportar a un hombre -a la vista de los últimos adelantos científicos y a los donantes de espermatozoides- ni para procrear. Y ahí es donde les duele, en el hecho de que la mujer ha evolucionado social, cultural y laboralmente, decidiendo sobre su cuerpo y estado civil, poniendo los límites a la convivencia y tratando al hombre de tú a tú, amando sin reservas y pariendo los hijos de una forma más racional. Muchos hombres, en cambio, siguen viendo a la mujer como una posesión que está obligada a servir al marido. Una compañera que de la noche a la mañana deja de ser la media naranja perfecta para convertirse en una loca o en una puta, una mujer que no aguanta nada y a la que hay que meter por vereda. Y el hombre, más primario que nunca, reproduce unos patrones culturales desfasados, que particularmente creo lleva grabados a fuego en los genes, para convertirse en un monstruo capaz de conducir al infierno de la convivencia a aquellas que le amaron sin condiciones.
Cuando la mujer ya no siente el mismo afecto o se enamora de otra persona, cuando se cansa de los engaños del desalmado, de las borracheras continuas, de las palizas, de los altos y bajos de la droga, y pronuncia la frase de: "Lo vamos a dejar por un tiempo", en muchos casos, lamentablemente, está firmando su sentencia de muerte. La tragedia está servida, vuelve el: "Mía o de nadie", y el despecho y los celos se convierten en la fuente de inspiración del asesino, del criminal que en un tiempo fue el amante perfecto, el conquistador nato que cantaba tangos al oído imitando a Gardel.
El hombre que se dice despechado, el que un día eligió como compañero para la vida buscará la manera de hacerle todo el daño posible, es cuestión de horas, días o tal vez años, pero el asesino estará estudiando la escena para cometer el crimen y, en muchos de los casos, ni siquiera se preocupará de tener una coartada perfecta, pues hace suya la frase "de la cárcel se sale pero del cementerio no". Y con suerte, si tiene buen comportamiento, estudia y colabora, se reinsertará en muy poco tiempo, lo hará apoyado por una parte importante de la sociedad que le reconoce el derecho a iniciar una nueva vida, cobrando el paro por los años de reclusión y rodeado del cariño de los suyos. Puede llegar a tener la consideración de "ciudadano respetable", al que le tendrán pena, por que una mala pécora descastada que se cruzó en su camino lo volvió loco. Pero su enajenación mental durará poco, apenas el tiempo que tarde ese cuerpo inerte al que hasta la dignidad le arrebatan, en volverse restos de lo que fue.
¿De qué sirven los minutos de silencio y las tantas crónicas detalladas en los informativos? ¿Para qué, Sr. Zapatero, un ministerio de Igualdad si cada vez mueren más mujeres?, ¿qué hace la sra. Aído para evitarlo? De poco sirve su apología de la igualdad si tenemos en cuenta que nace de un principio ya adulterado por las cuotas y paridades, pretendiendo hacer creer a las mujeres que todos vamos a ser iguales en atención a nuestro valor propio como seres humanos, méritos y esfuerzo personal -independientemente de las gónadas-, féminas que al querer respirar estos nuevos aires se encuentran con el triunfo de la fuerza bruta del macho dominante de la manada, y la lista de fallecidas por esta causa es cada día es más grande. (Otro día escribiremos sobre las malas mujeres, que la hay, capaces de destrozar la vida al padre de sus hijos con falsas acusaciones de malos tratos, por ejemplo).
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD