ME QUEDÉ con las ganas de ver la cara del presidente del Gobierno de la nación tras perder los laureles de los invictos. Estaría cansado tras la maratoniana asistencia a los mítines de aquí y de allá, multiplicándose, por lo que dejó solos a Juanfer, el canario caricaturista de sonrisa impostada, y a la entusiasta secretaria de Organización del partido, Leire Pajín, quien, con fingida euforia, afirmaba que "el partido ha obtenido el mejor resultado de los socialistas de Europa". Puede que el presidente tuviera que regar los brotes verdes de la crisis, justificando así su ausencia, convencido de que la autocrítica no era necesaria.
Aquí no ha habido derrotas humillantes ni victorias arrasadoras y tampoco lo del Partido Popular es para quemar muchos fuegos de artificio. Su triunfo no fue por goleada. Contaban con la estrella de Jaime Mayor Oreja, que ha sido un buen candidato y sería un buen presidente de Gobierno -algo impensable mientras Rajoy siga al frente del equipo-, por tanto no se justifican ni su euforia desmedida tras el resultado electoral, ni la falsa lectura que se está dando de las cifras obtenidas en los comicios. Nadie quiere reconocer una derrota, y dependiendo de quien acuñe la frase el premio será mayor o menor, pero en esta tómbola las papeletas estaban amañadas para que todos ganaran.
Los españoles -que por el número de banderas que hacemos ondear somos más europeos que nadie- tenemos poca conciencia europeísta y triunfó la baja participación, sobre todo de los jóvenes. El electorado dio la espalda a los candidatos y la abstención y el voto en blanco fueron los grandes protagonistas del 7 de junio. Se ha pasado de el ir a votar por miedo, al no ir a votar por sentirse engañados, por carecer de esperanza, ya que los candidatos no han sabido ilusionar a los electores, fidelizarlos, siendo capaces de trasmitirles el sentido del compromiso y del deber ciudadano.
El voto no puede ser un arma arrojadiza, no se debe montar una estrategia para ganar en las urnas basada en la denuncia de presuntos casos de corrupción, arrojando sin piedad a los contrarios a los tribunales. Esto es un gran error, y si se hace con un lenguaje chabacano, peor, pero si además se ha practicado dentro del propio partido: el quítate tú pa´ponerme yo, la cosa va mal, muy mal. Esta forma de actuar daña la política, sobre todo si te has dedicado a humillar y dar de lado a los líderes tradicionales del propio partido, como ha pasado con el PSOE en Canarias.
No se puede ir por la vida pensando que todo el mundo es corrupto menos tú. Hay que aplicarse el refrán de "dime de qué presumes y te diré de qué careces". No se pueden inventar desastres al adversario para granjearse la indulgencia hacia los propios. Prueba de ello han sido, por ejemplo, el "caso Salmón" y el costo de las reformas de la sede de la Presidencia en Gran Canaria, ambas noticias de portada y temas de opinión en las que se ha visto babear de placer a más de un plumilla a sueldo, invitando a los lectores a juicios paralelos que lo único que han conseguido es mancillar el honor de los políticos y someter a escarnio público a sus familiares, sembrando de dudas el aire.
Unas elecciones no son una batalla personal, no se debe perder el tiempo en diatribas y olvidarse de trasmitir al ciudadano la importancia del voto. Hay que tomar buena nota y tratar, de cara a las generales, de imponer el civismo y la cordura en el diálogo, pues limpiar un país de sinvergüenzas no es fácil; no se puede ir por la vida sospechando del resto del mundo, máxime en pequeños territorios como las Islas, donde todos nos conocemos y las familias están interrelacionadas. Lo único que se consigue con tanta sospecha es frenar las inversiones por el qué dirán y hacer que la gente se perpetúe en los cargos. No hay muchas personas dispuestas a vivir con la espada de Damocles de la prevaricación sobre sus cabezas, y mucho menos a exponer a los suyos a la investigación constante y perpetua. El delito dicen que existe, pero aquel que esté libre de pecado que arroje la primera piedra.
Hay que hablar de proyectos realistas, de las cosas que nos atañen; de trabajar individualmente si se logra la mayoría, o en conjunto si se gobierna en minoría; siempre sumando, lo de menos es quién firma la propuesta, lo de más es lograr mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. En este sentido destacó, por la mesura y el tono de su discurso, Coalición Canaria, integrada en la Coalición por Europa, que ha contado como candidata con Claudina Morales, una joven que se entregó al proyecto, demostrando su fuerza y su capacidad de trabajo. Una lástima que en Gran Canaria no le hayan dado importancia al hecho de contar con voces de esta tierra en cualquier foro en los que se debaten nuestros intereses -sobre todo después de las manifestaciones de Juan Fernando López Aguilar-, votando a los partidos mayoritarios, para quienes el Archipiélago no deja de ser una parte más de España. La tendencia generalizada ha sido de crecimiento de las minorías y nosotros, fieles a la máxima de divide y vencerás, nos empeñamos en perder el tiempo en conflictos de patio de vecinos. Esto nos pasará factura en Europa, sólo cabe esperar que de aquí a las próximas elecciones tomemos conciencia de que debemos estar unidos y tener una sola entidad como pueblo.
No son necesarias tantas campañas electorales ni aparecer con los vaqueros bien planchados, quitarse la corbata y remangarse las mangas de la camisa para aparentar proximidad con el ciudadano y pedirle el voto. Roma no se conquistó en un día, por eso hay que habituarse a patear las calles, salir de la torre de marfil de los despachos y preguntar al que paga los impuestos qué necesita, cómo se siente, qué piensa? hay que hacerle partícipe de los miedos del candidato, de sus alegrías y proyectos como única forma de ganarse su confianza y aprecio. El político, como buen servidor público, debe asistir a los entierros de sus convecinos, interesarse por sus problemas de salud, por las goteras de su casa, por la situación de su empresa y hasta por la variedad de papas que sembró en el invierno. Debe convertirse en el confidente y en el amigo, pero, sobre todo, no prometer aquello que de antemano sabe que no podrá cumplir. Es preferible un "no" razonado a un "tal vez" hecho de espera, pues ya se sabe que la incertidumbre y las promesas incumplidas doblegan las voluntades. Este ejercicio se debe practicar a diario, sin esperar a que se aproxime el calendario electoral, y dejando que el ciudadano adjetive nuestra actuación y proyecto, sin calificar la acción de los otros, pues de eso ya se encargará la historia.
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